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En mi atalaya

Sin parar

Rafael Angulo Rafael Angulo
17/07/2017

 

El otro día en La Coruña de repente me puse a llorar (sin parar) pensando qué hacía allí solo (aunque acompañado), autillo solitario en aquella playa. Me entraban ganas de llamarla (a ella) y decirle que yo no soy ese que tú te imaginas pero las falanges no movían la tecla del teléfono, que para eso sirven los móviles, para mover dedos en vez de comunicarnos.

Si yo estaba allí solo era porque ella se había quedado aquí y aunque valía la pena el viaje (cuando las cosas valen la pena, valen la pena) dulcemente quería que supiera que la distancia es como el viento que apaga el fuego pequeño pero enciende el grande (Domenico dixit). Sin embargo, tenía envidia y miedo: envidia de quienes van por la vida juntos y con ganas de perder el miedo a quedar como un idiota (y a empezar la casa por el tejado, gracias Fito), porque no llega el tiempo para abrazarse o, peor, pasa de largo. Quizá es un fracaso el añorar el ayer aparcando el hoy, y el ahora, cuando no tienes ganas de reír (no se puede reír sin ganas) pero allí, en La Coruña, lo que tenía eran ganas de llorar y de soñar (los sueños se hacen realidad si tienes fe).

Vale, una vida sin sueños no es una vida realmente humana y sin lágrimas tampoco, pero la echaba de menos (a ella) y tendría que aprender a demostrárselo, aunque poco se aprende sino se es feliz aprendiendo. Por eso trataba de hacer las paces con mis errores, tras años defraudando a quienes quieres y deseando que me esperase ella al bajar, como cuando el padre lanza al hijo pequeño al aire y este sonríe seguro pues sabe que lo cogerá, su papá es el piloto. Lloraba porque, mira tú por dónde, estoy aprendiendo que amar es oler el vino (con lo que tanto me gusta) y, después, no probarlo.