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Tribuna abierta

Filosofía del sábado noche

El feminismo, el poder y la justicia son temas de los que la juventud quiere filosofar

 

Filosofía del sábado noche -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
04/05/2017

Tres cosas hacen falta para cambiar el mundo: una idea certera de qué es la justicia (o, al menos, de lo que no lo es), un grado suficiente de organización y disciplina, y jóvenes, muchos jóvenes. Esto último lo tengo muy claro. Me lo ha enseñado mi trato con los alumnos durante años. Y me lo confirma la experiencia –cada vez más frecuente– de encontrármelos entregados a la filosofía o la política en su tiempo libre. El domingo pasado –por ejemplo– sorprendí a algunos en un local de Mérida hablando de cosas como la esencia y la existencia. Y el viernes, en Badajoz, cerca de doscientos chicos convocados por la Coordinadora de Estudiantes nos invitaron a la compañera Julia Ripodas y a mi a discutir con ellos sobre el feminismo, el poder y la justicia.

¡La justicia! ¿Quién sabe que es eso? Su origen, y quizá su naturaleza, es la de una discusión incesante –tal como la de los jóvenes de los que hablo– en torno a un ideal aún apenas entrevisto desde que los filósofos griegos (y sus cómplices orientales) comenzaron a pensar acerca de la legitimidad de las leyes (antes simplemente sagradas) allá por el siglo V a.C. Grupos de jóvenes comenzaron a reunirse entonces alrededor de extravagantes personajes como Sócrates o Confucio para dialogar sobre los asuntos de la «polis» (la ciudad); esto es, para tratar de «política». Pues como ustedes saben, la política, la discusión racional (la filosofía) –y la democracia– nacieron todas a la vez en la vieja Grecia. Desde entonces han tenido sus más y sus menos (comenzando por el «ajusticiamiento» de Sócrates), pero nunca han andado (ni han ido muy) lejos unas de otras...

En cuanto a la disciplina, los jóvenes tienen, también, mucho que enseñarnos (o recordarnos). Es admirable como sin obligación ni jefes que los manden estos estudiantes se organizan para actuar y celebrar jornadas filosóficas, talleres, campañas... Es claro que la disciplina «externa» tipo organización política tradicional (en la que unos ponen el pensamiento y otros el cuerpo) ya no les sirve, y que prefieren una forma mancomunada y más horizontal de actuar, en la que todos son igualmente responsables y conscientes (conscientes, sobre todo, de que la organización y la disciplina es la única fuerza que poseen los que no poseen nada más).

Hay, en fin, momentos en los que uno desespera y piensa que los ideales de justicia y revolución (y no suplantadores inocuos como los de «bienestar» y «progreso») se han perdido para siempre. Hay momentos en que parece que este mundo ha abandonado toda esperanza de ser algo más que un triste baile (post-metafísico, post-verdadero, post-todo...) de cuerpos gozosa o dolorosamente (los más) irreflexivos alrededor del totémico ideario neoliberal. Pero hay momentos, también, en los que se ilumina todo con un rayo de esperanza...

Comprender la política y la justicia (esto es: la incesante discusión en torno a tamañas ideas) como un asunto al que consagrar el ocio, o no admitir más disciplina que la de razonar los propios pasos junto a la gente con la que vas, son síntomas de una bendita enfermedad que se llama, a la vez, filosofía y juventud. Y, quizás, también, cambio y revolución.

Frente a la pútrida convicción de que nada esencial puede (o incluso debe) hacerse, frente a los coachers de la post-historia que recetan (para el ocio –y para tranquilidad del negocio– ) la misma nada de la que viven, y frente a la falaz idea de que se acabaron las ideas, hay muchos jóvenes que dedican estos sábados noche a pensar el mundo, que es la condición (cuando no el fin) de su transformación.

Porque tal vez lo justo –dicen los filósofos– no sea otra cosa que procurar que todos los seres humanos tengan la misma oportunidad para pensar por sí mismos. Y justo eso, pensar (discutir, protestar, crear utopías...), es lo que distingue a un esclavo –cuerpo sin pensamiento bailando al son de otros– de un hombre libre. Y también lo que, por cierto, le faltaba a aquel Travolta de película (todo cuerpo bailón él) para tener esa verdadera fiebre primaveral de sábado noche que contagian estos luminosos filósofos veinteañeros. Gracias, chicos, por la alegría y por la esperanza.

*Profesor de Filosofía.