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INFANCIAS ROTAS

"Aprendí lo peor: a maltratar"

Jóvenes extutelados por la Generalitat catalana explican su infancia y adolescencia en los centros de menores

 

La joven extutelada M. M. A. - DANNY CAMINAL

TERESA PÉREZ
08/01/2017

Los recuerdos que habitan en la mente de B. M. deberían estar difuminados por el paso del tiempo, ya que ha transcurrido más de una década desde que ocurrió la tragedia que torció su destino. Los hechos, sin embargo, están presentes con una viveza que asusta. “Me han roto por dentro”, dice B. N. Esta joven, de 27 años, ingresó con 14 años en un centro tutelado. La acompañaban sus tres hermanos. “Lo primero que hicieron fue separarnos”, explica. Ese instante todavía lo tiene clavado. Esta exinterna, que prefiere no ser fotografiada porque tiene todavía hermanos tutelados, quiere dar un consejo a la Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia (DGAIA), cuyos centros critican trabajadores y familias: “Por favor, no separen nunca a los hermanos”.

En el centro “todo estaba bajo llave y las ventanas tenían rejas. Yo pensé que me habían metido en una cárcel”, describe B. M. Los padres perdieron la tutela y se quedaron sin sus cuatro hijos. De la noche a la mañana la algarabía del hogar familiar se transformó en un silencio monacal. "Mis padres nunca nos abandonaron, solo eran pobres", acusa.

BOFETÓN

A N. H. le ocurrió lo mismo."Cuando ingresé en el centro mi vida se rompió. Perdí mi infancia y también a mí misma. Los recuerdos amargos me perseguirán el resto de mi vida", dice. El día que empezó a escáparsele la infancia estaba ingresada en un hospital porque se había autolesionado. Acababa de cumplir 9 años. "Aparecieron en el centro hospitalario un hombre y una mujer y me metieron en un coche. Estaba asustada y la mujer al ver que la miraba me interrogó: '¿Tú que miras'". La ingresaron en un centro de menores. "La primera noche no pude dormir. Me dediqué a ayudar a los bebés que lloraban. Al cabo de unos días llegaron mis hermanas". Las separaron a todas y N. se escapaba por las noches para ir a cantarle una nana a la pequeña.

N. H. y B. N. no saben bien por qué, pero tienen la sensación de que les hablaban mal de sus padres. B. N. afirma que en el centro le recriminaban: "Si tanto te quieren tus padres, ¿por qué estás aquí?". N. H. dice que en su cabeza campan recuerdos que ella no vivió. "Cuando yo entré en un centro de acogida quería a mi padre y cuando salí, le odiaba". Ese rencor inducido le ha pesado en las relaciones sentimentales que ha tenido.

M. M. A., de 23 años, tiene recuerdos agridulces de su paso por los centros de menores. Unos buenos y otros no tanto. Al principio todo iba bien hasta que cambiaron a la directora. "Estuve 2 meses castigada en mi habitación porque me relacionaba mejor con los niños que con las niñas. Me decían que tenía que recapacitar", explica. "Me hacían sentir como si fuera mala. No me dejaron disfrutar de la niñez", cuenta. El centro lo llevaban unas monjas y, relata, les daban bofetadas. A M. M. A. más que los palos le duele un recuerdo que narra así: "J. M. era un niño deficiente y un día le pegaron tan fuerte que se cayó rodando por las escaleras".

MIEDOS

M. M. A. todavía se acuerda de que la hacían ir a misa y de que hizo "seis años de catequesis y también la confirmación". Esta extutelada ha conseguido salir adelante y su experiencia le ha permitido obtener un excelente por el trabajo de investigación de bachillerato 'Els CRAE. Centre Residencial d'Acció Educativa'. Los miedos, sin embargo, siguen pasándole factura. Ahora está embarazada. "Cuando mi suegro viene a ayudarme siento mucho dolor y también mucha alegría porque me siento importante para alguien, pero temo que me pueda fallar", reconoce.

M. N. también ha logrado perder de vista las cuatro paredes del centro donde permaneció casi un año recluido. "Aprendí lo peor: a maltratar -cuenta-. El ambiente era muy hostil". Él fue un superviviente. Solo tenía claro que tenía que salir cuanto antes. Esa sensación también la comprobó descorazonada L. P. el día que abandonó el recinto donde estaba y un niño de 4 años le preguntó: "¿Y yo cuándo me voy a ir?"