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Negocios de toda la vida

La resistencia del comercio del Casco Antiguo de Badajoz: "La especialización ha sido clave para subsistir"

En el centro histórico todavía perviven comercios tradicionales que resisten al paso del tiempo. La mayoría son negocios de familias que, tras más de medio siglo de actividad, continúan levantando la persiana cada día. Su secreto: la fidelidad de una clientela que apuesta por la atención cercana, la calidad de la materia prima y el valor de los productos artesanales

Comerciantes de Badajoz que se resisten a bajar la persiana.

S. GARCIA

Rebeca Porras

Badajoz

En el corazón del Casco Antiguo todavía se mantienen en pie comercios que han superado el paso de las décadas. La mayoría son negocios familiares, cuyos responsables, llevan más de cincuenta años al frente del mostrador. Su secreto es tener una clientela fiel y la calidad de la materia prima.

Precisamente, ese es el secreto de uno de los establecimientos más antiguos de Badajoz: La Cubana, una pastelería fundada en el año 1890, cuyo primer dueño, Sebastián Nicolás, se especializó en las tartas de yema de huevo y los bollos de leche (ensaimadas espolvoreadas con azúcar glass), además de en otros muchos dulces que, a día de hoy, aún pueden pedirse en este local ubicado en calle Francisco Pizarro número 9, donde actualmente trabajan siete personas. El más veterano es Eduardo Martínez, que apuesta por los productos artesanales para mantenerse. "El secreto está en hacer las cosas bien y en lo artesanal", indica.

Muy cerca, en el número 19 de la calle Virgen de la Soledad (antes calle Echegaray 25), Juan Carlos Vidarte Rebollo, dirige una tienda que en el año 1915 regentó su abuelo Enrique Vidarte Pérez.

Este local comenzó siendo una bodega donde su abuelo además de servir vinos, dibujaba, y que más tarde evolucionó a negocio de fotografía. Ahora mismo, Juan Carlos mantiene la fotografía, pero paralelamente vende mercancía de segunda mano y reliquias, como cuadros, libros, espejos radios, máquinas cortadoras de ramas, garrafas de gasolina, relojes y otros muchos artículos que convierten este lugar en un verdadero museo de antigüedades.

La clave, según Juan Carlos, no es otra que la de "tener mucha ilusión, gastar menos que un mechero y creer en la utopía", asegura.

También, en el año 1931, se inauguró la ferretería Rodríguez, que dirigió Eladio Rodríguez, más tarde su hijo Francisco y ahora su nieta Fátima.

El local sigue abierto en la calle Virgen de la Soledad 15, y aunque ahora funciona como un bazar, en sus comienzos vendía artículos de carpintería y ferretería como molinillos manuales de la marca Elma, cubos de zinc, cacerolas San Ignacio, bombillas de 125 voltios, mandolinas de madera, churreras o braseros de picón.

"La constancia, la especialización y el boca a boca de nuestros clientes, han sido fundamentales para subsistir", señala la dueña.

De la misma manera, el trabajo y la atención personalizada han ayudado a que la mercería Juan Pedro en Virgen de la Soledad 10, haya perdurado en el tiempo cuarenta y seis años y continúe siendo un referente en toda la ciudad. ¿Quién no ha escuchado alguna vez aquello de?..."Si no lo hay en Juan Pedro, no lo hay en ningún sitio", y es que aquí es difícil no encontrar lo que uno busca, y si no lo tienen, lo consiguen.

Hilos, botones, pasacintas, cremalleras, dedales, hebillas, medias, tijeras... La tienda ha sufrido pocos cambios desde que la fundó Juan Pedro Nogales en 1979, cuando por entonces, comenzaron en la calle La Sal, muy próxima a donde está ahora. Con los años se hicieron cargo del negocio sus hijos, un empleado conocido como "Candi", y ahora su nuera Fátima Moriano, que reconoce que para resistir es importante el trato cercano y la confianza con la clientela. "Tener calma, paciencia y conseguir todo lo que nos piden es algo que cuidamos al detalle'', concluye.

Futuro incierto

Pese a la resistencia, la mayoría de estos comerciantes reconocen que el futuro es incierto. La falta de relevo generacional, el auge de las grandes superficies y la pérdida de población en el centro histórico hacen que el horizonte se vea con cierta preocupación. “Nos mantenemos gracias a los clientes de siempre, pero no sabemos hasta cuándo”, admite uno de ellos.

Aun así, todos coinciden en que rendirse no es una opción. Mientras haya vecinos que apuesten por lo cercano, las persianas seguirán levantándose cada mañana.

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