FARSANTES DESENMASCARADOS

Impostores, SL

POR NOELIA SASTRE

Es usted afroamericana?». «No entiendo la pregunta». «¿Son sus padres blancos?». En ese momento, Rachel Dolezal, presidenta de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color en Spokane (Washington), zanjó la entrevista en la que decía ser víctima de crímenes de odio por ser negra. Era junio del 2015 y el vídeo se hizo viral. Sus padres emitieron un comunicado asegurando que su hija es blanca, muy blanca, y la investigación concluyó que tampoco eran ciertas las amenazas que denunciaba.

Un fraude en toda regla que abrió un debate nacional en EEUU: sus críticos la acusaron de «apropiación cultural», sus defensores clamaban que su identidad racial es genuina. Dolezal admitió: «Soy blanca pero me identifico como negra». Perdió su cargo y publicó un libro, A todo color, en el que compara su experiencia con la esclavitud. Hoy su historia vuelve en forma acusación del Departamento de Servicios Sociales de Washington. Desde hace unos días se enfrenta a 15 años de cárcel si es declarada culpable de perjurio y robo al sistema por los casi 7.700 euros que recibió en comida y asistencia entre el 2015 y el 2017. Y Netflix acaba de estrenar el documental The Rachel Divide, aunque muchos se preguntan por qué esta impostora se merece la atención de una industria en la que las mujeres negras, las de verdad, están infrarrepresentadas.

Hathaway y el rico de pega

Otro famoso estafador resucitado es Raffaello Follieri, aquel italiano que embaucó a Anne Hathaway por sus conexiones con el Vaticano. Follieri invertía en él mismo el dinero de los demás. Cuanto más rico, más le confiarían sus fortunas. Su detención en junio del 2008 en Nueva York se produjo tras gastarse un millón de dólares de un inversor al viajar con su novia en jet privado hasta la República Dominicana para cenar con los Clinton y Óscar de la Renta. Follieri se declaró culpable, pasó cuatro años en prisión y en el 2012 fue deportado a Italia. Estaba desaparecido hasta que en enero anunció su intención de comprar el 50% del club de fútbol Foggia Calcio.

La última historia que despierta dudas llega desde Bruselas y cuenta la recuperación de la Maison Frison, joya art nouveau que el arquitecto Victor Horta diseñó en 1894 en el 37 de la calle de Lebeau. Su nueva propietaria, la india Nupur Chowdhry, posa sonriente en una casa restaurada y abierta al público. Chowdhry se presenta como descendiente de linaje real nacida en Dehradun, diseñadora de joyas, «embajadora para el arte y la cultura franco-india», consultora de lifestyle y lujo que recaló en Bruselas hace dos años, cuando la familia de galeristas Visser puso a la venta esta vivienda de cuatro plantas, 500 metros cuadrados, cinco dormitorios, tres baños y varios salones. Pedían 1,7 millones de euros a través de Sotheby’s, pero los medios belgas hablan ahora de entre 5 y 9 millones.

Chowdhry dice haberla pagado con su fortuna y ser esposa del embajador de la UE en Irak, el español Ramón Blecua (número dos de la embajada de España en la India con Gustavo de Arístegui, investigado por corrupción). Y es aquí donde la cosa no cuadra. Un diplomático alertó al diario ABC: «Todo es falso, el matrimonio está más cerca de pasar apuros económicos que de poseer una gran fortuna».

Y así se ha desmontado el currículum de Chowdhry. Ni es princesa, ni se ha graduado en la Federación Internacional de Traductores (FIT), ni es miembro de la junta de un museo en Bangalore. Mientras Chowdhry habla en la prensa belga de su «esposo diplomático español por el que se mudó a Bruselas», en ABC ofrece una versión muy distinta: dice estar separada de Blecua y que la casa es propiedad de «una fundación cultural».

También aquí tenemos célebres impostores. Ningún relato de los supervivientes del 11-S parecía tan trágico como el de Tania Head. Contó cómo había salido arrastrándose de la Torre Sur del World Trade Center para después descubrir que su prometido había muerto en la Torre Norte. Fue homenajeada y presidió la Red de Supervivientes hasta que una investigación de The New York Times destapó en el 2007 que no tenía títulos de Harvard o Stanford ni trabajó en las oficinas de Merrill Lynch en las torres. Al poco, La Vanguardia reveló que Tania era en realidad Alicia Esteve Head, perteneciente a una familia de empresarios barceloneses implicada en 1992 en el caso Planasdemunt.

«Las grandes mentiras se fabrican con pequeñas verdades», escribe Javier Cercas en El impostor. Podría aplicarse a casi todos los personajes de esta historia, empezando por el protagonista de su libro. Enric Marco nunca estuvo en el campo de exterminio nazi. Lo reveló un historiador justo cuando iba a intervenir en una celebración en Mauthausen como representante español de las víctimas. Marco dio cientos de charlas por una noble causa: mantener viva la memoria del Holocausto. Pero el sostén de su heroica biografía de exiliado y prisionero en el matadero hitleriano resultó ser tan falso como las misiones secretas del pequeño Nicolás.

Anastasia, la hija pequeña del zar

Y para acabar, un clásico. Anna Anderson murió en 1984 tras media vida jurando ser Anastasia, la hija pequeña del último zar de Rusia, asesinado junto a su familia en 1918. Aprovechó que los huesos del clan no fueron descubiertos hasta 1991 para hacerse pasar por la zarina, pero los estudios de ADN concluyeron que esa mujer era Franziska Schanzkowski, polaca internada en un psiquiátrico berlinés que en el año 1921 leyó un reportaje titulado ¿Sobrevivió Anastasia a la masacre? y lanzó su bulo. Empezó a recibir visitas de exiliados rusos y fue tejiendo su mentira. «La gente busca razones para cambiar el pasado, pero la historia es brutalmente efectiva», declaró el príncipe Nicholas Romanov, primo del zar, cuando se confirmó la verdad.

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