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Tribuna abierta

¡El 8 de marzo, sobre todo sororidad!

Si se fragmenta la sociedad, será difícil lograr una acción colectiva transformadora

 

Desde hace varias semanas se viene hablando de la Huelga Feminista del 8 de marzo. Partidos políticos, medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil y voces del mundo de la cultura se han expresado sobre la pertinencia de esta huelga. Escribo este artículo no con el ánimo de opinar, más bien de argumentar y ofrecer razones de por qué todas las mujeres (activamente) y los hombres (pasivamente) deberíamos secundar esta huelga. Y lo escribo en mis trozos de tiempo porque el uso del tiempo también es una cuestión de género. Soy bimadre y profesional. No sé si lo que aquí argumentaré es una verdad incontestable, pero sí pido dos minutos de reflexión y empatía.

Antes que nada, quisiera partir del siguiente axioma: la lucha feminista no es una lucha de poder entre dos sexos, se trata de una reivindicación por la igualdad y la cohesión social. Las mujeres no somos un grupo, ni un colectivo y mucho menos una minoría. Somos la mitad del mundo, y por tanto no se podrá hablar de igualdad y progreso social hasta que se logre reducir la brecha de género. El último informe del Foro Económico Mundial sobre la brecha de género alerta de que, en España, tras una década de progresos constantes aunque muy lentos, varios indicadores de paridad no solo se han estancado, sino que han empeorado, principalmente en lo referente a la participación política de las mujeres y la brecha salarial (recibimos menos salario por un trabajo de igual valor). Pero volvamos al tema que nos ocupa. Por qué todas las mujeres deberíamos secundar esta huelga.

En primer lugar, porque se trata de una iniciativa a nivel internacional. El movimiento #MeToo en USA, las manifestaciones por la prohibición del aborto en Polonia, las oleadas de huelgas y movilizaciones de mujeres en contra de la violencia machista, #NiUnaMenos, en Argentina o las mujeres iraníes que están desafiando el orden político y social quitándose el velo, por señalar estas cuatros que se han convertido en un símbolo de las reivindicaciones feministas, demuestran que a nivel global las mujeres estamos alzando la voz y diciendo ¡basta ya! al unísono. Hemos salido de la vida cotidiana, de la invisibilidad. El coro se ha rebelado.

En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, hemos de aprovechar la estructura de oportunidad política para la acción colectiva que la coyuntura actual presenta. La crisis económica internacional ha sido un detonante que ha puesto de manifiesto las brechas existentes entre hombres y mujeres sobre todo en lo laboral: desigualdad salarial, feminización de la precariedad laboral, del desempleo, del subempleo, mayores obstáculos para acceder al mercado laboral, existencia de techos de cristal, entre otras. Pero también hemos perdido el miedo y cada vez más se visibiliza la violencia de género, el acoso y el abuso sexual. Cuando decimos No, es No. Por tanto, el cuándo explica en gran medida el porqué y el cómo. El momento es ahora. Nuestros derechos han sufrido avances y retrocesos. La nuestra ha sido una lucha de perseverancia. A finales del XIX el movimiento sufragista luchó por el derecho de voto de las mujeres. Hoy el abanico de reivindicaciones es mucho más amplio y el género se entrecruza con otros ejes estructurantes de la desigualdad: el ciclo de vida, el territorio, la etnia o la raza, la condición de migrante, etc.

En tercer lugar, es una huelga general y, la sociedad en su conjunto, y las diferentes protestas y movimientos sociales en particular, hemos de buscar lo que nos une. Debemos de dejar de actuar como compartimentos estancos: la marea blanca, la marea verde, la marea roja, la marea morada, los pensionistas… El sistema actual, al que no quiero poner ningún calificativo, lo tiene muy claro: «divide y vencerás». Si se divide la sociedad, si se la fragmenta, será difícil lograr una acción colectiva transformadora. Quizás el movimiento feminista, las mujeres, puede ser ese eje vertebrador de estos compartimentos al cruzar todos ellos. El género es un eje transversal que puede articular la acción colectiva. Por eso, el 8 de marzo todos y todas deberíamos secundar a huelga.

Por último, hago un llamado a la sororidad, a la solidaridad entre mujeres. ¿Qué hubiera sido de tantos hombres y mujeres sin esas redes de apoyo entre mujeres que han estado funcionando subterráneamente? Pero ahora como ciudadanas, no de segunda, de primera, podemos hacer explícita y compartir nuestra mirada del mundo, nuestra especial sensibilidad, nuestros valores, nuestro liderazgo. ¿Cómo convocar a la solidaridad con nuestro género si no somos solidarias entre nosotras? «Abuelas, estudiantes, hetero, trans, bolleras, diversas y migrantes vamos juntas a la huelga».

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