Victor Pedro Lucio Blanco de Mérida - 26/01/2012

Yo creo que para muchos es bien sabido que hoy en día el poder no reside en la presidencia de un gobierno, sino que le corresponde casi en exclusividad a los banqueros, esas personas prácticamente desconocidas que ocultan tras su mascarada de paraísos fiscales, cuentas corrientes, préstamos hipotecarios, transferencias y recibos y nóminas domiciliadas, el control de una sociedad consumista que peca de conformista y se enajena saliendo a las calle para protestar por los derechos sociales, significando a veces tirar piedras a su mismo tejado.

Yo no quisiera ser hipócrita. Reconozco que durante algún tiempo retocé en los placeres del ausentismo moral, disfrutando de los “beneficios” de esa sociedad esclavista de la ética, renunciando al sentido del amor propio e incluso de la dignidad humana. Y si no hubiera sido porque las necesidades de la situación financiera actual, combinada con el mal hacer de algunos empleados de banca, que como ya sucedió antes son aun peores que sus superiores, y que han minado mi consciencia hasta el punto de decir basta, no habría escrito jamás estas líneas.

No es justo que esas personas crean ser Dios y que jueguen con mis sueños, que sus normas las dictan ellos, y que no haya forma alguna de poder denunciarlo.

Un ejemplo. Tuve conocimiento de una iniciativa del gobierno de Extremadura para motivar la inversión y el autoempleo, que consistía en ofrecer una línea de microcréditos a aquellos que se hagan empresarios autónomos, tras un meticuloso estudio de viabilidad y un plan de empresa.

Hasta aquí todo muy bonito, pero claro, no hay lugar para los sueños allá donde se fraguan los destinos de los pequeños mortales: Las entidades financieras. Yo creo en el perdón, creo solemnemente en el error humano, en que un mal pueda ser consecuencia de un acto involuntario, y que las consecuencias del mismo puedan de alguna manera ser enterradas en el olvido, a cambio de un interés del infractor por hacer las cosas un poco mejor. Pero he encontrado que en estos oscuros y complejos espacios, los Umpa Lumpa de la economía, buscan de manera infame asumir el control de tu vida, y ver como te rebajas, te arrastras, para que al faltarte al respeto, parezca que en el fondo son ellos los que tienen razón.

Esto sucedió para ser exacto en una sucursal de La Caixa, más concretamente en la sita en Damián Téllez Lafuente, donde una solicitud de microcrédito fue ignorada a consciencia, a pesar del empeño puesto por mi parte, de mi insistencia, la cajera, una chica llamada María Antonia, tardo un mes en enviar una documentación para el estudio del mismo.

Luego queda el trato recibido por el director de la sucursal. Don Juan Manuel, un orgulloso malhumorado que te mira por encima del hombro y que prefiere ver humillarte ante él a hacer una simple llamada para resolver tus problemas. Sin siquiera tengas derecho a reclamar ya que, estas entidades están exentos de tener de libros de reclamaciones.

Hoy, 24 de enero, he pasado toda la mañana en la sucursal en señal de protesta y mañana haré lo mismo, auque vuelvan a enviar a la policía, y seguiré poniendo quejas y seguiré exigiendo que dejen de jugar de una vez por todas, con mis sueños.

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