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Editorial

Operación contra Siria

 

15/04/2018

El Pentágono ha reconocido que el ataque lanzado por Donald Trump hace un año tras el uso de armas químicas por parte del régimen de Baschar el Asad no sirvió para nada. Más allá de generar mayores padecimientos a la población civil, ¿servirá para algo el arrojado conjuntamente la pasada madrugada por fuerzas de EEUU, Reino Unido y Francia en respuesta a otro lanzado supuestamente por las fuerzas de Damasco con agentes tóxicos explícitamente prohibidos por varias convenciones internacionales? Quizá sirva, a lo sumo, para entorpecer temporalmente la fabricación de dichas armas, pero estratégicamente esta acción multinacional no parece que vaya a tener grandes efectos sobre el desarrollo de la guerra, que ha entrado en su octavo año con una cifra de muertos cercana al medio millón y que ha generado más de diez millones de refugiados internos y externos.

La imagen publicitaria difundida tras el ataque de un El Asad tranquilo y sin escolta entrando en un edificio como cualquier ejecutivo a su oficina, es un mensaje a los suyos de que controla la situación, y a sus adversarios les dice que no le han causado ni un rasguño. Al margen de la retórica bélica, los atacantes occidentales han asegurado que el objetivo de la operación no era el cambio de régimen, solo una operación quirúrgica. Con este ataque limitado, Putin, el máximo valedor del régimen de Damasco, puede presumir de su capacidad disuasoria, de haber evitado una agresión mayor que hubiera implicado una respuesta hacia una escalada bélica de difícil progresión. Después de todo, salvada la continuidad de El Asad, a Moscú no le convienen otros desarrollos.

Al presidente Trump la operación le ha servido para demostrar que cumple sus promesas tan reiteradas en los últimos días, pero aunque haya logrado la participación del Reino Unido y Francia (España ha contribuido con apoyo logístico desde bases estadounidenses), no significa que haya un plan o una estrategia seriamente planteada para poner fin a esta brutal guerra en Siria. Más bien demuestra el cinismo de unos dirigentes que ahora se rasgan las vestiduras cuando han cerrado los ojos ante todos los desmanes en aquel país –no solo los ataques con armas químicas– mientras nadie pone en duda la continuidad en el poder del dictador que lanzó a su país a esta guerra fratricida.

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