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J. R. ALONSO de la Torre J. R. ALONSO de la Torre 15/11/2005

TEtra sábado, el sol reverberaba en las fachadas de cal blanca. En la parada del autobús urbano, una señora de negro rajaba aceitunas en la solana. Estaba sentada en una silla de enea, a su derecha tenía una bombona con aceitunas negras y un cubino con aceitunas verdes. En su regazo, una tabla de madera con un agujero por donde introducía las olivas de una en una. Debajo, un gran cubo con agua y otros condimentos donde caían las aceitunas hendidas. Pasaba La Modesta , pasaba La Narcisa y la rajadora de aceitunas las avisaba del milagro: "Para principios de mes, ya estarán".

Este episodio, tan singular en una ciudad de 90.000 habitantes, sucedía el pasado sábado, a mediodía, en el popular barrio cacereño de Las Trescientas. Para quien no lo conozca, se trata de una aglomeración de chalecitos levantada en los años 60 en lo que entonces era el extrarradio de Cáceres. Allí se fueron a vivir familias jóvenes. Hoy ya son abuelos y el barrio quedará pronto rodeado de residenciales y urbanizaciones. Las Trescientas tiene una disposición urbanística muy agradable: casitas blancas y bajas con patio, plazas recoletas, aceras arboladas, silencios rotos por el pitido del piconero, por el claxon del panadero. Dentro de diez años, la parte antigua ya estará ocupada y llegará el momento de que Las Trescientas se convierta en el Portobello cacereño, con su mercadillo, su calidad de vida y su encanto bohemio y joven. Mientras tanto, las señoras rajan aceitunas en la parada del autobús y dejan en la retina una estampa entrañable, extremeña e irrepetible.

 


 

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