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La Mediadora de Jesús Sánchez Adalid

 

María José Trinidad Ruiz de Mérida - 03/09/2017

Se presenta a un premio de novela, escribiendo para ello y lo gana. Con su experiencia como jurado y su curiosidad o rebeldía por salirse de su línea de novela histórica que tantos éxitos le ha traído. No puedes leer la novela y apartar su imagen de tu mente. La figura del narrador se hace física enfundada en su persona y se sienta a tu lado, desde una perspectiva superior, implantando su carácter. Detrás de cada joder, puto o coño, se atisba una necesidad de normalidad, y sonrisa complaciente. Mavi, la protagonista, tiene algo de él, o de ti, o de mi, que atrae sin duda al lector, aunque con mesura e interés contenido, por temor a reconocernos. Una mujer inteligente, impetuosa y pasional (“…siguiendo los variables designios de su temperamento: sus excentricidades, sus caprichos, sus ideas geniales, sus repentinos cambios de humor… Vivir junto a ella fue durante años un auténtico torbellino.”), que da un cambio a su vida, cuando parece que el camino elegido era la única opción ya existente. Condecorada con medio siglo encima, dedicarse a una nueva profesión, vivir en otra ciudad y enamorarse de nuevo es tan idílico como difícil, pero a veces se hace necesario. Necesario, es dejar de buscar lo que has perdido en la oscuridad e irte a un sitio donde haya luz, como nos cuenta Nasrudín, maestro sufí.

Adentrarte en un cortijo extremeño, pudiendo oler cantuesos y jaras, con sus gentes campechanas y con un raigambre generacional a esta tierra, a su cultura y tradiciones. Con gente auténtica, con miedos y errores. Nunca el tiempo es perdido… canturrea Mavi parafraseando a nuestro gran Manolo, y como mantra improvisado se hace un hueco en tu día comprendiendo que cuando consigas descifrar esta frase, has descifrado el contenido de la mediación que es el tema central de la novela. La mediación como excipiente, como medio, como manera, para gestionar y resolver conflictos dentro del núcleo de la familia. Aunque más que para resolver, y dar una sentencia o dictamen del problema, su uso es el de abrir el corazón del involucrado y desinflar el orgullo del herido, dejando así, que nuestra vivencia en primera persona del conflicto nos ayude a discernir y ser justos con nuestra situación y la persona con la que tanto compartimos. Cuando se quiebra o termina una unión de pareja, son muchas las cosas a repartir, siendo las más difíciles aquellas en las que no es posible distribución alguna. ¿Cómo repartimos los amigos? ¿Cómo repartimos los recuerdos? ¿Quién sacrificó más por esta relación? ¿Quién debe compensar el desequilibrio personal que la ruptura causa? ¿Y los hijos,… tienen voz, son moneda de cambio o deben tomar parte? Demasiadas preguntas con respuestas enfrentadas, aderezadas de rencor, decepciones y dolor, mucho dolor. Todo esto se une, a que la vida no se detiene, que tus obligaciones diarias prosiguen su camino y no permiten que te bajes del tren para tu desasosiego. Las decepciones no germinan en un solo sitio, sobre todo cuando el ánimo decae y somos propicios a ver oscuridad en cada recodo. Todas las novelas nacen de una insatisfacción con nuestro propio mundo, nos dice el escritor, como sentimiento e impulso para su escrito. El lector continua con la vida de esa novela, con esa insatisfacción con el mundo en el que se encuentra, buscando en cada frase el significado que más se acerca a su realidad, en cada historia, la sombra de sus historias. “La soledad es un estado subjetivo, propio de los que ya consideran huera la vida, de quienes están enfadados con ella, de quienes se han quedado a oscuras, o de quienes, hartos tal vez de brillar, han decidido descender hasta las sombras..” El narrador te lleva por todos estos pasajes, entrelazados entre ellos por pertenecer a la historia de una misma persona, y algo de poso queda en tu alma, siempre que lees un libro. Efectivamente no acabaremos con la guerra simplemente con la lectura, pero puede alimentar muchas conciencias que darán la mano a otras tantas y seguro que muchas soledades se harán más livianas. El perdón como necesidad para vivir en paz, la paz como fin y deseo para este año recién estrenado y lleno de esperanza. “Fue una gran idea romper, dijo él. Sí, pero recuerda que la idea fue mía, dijo ella”. Marta y Marilia. M.J.Trinidad Ruiz http://www.trinidadruiz.com