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Tribuna abierta

Niños en libertad vigilada

Es un esperpento colocar un reloj a un menor para tenerle continuamente controlado

 

Niños en libertad vigilada -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
11/07/2018

Me informan unos amigos del nuevo artilugio para controlar a los niños que está haciendo furor entre los padres. Se trata de un reloj inteligente sujeto a la muñeca del niño y conectado al móvil de sus progenitores que, además de tener continuamente localizado al chaval, permite escuchar a los padres (de modo discreto, reza la publicidad) lo que dice o le dicen a su vástago, darle ordenes a distancia, y premiarle, en su caso, con caritas sonrientes (ignoro si van a desarrollar alguna otra función –un pitido desagradable, una pequeña descarga– en caso de que el niño desobedezca). Sobra decir que –como las pulseras de los presos en libertad provisional– el reloj envía un mensaje a los padres-policía en cuanto el niño intenta quitárselo. Además del modelo infantil (con dibujos) hay otro para adolescentes (sin dibujos). Ambos por un módico precio.

Esto no es lo único. De manera menos neurótica, gran parte de los padres usan el teléfono móvil como dispositivo de control de sus hijos. De hecho, las empresas se están haciendo ricas ofertando servicios de localización de criaturas y vendiendo terminales especiales para niños. Y eso en nuestro país. En otros en que la percepción histérica de los delitos contra menores –alimentada por la telebasura especializada en el tema– es legendaria, los comercios no dan abasto vendiendo dispositivos de localización para sujetar al cuerpo, la ropa o los objetos de los críos. A algún lumbreras se le ocurrió que, dado que el malvado de turno podría quitarle al niño el aparatito, era mucho más apropiado un chip subcutáneo (supongo que suponía que al psicópata no le iba a dar por despellejar al niño). La cosa, por suerte, y de momento, parece que no ha tenido mucho éxito.

Hay muchas cosas dignas de reflexión en torno a todo este esperpento. Una de ellas es la facilidad con que la gente es afectada por sesgos cognitivos (o por simple manipulación mediática y publicitaria) en torno a la percepción real de riesgos. Otra, más grave, y complementaria, es la dificultad de esa misma gente para percibir y comprender el tremendo daño psicológico y moral que infringen a sus hijos con este tipo de actitudes. Conjuntando ambas consideraciones diríamos que muchos padres, en nombre de una más que improbable situación de riesgo extremo (que pueda ser resuelta, además, por medio de artiliguos como los citados), expone a sus hijos a una más que probable serie de consecuencias, estas sí ciertas y reales, que pueden lastrar su desarrollo como personas.

Y no me refiero solo al hecho, obvio, de violar abusivamente la intimidad del niño (no digamos la del adolescente) por medio de estos humillantes sistemas de control, o al no menos grave de mermar o acabar con la relación de confianza que debe darse entre padres e hijos. Ni siquiera a la más perniciosa y probable consecuencia de esta manía de control, como es la de criar niños dependientes de padres más dependientes aún de sus propias y enfermizas obsesiones (que seguramente acabarán por transmitir a sus hijos). Hay otra cosa mucho más importante. Y se trata del respeto que debemos a niños y adolescentes.

A menudo se olvida que los niños, en el grado de desarrollo que se quiera, y como personas que son, disponen ya de aquello que dota de personalidad a algo, a saber: tener voluntad propia. Una voluntad que en niños y adolescentes es vejada cada día a través de multitud de pequeños pero constantes actos de violencia en forma de órdenes irracionales, arbitrariedades y abusos de poder cometidos por los mismos adultos que, en teoría, tienen la función primordial de educarles.

Pero nadie educa a una persona libre maltratando su voluntad, esto es: tratándola como a un animal o un muñeco de guiñol –dándole órdenes, adiestrándola con emoticonos, o guiándola por control remoto a través de un reloj–. A las personas, tengan la edad que tengan, se las educa hablando y razonando con ellas, acompañándolas, confiando gradualmente en su criterio y permitiendo que vayan tomando, poco a poco, y aun con los riesgos que ello conlleva, sus propias decisiones. No hay mayor inversión que esta en la seguridad y dignidad de los menores.

*Profesor de Filosofía.