M JESUS Almeida 05/02/2012

A veces uno encuentra regalos inesperados. Yo hallé uno hace muy poco. Fue en la voz de Albert Bosch . Recién regresado de la Antártida le hacían en televisión una entrevista, muy bien llevada por cierto. Reflexionaba el empresario y viajero sobre el valor de la convivencia con uno mismo, de la soledad constructiva. Hablaba también del fracaso. No lo entendía como el final de una ilusión, sino como un nuevo comienzo, el punto de partida, enriquecido por la experiencia, para un proyecto nuevo. Prueba, error, y un paso adelante. Decía que el único fracaso es el de abandonar un propósito sin tan siquiera haberlo intentado. Dejarse abatir por las dificultades aún antes de iniciar la marcha.

Tenía la televisión encendida como acompañamiento de fondo mientras me ocupaba en otra cosa, pero lo que oía comenzó a interesarme y me centré en la hondura de sus palabras, en los mensajes de ese hombre curtido por la experiencia, que no se conforma con ver el mundo, sino que desea formar parte de él, enfrentándose a sus desafíos. Entendí que era su vida un tiempo para el experimento y que no le importaba tanto la culminación como el camino, la superación de sí mismo. Me gustó el personaje. Quedé seducida por la sencillez de las palabras y la fuerza del pensamiento. El reto no está fuera, sino en nuestro interior y necesitamos enfrentarlo para sentir en toda su plenitud la vida.

Esa es la conclusión que saqué de sus reflexiones. No se mostró altanero, ni petulante. No destiló ni una gota de vanidad, ni en gestos ni expresiones, por el logro alcanzado. Hablaba tan solo de la vida y de cómo él la concebía. Pensé en los planes que me había trazado y en cómo los iba aplazando. Albert Bosch me hizo comprender que era yo misma la que estaba a punto de sembrar en mi interior la semilla del fracaso. Sus palabras fueron un valioso regalo.

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