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El día del erizo

 

Rafael Angulo Rafael Angulo
05/03/2018

Este año Pelín se ha retrasado una barbaridad y, en vez de salir en febrero de su nido, allí por el Camino Viejo de Esparragalejo, amaneció otra vez, tarde, entre llantos, viendo el Guadiana seco. Asomó con cara de no tener cara y sin culo (quien tiene culo tiene miedo) y siguiendo la tradición secular de La Candelaria, levantó el aura buscando al erizo de Cascarilla en su función de meteorólogo.

Ya saben que si el erizo ve la sombra de sus pinchos es que el invierno se acaba en un mes. Si no la ve, es que falta primavera para rato. El erizo se estaba zampando de primero lechuga y de segundo lombrices, pero no emitía sombra alguna. Con buen criterio se volvió a plegar Pelín y hasta hoy, que todavía es invierno. El erizo, al contrario que la marmota de Punxsuawney, no falla nunca en sus pronósticos, por algo las Candelas tienen dos mil años de historia y las marmotas de Pennsylvania cien de invento. A decir verdad el erizo más que oráculo de la primavera busca, con el calorcito, a la eriza con quien perpetrar un ritual de apareamiento, busca pareja para cumplir otros pronósticos parecidos a los de fallar. Por eso el erizo es mamífero y la falta o negativa de eriza tiene malas consecuencias.

Por ejemplo, el erizo, cuando advierte esa ausencia se dobla como una bola rígida y tiesa, entonces se justifica con que se le ha erizado el vello por el frío (y las púas). Si lo que pretende efectuar encuentra dificultades e inconvenientes, dice que la cosa está erizada, y si siente temor e inquietud es que se eriza porque la naturaleza está enfadada con él (todo menos admitir que la negativa es culpa suya). Pero si olisquea algo prometedor, como las jugadas de gol, se vuelve a meter en la madriguera (ajena) para hibernar un poco más y, con suerte, terminar exhausto. Como la vida misma.