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Tribuna abierta

Le Pen y las emociones políticas

¿No sienten cierta decepción de que en Francia no pasara nada y ganara lo de siempre?

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
10/05/2017

 

No notan en el ambiente una cierta decepción – inconfesable – por el fracaso de Le Pen en Francia? No exactamente porque perdiera sino, más bien, por el hecho de que no pasara nada, de que ganara «lo de siempre» (un socialdemócrata solo estéticamente atípico). Una imprevista victoria de Le Pen hubiera generado –en cambio– apasionantes programas especiales en televisión y, quizá, otras emocionantes novedades de menor enjundia.

Esta decepción –esta frustrante «normalidad» en los medios– ante el previsible resultado de las elecciones francesas da que pensar. Vivimos en un perpetuo afán de novedades (ni nuestra época, ni los medios de comunicación que la cincelan podrían prescindir de ese afán). Es más: la novedad, el acontecimiento de lo improbable, es casi el único ingrediente emotivo que queda en la vida política moderna.

De todos es sabido que el poder no puede mantenerse sin cierto tipo de emociones. El modo más eficaz para garantizar la estabilidad política no es la simple coacción, sino la convicción. Pero la convicción de la mayoría no se logra con argumentos, sino con seducción emocional, y con la retórica necesaria para provocarla.

Esta estrategia emocional y retórica es propia de los regímenes políticos tradicionales. El poder solo resulta plenamente efectivo cuando la gente lo cree y siente como expresión de un orden ideológico (moral, religioso...) que lo trasciende. Las manera de despertar ese sentimiento de sagrada conformidad con lo que el poder simbólicamente representa son muchas, desde el rito religioso a la retórica de las ceremonias, desfiles, fiestas, ajusticiamientos, y todos los magníficos actos teatrales con los que el poder escenifica su vínculo con lo trascendente.

Pero (tras divorciarse de la Iglesia), el poder político moderno ha pretendido fundar su poder de convicción en instancias mucho más prosaicas: en las necesidades y en la razón humanas, o en principios (Igualdad, Libertad, Fraternidad...) puramente retóricos. Nada comparable (en cuanto a poder de sugestión) a la narrativa de los mitos y religiones pre-modernas. Una «religión civil» (como la que teorizaron Rousse, Mill o Comte) es casi una contradicción en sus términos.

En ausencia de la sanción sagrada de sus representaciones y actos, el poder moderno se ha ido banalizando y debilitando. Más aún en cuanto ha ido ajustando sus juegos teatrales al formato mediático –en los que el gobernante pasa de ser una figura semidivina a un simple showman televisivo–. Por lo que solo queda el recurso a la coacción. Tanto policial (el control integral de los individuos que facilita la tecnología) como económica (el bienestar material como premio a la conformidad). Las democracias liberales en las que vivimos no tienen otro soporte firme más que la vigilancia y el crecimiento económico. Su fundamento ideológico es tenue, confuso, abstracto y carece de todo poder de encantamiento. Es por eso que son tan vulnerables a los cantos de sirena del nacionalismo más identitario, del fundamentalismo religioso, o de los populismos neofascistas. Especialmente en momentos en que el crecimiento económico ilimitado deja de ser creíble (o de entenderse como necesariamente ligado al modelo de sociedad liberal).

¿Qué puede pasar entonces? Para mantener la estabilidad política hará falta que la vigilancia se haga más penetrante o invisible (esto ocurre ya: lo confesamos todo, voluntariamente, y a coste cero, a través de ese omnipresente sistema de normalización que son las redes). También hará falta que el «chantaje económico» no desaparezca del todo (Occidente sigue nadando en la abundancia, aún con grandes dosis de desigualdad). Pero todo esto no parece que vaya a ser suficiente. Y aquí se abren múltiples posibilidades.

Apostar por una era de decrecimiento voluntario, nuevas emociones políticas (cívicas y feminizadas, como propone Nussbaum) y reconsideraciones alternativas de lo común, supone una gigantesca metamorfosis ideológica (y educativa). Pero sin ella es más que posible que en Europa acaben triunfando figuras como Le Pen, y que la historia se repita. Y que lo haga, irónicamente, bajo el emotivo disfraz de la novedad.