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La curiosa impertinente

Nuestra vergüenza

 

Fueron una vez muchos españoles refugiados, hacinados en campos, sucios, hambrientos, asustados, huyendo de la guerra, de la pobreza y de la muerte. Huidos de un país desangrado, dejaron atrás todo y, si hubieran podido elegir, nunca hubieran abandonado su casa, modesta o pudiente, ni su trabajo en el campo o en la oficina, ni sus pajares o sus bibliotecas; ni su trillar en la era o el reunirse en la tertulia de la botica o en la taberna.

Fueron luego muchos españoles emigrantes, de aquellos de los de un franco catorce pesetas. Los que con sus divisas construyeron la España del desarrollismo, del turismo, del seiscientos. Los que llenaron las fábricas de Mercedes o Peugeot, y aquellas camareras, doncellas, cocineras. Morenitos, bajitas, tildados de vagos o ladronas subdesarrollados o atrasadas. Realizando los trabajos que los burgueses en Berlín, en Ginebra, en París no querían hacer.

Hoy Europa duda en cómo llamar a las riadas de seres humanos tan humanos como los europeos, que huyen de la misma guerra y la misma hambre y la misma muerte, porque la historia de la infamia es universal y la padecen lo mismo los negros, las blancas y los amarillos que las eslavas o los gitanos. Personas que, si hubieran podido elegir, nunca hubieran abandonado su casa. Y llegan a países, más o menos ricos, pero sin guerras, sin hambruna, sin epidemias, sin niños soldado, sin muerte generalizada y diaria. Países que dudan en cómo estructurar las llamadas políticas migratorias. Y algunos, con un pasado no tan lejano de carencias, pobreza, escasez y persecución interna prefieren levantar muros, expulsar, prohibir, cerrar.

Habrá más Aquarius, como tantos ha habido. Pero un gesto no es solo un gesto. Porque este gesto español de urgencia debe ser parte de la solución. Porque hay que urgir a Europa a enfrentarse a sus contradicciones. Los muros y las expulsiones no detendrán a los desesperados. Cuanto más tarden los países poderosos en articular respuestas que tengan al ser humano en el centro, más lejos estará el final de esta sangría que es nuestra vergüenza.