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La tribuna

...De vida distraida

 

JUAN De la Cruz
21/06/2015

Transcurre el año 1809 cuando la Villa de Cáceres, como tantas y tantas en España, se duele de la barbarie de la invasión francesa, en la locura imperial napoleónica con el general Victor Perrín al frente que, a la sazón, fue el primer general del ejército napoleónico en entrar a golpe de caballo, espada y cañones con la soldadesca gabacha en Cáceres. Un general de brillante currículum, que a los quince años ingresó como simple tambor en el ejército, y que alcanzó ni más ni menos que el grado de Mariscal. Retornando a la entrada de los militares gabachos en la Villa de Cáceres es de señalar que los mismos, ya desde el primer momento, trataban de hacerse dueños de la misma, con lo medios que tenían a su alcance y como quiera que fuese porque, tal como se desenvolvían las páginas de la historia los franchutes lo tenían harto complicado.

Pero desde el mismo momento de su presencia en la Villa de Cáceres ya trataban de controlar todo. En la amenazante vigilancia de sus calles y plazoletas, en la temerosa soberbia y arrogancia de sus actitudes por el control de Cáceres, en el ejercicio de supeditación ciudadana a la autoridad impuesta por la soldadesca de las huestes de Victor Perrín, en su ira y odio guerrero por doquier con sed de logros, de conquistas y de hacerse con más y más fortines como bien podría venirles el enclave de la Villa cacereña en un eje militar de importancia, junto a Portugal y en el eje entre Salamanca y el Sur.

Un estado de terror, el de los franceses, que tenía con el alma en vilo a todos los cacereños y por todas partes que andaban entre sumas preocupaciones, como se derivaba del estado ciudadano. Y es que se había impuesto el terror militar de los invasores franceses napoleónicos a través de su infame cabalgadura y andadura en vigilancia y control por todos y cada uno de los recovecos y rincones de Cáceres, bien en tabernas y tascas de la Villa, bien en la rumorología y cuchicheos y zascandileos de los corrillos, bien en las conversaciones de los mercados, bien en las caminatas y trasiegos de los más que angustiados cacereños, acosados por la mirada de soberbia, de mando y control de los gabachos, así como por su actitud de chulesca supremacía.

 MAS la soldadesca francesa, en su ímpetu de la acometida militar, con todo tipo de desmanes, no paraba en barras para nada. Ya fuera para abusar de su aterradora presencia militar, que imponía el miedo en el cuerpo a los pacíficos habitantes de Cáceres, con muchas peleas y guerras en su historia, ya fuera para tirar de los caldos o vinos en las bodegas, alegrar el ánimo y abastecer el ansia etílica de la tropa, ya fuera para dar rienda suelta a sus apetitos carnales, a su lujuria y a su libidinosidad por las casas de lenocinio entre la mocedad de buen ver.

Y entre las que sobresalía Isabel Gómez. Por aquella época ella lucía sus más que preciados y arrebatadores encantos a lo largo de todo su físico y a los que daba prestación a los demandantes sin rubor alguno, por las excelencias de su cuerpo, a cambio de señaladas y caras cantidades de dinero. Siendo de esta guisa que los soldados gabachos no tardaron lo más mínimo en reparar en los sugerentes atractivos de aquella joven, esbelta apuesta y pizpireta cacereña que, a su paso y encuentro por los diferentes lugares de la Villa, miraban, admiraban y piropeaban. Y a la que no tardaron en apodar como Folica.

El caso es que un día de los de la invasión francesa mientras el Marqués de Lorenzana e Isabel Gómez retozaban en el lecho del placer y subyugados en el vendaval carnal fueron sorprendidos por tres militares franceses que, aprovechándose de su superioridad y armas a mano, bajo el tono siempre imperativo de las amenazas procedieron a abusar a diestro y siniestro, ambos tres, sin compasión ni reparo, de todos los poros del cuerpo de Isabel Gómez, La Folica Una mujer por cierto, de armas tomar, que, sufriendo semejante vilipendio, para sus adentros se juró venganza de aquella canalla gabacha.

Fue tal el desenlace de los efluvios carnales, la alegría y la jarana colectiva que disfrutaron los asaltantes de la casa de la Folica que incluso cortáronle la coleta al Marqués, que salió escaldado de aquella encerrona traidora y miserable por los siempre indeseables franchutes. Más la Folica, en virtud de su juramento consigo misma, dos o tres días después del de los autos referenciados, se presentó ante el Marqués de Lorenzana con los bigotes de los franceses, en justa correspondencia a la coleta arrancada al mismo.

Y confesóle al mismo con harto desparpajo haber procedido a emborrachar de toda borrachera a los militares franceses con los buenos caldos de los que disponía en sus bodegas, haberles dado muerte sin compasión y en venganza por sus tropelías sin compasión alguna, mientras los gabachos dormitaban de su emborrachamiento, para posteriormente, arrojar sus cuerpos a un pozo.

 

*Fuente: 'Recuerdos cacereños', de Publio Hurtado