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Tribuna abierta

Piropos

Pocos varones cederían el paso a otros varones

 

Piropos -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
16/11/2016

Una de los múltiples privilegios de los que gozan los varones es el de librarse del pringoso catálogo de galanterías que padecen, sin posibilidad de elección, las mujeres. Me cuesta imaginar que me acostumbrara --por muy educado que estuviera para ello -- a la actitud condescendiente de tantos paternales machotes abriéndome puertas, cediéndome el paso, o acompañándome forzosamente a casa. No creo que sea simple cortesía o buena educación. Tampoco digo que no haya nada de eso. Pero lo que consideramos «buena educación» no es separable de las ideas y creencias que sustentan esa consideración. Los gestos de cortesía con la mujer responden a una determinada idea de lo que esta es: un ser débil y menor de edad al que tenemos que halagar y proteger, una suerte de posesión preciosa cuya integridad hemos de preservar.

Sobran ejemplos para confirmar lo dicho. Pocos varones cederían el paso o abrirían puertas a otros varones. O muy pocos de nosotros nos empeñaríamos en acompañar a un amigo a casa sin que percibiéramos causas objetivas de peligro (por muy poca capacidad o disposición a la autodefensa que tuviera nuestro amigo). Aquellos que tenemos hermanas conocemos de cerca la diferencia de trato. De adolescente, yo podía salir, viajar, o volver tarde a casa con mucha más facilidad que ellas. En mi familia se mantenía la creencia, como en casi todas, de que a las chicas hay que protegerlas más. No solo porque sean el «sexo débil», sino también por una cierta debilidad por el delito sexual. Cuando una chica es atacada lo primero que parece preocupar a todo el mundo es si ha habido «abusos» (y todo el mundo entiende este eufemismo). Esto es muy sintomático. Las mujeres, por lo visto, no solo son frágiles objetos que proteger, sino, más específicamente, frágiles objetos sexuales (cuyo «precinto de garantía» ha de permanecer intacto para que puedan seguir siendo valiosos).

Un caso especialmente molesto de todo el catálogo de galanuras es el del piropo. Hasta el punto de que en la legislación de algunos países está empezando a considerarse seriamente como un caso de violencia verbal y sexual, o incluso de acoso laboral (como refleja tímidamente la ley española).

No hay que ser un pensador muy agudo para distinguir entre el piropo como acto de violencia verbal y el uso adecuado del halago o de otras maneras de seducir o expresar deseos o emociones «amorosas». La diferencia es relativamente sencilla: consiste en ser respetuoso, es decir, en tratar a los demás como sujetos con voluntad propia (y no como objetos a nuestro servicio). Solo recuerdo haber piropeado una vez, siendo adolescente, a una mujer desconocida. Después de mucho titubear me acerqué, le solicité permiso para hablar y, cuando me lo concedió --mirándome con divertida curiosidad-- le dije tartamudeando que me parecía la mujer más hermosa que había visto nunca (o algo por el estilo). Tras escucharme, me sonrío amable y compasivamente, me dio las gracias y se marchó. Pasé tanta vergüenza (estaba en un lugar público) que no he vuelvo a hacerlo nunca.

El piropo lanzado sin permiso, el silbido, el bocinazo, el gesto obsceno, el acoso y el arrinconamiento son objetivamente formas de intimidación y violencia de género. Más del 80% de las mujeres, según Holly Kearl, en uno de los más prestigiosos estudio al respecto, afirman sentirse alerta cuando caminan por la calle, y en torno al 50% de ellas modifican sus trayectos, no se atreven a ir solas a lugares públicos, o se ven forzadas a simular que tienen pareja para que las dejen en paz.

Con el piropo irrespetuoso el varón exhibe, de nuevo, su rol de protector (la mujer a la que se piropea es justo la que va sin «protección» masculina), reivindica su dominio del espacio público (la calle, el lugar de trabajo, allí donde la mujer, fuera de su «lugar natural» --el hogar--, se ofrece a la «caza»), y se apresta a revalidar, casi siempre delante de otros machos, su virilidad u hombría. Pocas cosas hay más ajenas a una relación respetuosa entre seres humanos que esa costumbre, típica de hombres jóvenes, de acosar en manada. ¿Qué se puede esperar tras semejante rito de iniciación? 

   
1 Comentario
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Por cantero 18:39 - 16.11.2016

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Advierte este periódico en sus normas de participación de los comentarios injuriosos, supongo que solo habla de los lectores, no de sus columnistas. pues el sr. Bermúdez se atreve a generalizar de la actitud de los jóvenes hacia las mujeres, acompañando al artículo con la foto de dos macarras elegidos al azar o quizás tras un pormenorizado estudio como el de la señora holly kearl que llego a sus conclusiones a través de 811 entrevistas a mujeres en un país, Estados Unidos, donde viven mas de 160 millones de mujeres. sin dudas un estudio poco riguroso como alguna de sus afirmaciones. Por ultimo decirle que yo le abriría la puerta y le cedería el paso con gusto y creo que lo haría por educación como lo de dar las gracias o los buenos días. quizás otras costumbres rancias y machistas para usted.