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Museo Apócrifo

 

Rafael Angulo Rafael Angulo
09/07/2018

Ahora que Antonio Artero ahíto de Roma (si ello fuera posible) se ha pasado a lo escatológico; ahora que rebusca entre papiros bimilenarios las rendijas de la verdad, ahora me ha entrado como una suerte de nostalgia arqueológica y busca que busca que busca, halla que halla que halla tengo, para ustedes amables lectores (si además de mi Carmina hubiera alguno más) un catálogo de materiales con los que empezar el Museo Apócrifo de Mérida (MAM-auténtico en lo sucesivo), oferta cultural que Antonio Rodríguez Osuna (ARO) me patrocinará en la próxima legislatura (aprovechando el lugar por Cabo Verde donde ahora está el MAM-falso).

Les avanzo algunas piezas que expondremos: El tímpano seco de Beethoven, el ojo de Polifemo, la oreja de Van Gogh, la Tizona del Cid (Campeador), el bigote y la coleta del Flan Chino Mandarín, la piedra con la que David se cargó a Goliat (todavía incrustada en la frente del filisteo); la hoja de parra con la que Eva se tapó tras comer la manzana en el Paraíso, la lira de Nerón, la manzana de Newton, el gallo que Esculapio le vendió a Sócrates y no comió (ni pagó), el mascarón de proa del Arca de Noé, la boina, agujereada, del Che Guevara; una boñiga seca del buey del Portal de Belén; el prepucio de Matusalén (hay que verlo con lupa); la mano que Cervantes perdió en Lepanto (gentileza turca), un cesto con raspas del milagro de los panes y los peces; una tinaja de Caná con vino; cinceles, punzones, leznas, barrenas, gubias, escoplos y virutas de la carpintería de Nazaret, la bandeja en la que Salomé llevó la cabeza del Bautista (con sangre), el rabo de la burra de Balaam (misma vitrina que lo de Matusalén y la Tizona), el sapo antes del beso de la Bella Durmiente... Y así muchas piezas incunables más. Es una suerte que el humor supere al ridículo, por mucho menos a algunos les llaman «expertos. Igual va y me contrata la Diputación.