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Soliloquios

Inventos

Juan Jiménez Parra Juan Jiménez Parra
09/01/2017

 

A estas alturas de la historia, podríamos pensar que todo lo que ha creado el ser humano para ayudarse y hacer la vida más cómoda y sugestiva, lo ha utilizado en su contra.

Si nos retraemos a los primeros homínidos, nos encontramos que comenzaron a servirse de la piedra para cazar mamuts, y al final la utilizaron para apedrearse entre ellos. Y el que más puntería tenía y conseguía escalabrar a más contrarios, seguro que era nombrado jefe del clan. Con el fuego, lo mismo. El más ocurrente descubrió que pasando un mulo de «pollosaurio» por el fuego estaba rico, rico, rico; pero llegó el más bruto y con más mala leche, y comenzó a tostar las asaduras de los congéneres que refutaban sus teorías «filosoficoteológicas». Con el hierro, igual. Un humano consiguió fundirlo y darle brillo y esplendor para hacer de él una bella flecha de filo reflectante o un hacha, con los que servirse para cazar animales con menos esfuerzo, pero llegó el cafre de turno y quiso confundir el pernil de un venado con el de su vecino, y sólo porque éste ponía su «rocagramola» a volumen un poquito alto. Y qué me dicen de la inofensiva rueda, que se inventó para trasladar con comodidad en carros todo tipo de enseres pesados de un sitio a otro, y ha terminado sirviendo para trasladar todo tipo de armas pesadas de una guerra a otra.

Los chinos inventaron la pólvora, seguro que para crear esos fuegos artificiales que dibujan en el cielo formas centelleantes de colores tan vivos. Pero llegó el ingeniero al que el diablo concede la virtud de malear todo lo bueno que otros ingenian, e inventó el arcabuz, que conseguía que de la pólvora fines menos artísticos y más mortíferos.

Hace dos días como quien dice, llegó a nuestras vidas internet, una ventana por la que mirar para conocer con más detalle el mundo en el que vivimos. Pues bien, hay quien observa a través de ella para instruirse y aprender de los demás; y hay quien mira tras los visillos para embrutecerse y hacer la puñeta a los demás sin ser descubierto.

Visto lo visto, ruego a Dios que nadie invente el elixir de la eterna juventud. Y si lo hace, que cree otro contra la eterna estupidez.

* Pintor