MIGUEL MURILLO MIGUEL MURILLO 18/11/2003

Dramaturgo

El otoño es la primavera de Extremadura, dice mi amigo cuando atraviesa los campos entre Cáceres y Trujillo. El otoño es la época de la luz, le digo, mientras admiramos desde la Alcazaba de Badajoz una formidable puesta de sol con el AVE como telón de fondo y los Tres Poetas haciendo esfuerzos desde sus estatuas para torcer los cuellos de bronce y despedirse del sol que se hunde en el Guadiana.

Badajoz en otoño se tiñe de luz dorada y convierte sus calles en avenidas llenas de historias románticas, de paseos apresurados en busca de los rincones discretos y viajes hacia las noches brumosas. Por eso me dolió cuando alguien me llamó estúpido (desde estas páginas) porque quise ironizar con Badajoz y la muerte. Me dolió porque llevo medio siglo descubriendo luces de otoño y olores de primaveras al sol de las callejuelas que me vieron corretear de niño. Y me dolió que se me sugiriese (desde estas páginas) que me fuera de esta ciudad si no me gustaba. Que dejara su sol, que abandonara sus historias, porque para algunos la ironía y Badajoz son incompatibles.

Pero Badajoz es ironía o no es nada. Es ciudad hermosa de la que pregonan su fealdad, es ciudad amable y de acogida y, sin embargo, se la considera ciudad de paso, es ciudad culta y no tiene casa de cultura, y es, sobre todo, cuna y sepultura de quienes la amamos hasta dolernos. Si de algo he de arrepentirme, querido lector, es de no haber aprovechado mis cortas luces en cantar sus virtudes, en haber despilfarrado el tiempo mirando mi nube en el ojo. Prometo cultivar la ironía hablando de Mérida, Cáceres o Trujillo (igual algún día deberé solicitar su acogida cuando triunfen los que no tienen sentido del humor).

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