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Tribuna abierta

Por la raja de tu falda

Hay docentes que dicen que tan impúdica exhibición carnal les distrae de sus obligaciones

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
14/06/2017

 

Tal como me recordaba el otro día un colega y buen amigo, no faltan casos –aunque cada vez más excepcionales y contestados– de docentes que se quejan en voz alta del exceso de escotes o de la falta de tela en las faldas de sus alumnas (al revés, casos con profesoras y alumnos, no conozco ninguno). El peregrino argumento que suelen dar estos profesores es que tal impúdica exhibición carnal les distrae de sus obligaciones profesionales. ¿Cómo es posible que alguien (y más una persona que se supone culta y dotada para la reflexión) afirme tamaña barbaridad?

Mi amigo dice que este tipo de actitudes se deben al mórbido afán de los varones –típico en culturas patriarcales– por «sexualizar» el cuerpo femenino, en lugar –dice él– de observarlo con naturalidad. Pero yo creo que es otra cosa. «Sexualizar» el cuerpo no me parece que sea el problema. Entre otras cosas porque, en condiciones normales, observar un cuerpo desarrollado sin atender (también) a su dimensión sexual es tan difícil como indeseable. Un cuerpo humano es inevitablemente un organismo sexuado. Incluso hiper-sexuado, como, por causas evolutivas, es el de la mujer. De otro lado, hace siglos ya que la biología, la psicología y la antropología mostraron que nuestros cuerpos, mentes y culturas están diseñadas para una actividad sexual excepcional, y que de esa afición al sexo ha dependido, en gran medida, nuestro éxito como especie. ¡A ver si vamos a ser ahora más pacatos que en la época en la que escribieron Darwin, Freud o Levi-Strauss!

Vamos ahora con el asunto de la indumentaria. ¿Quién duda de que la ropa está concebida, entre otras muchas cosas, para generar una reacción sexual? Es hipócrita no reconocer que nos vestimos para gustar y seducir a los demás (y para mil cosas más: dar una cierta imagen, identificarnos con grupos e ideologías, mostrar nuestro estatus social, etc...) antes que simplemente para protegernos del frío o estar más cómodos. La ropa, en esta y en todas las culturas del mundo, responde a rituales y sistemas simbólicos, y una de sus más poderosas funciones –análoga a la del plumaje de los pájaros– es la del cortejo y la atracción sexual. Las mujeres (y los varones) se visten, indudablemente, para provocar. No solo deseo (también admiración, respeto, y mil cosas), pero también deseo.

Otro asunto es que se censure a quien provoca (con su cuerpo o sus ropas) una reacción sexual en otros. Esta censura es la que no debemos permitir. Idealmente al menos las personas son responsables de sus acciones y de sus reacciones emotivas (las controlan e, incluso, en buena medida las construyen), y no meros resortes que respondan de modo mecánico a los estímulos. Echar la culpa a otros de lo que sentimos y hacemos es minusvalorar nuestra libertad y responsabilidad moral. Justificar la censura del cuerpo o la ropa de alguien «porque provocan emociones y acciones que no podemos controlar» equivale a eximirnos de nuestra condición humana y concebirnos como un autómata. Es, además, el mismo argumento que emplean los defensores del «burka». O –en otro orden de cosas, pero que siempre viene muy al pelo– los enemigos de la libertad de expresión: «como eso que dices, o de lo que te ríes, vulnera mis sentimientos o mis creencias, te callas»... Es exactamente el mismo error de concepción.

Otro asunto es que, desde una perspectiva ideológica (pongamos el feminismo), se proponga acabar con los patrones patriarcales de belleza femenina (tan ligados, por demás, a la sexualidad natural) y se proponga una nueva estética del cuerpo y sus aderezos más, digamos, «espiritual», pero que tampoco oculte como un burka la dimensión inevitable –y deseablemente– sensual de lo corpóreo. No es imprescindible, pero esta revolución estética contribuiría a que nadie cometiese la torpeza de considerar a las mujeres como un objeto sexual ni, mucho menos, como responsables de impulsos emocionales presuntamente irrefrenables. Seguro que así, en lugar de un «piñazo» con el coche, como cantaban los Estopa, el ver a una mujer inspire en algunos infinitas y refinadas cosas más. Aunque esto, de nuevo, depende mucho más de que se refinen ellos.