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El dispar legado de Obama

 

16/01/2017

Ya no es un sueño» fue el titular de portada con el que EL PERIÓDICO del 5 de noviembre del 2008 informaba de la victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. El titular hacía referencia al famoso discurso de Martin Luther King y se centraba en el enorme valor simbólico del hito: el demócrata se convertía en el primer presidente negro de la historia de EEUU. Ocho años después, en la hora de los balances, este hecho simbólico en un país con un atroz pasado esclavista y un presente de enormes desigualdades raciales sigue siendo uno de sus grandes bagajes, sino el principal, lo cual es por sí mismo un buen ejemplo de hasta qué punto su legado es dispar.

«Sí, se pudo», dijo Obama en Chicago la semana pasada en su discurso de despedida, y si como vara de medir se coge la oleada de euforia con la que llegó a la presidencia --el «Yes, we can», el Nobel de la Paz más prematuro de la historia…--, la afirmación es cuanto menos aventurada. En política interior sus programas de estímulos fueron claves para sacar a EEUU de la recesión. Su reforma sanitaria quedó lejos de ser un sistema de cobertura universal, pero logró que miles de personas pudieran permitirse un seguro médicos.

En sus discursos abordó de forma madura asuntos como la religión y la raza. Sus lágrimas tras la matanza de la escuela de Sandy Hook y su posterior discurso por un mayor control de armas nunca se vieron acompañados por una decisiva inversión. De hecho, a lo largo de su mandato, Obama dio la sensación de contemporizar y de una querencia hacia el tacticismo que irritaba a quienes esperaban de él un mayor impulso transformador. Es cierto que en el Congreso, los medios y las redes sociales el demócrata ha afrontado una oposición en muchas ocasiones irracional, insultante y racista (el asunto de su certificado de nacimiento). También lo es que a menudo daba la sensación de que prefería evitar la batalla política en sus términos más ideológicos. En la arena exterior, Obama puede presumir de tres hitos indiscutibles: la muerte de Osama bin Laden, el histórico restablecimiento de las relaciones con Cuba y el pacto nuclear con Irán. Su presidencia, vista desde las expectativas de la obamamanía, no ha resultado transformadora. Vista desde el miedo a Trump, es ya motivo de añoranza inmediata. Hará falta distanciarse con el tiempo para analizarla en su justa medida histórica.