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LA INFANCIA DESVALIDA

Los niños de Carlos Dickens

 

Pepe Extremadura // cantautor extremeño
04/01/2017

A partir de sus propias experiencias, Carlos Dickens habría de convertirse en uno de los grandes abanderados de la infancia desvalida. La única arma de que dispuso para combatir esa tremenda injusticia fue su afilada pluma, cuyas punzadas provocaron el desasosiego entre los miembros más acomodados de la sociedad victoriana.

Pero lo que Dickens reflejó básicamente en las páginas de sus libros, era la explotación miserable de los niños que pululaban sin casa ni hogar, por los suburbios de Londres y de otras ciudades de Inglaterra. Aunque el excelente escritor inglés nos ofrecía un desolador panorama social, al menos aquellos pequeños seres tenían opción a salvaguardar ciertas parcelas de dignidad.

Ha pasado un siglo desde que Dickens denunciaba la situación y las cosas desgraciadamente han ido a peor, sobre todo en lo que a la salvaguarda de la dignidad se refiere. Parece que la humanidad le ha dado una vuelta de tuerca a su locura. Es cierto que la inmensa mayoría de los niños de los países desarrollados no les faltan sus proteínas o sus vitaminas para desarrollarse adecuadamente. Mientras tanto, en los países sin posibilidades, que es donde se concentra la mayor parte de la población, millones de niños no saben cada día cuándo, cómo y qué comerán.

En las grandes ciudades de América Latina se amontonan los muchachitos sin oficio ni beneficio. Y cada día al abrir las páginas de los periódicos, nos encontramos con historias, como la de un niño de tres años asesinado salvajemente por otros dos de diez, cadáveres de adolescentes muertos con signos de haber sido torturados, y otros secuestrados para extraerles los órganos vitales, con los cuales trafican en el mercado negro para que los ciudadanos de los países desarrollados sobrevivan, gracias a la muerte de los pobres niños que habitualmente aparecen tirados en la cuneta o en la basura sin que nadie los reclame. y con signos de haberles extraído o bien un riñón, un hígado o el corazón. Sin Unicef y todo, en la época de Carlos Dickens los niños no tenían dinero, sin embargo, conservaban el inmenso caudal de la dignidad.