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De lo que nos alejan

La distancia se mantiene también por el lenguaje, por la actitud y la arrogancia

 

De lo que nos alejan -

Se dice que la democracia representativa nos sitúa en un escenario de interposición entre la parte que representa y la parte que es representada. Casi dos circunstancias en paralelo. La una que busca la solución de unos problemas y la estabilidad, sin ambages. Y la otra el uso de un espacio público para un determinismo del poder. ¿Cómo se manifiesta? Quizás en el lenguaje y en los gestos. En las denostadas, por gran parte de la ciudadanía, reiteradas respuestas en relación a «lo desconocía, no es de mi estricta responsabilidad, hay que claudicar, y lo que se compromete en un discurso, se evapora en trascurso». La distancia entre lo que se argumenta, se decide y se vota es tan diametralmente divergente, como la capacidad de aguante que tenemos los ciudadanos de este país.

El escenario de la calle no está catalogado como el de una masa uniforme. Es la suma de individualidades y circunstancias por eso es tan importante un buen relato histórico y social. Cada día nos asomamos a la rutina de unas vidas que hacen que este país funcione, y en contrapeso observamos a muchos dirigentes ensimismados en discursos, que dicen tener un componente de idealización y de proyección futura. Pero la realidad nos descubre el teatro de la antaña política, practicada y empoderada por unos pocos. Mientras el resto de los ciudadanos sucumben a ella.

Donde se observa esa distancia es en todo lo que tiene que ver con las diatribas y maniobras políticas, aquellas que separan y sectarizan la sociedad. La que se muestra intolerante con el diferente, en un intento de proteger su espacio y su territorio. Como si las gentes no tuvieran conciencia de lo que hay, otra cosa, es lo que hagan.

Nos separan de todo el esperpento de la política el concepto del esperpento, más realidad virtual, interpretado por los medios de comunicación, en ocasiones, que la pura realidad en sí. En este trabajo del que ostenta el poder tanto político, como económico se hace continuamente necesario un ejercicio de transparencia, capaz de trasmitir desde el fondo, la buena intención de la forma. Demasiado boato, y poco contenido.

La distancia se mantiene también por el lenguaje, por la actitud, la arrogancia, o la prepotencia; y la que más duele, la de la selección de los representados. Como si el cuerpo del hemiciclo permitiera diseminar objetivos por capacidad de representación. Nunca puede justificarse el sectarismo de unos ciudadanos con respecto a otros, por mor de intereses contrapuestos. La política siempre debe hacer posible gobernar para todos. Mediatizar las respuestas políticas en gestión no puede ser consecuencia de determinismos de intereses. En la patria de todos, todos son posibles y todos son convenientes.

Cuando una observa, y, más en estos días, ese empecinamiento en marcar diferencias, a costa de todo. Una se pregunta sobre qué parte de este todo ha sido tan dañada para merecer tanto odio. Quizás no es esa la línea argumental y explicativa la clave, sino la relevancia o irrelevancia de los actores; por ellos medidos y agasajados, en la creencia de un supuesto empoderamiento que trata de trazar destinos territoriales y vitales de unos cuantos por el todo.

Convendría reclamar la humildad en este escenario mediático. No es más el que más grita, no es más el que más llora, no es más el más aventajado, no es más el más poderoso, no es más el que te reta, y encima somos muchos más los que humildemente atendemos, escuchamos y miramos. Aunque eso sí podrían ser más los que atentos, y escuchados debieran de diseccionar sobre este teatro del porqué unos cuantos deben ser mejores para tomar decisiones, que a todos nos incumben. ¿Alguien de los postulantes, de territorios a desgajar de nuestro país, se ha hecho esta pregunta? ¿Por qué unos, y por qué esa decisión? Y todo ello, bajo la irresponsabilidad de un escenario, que empieza a ser tan desdibujado, que va a resultar de cartón piedra.