La familia Jiménez se jubila
La Corchuela se despide en abril: adiós a un símbolo del Casco Antiguo de Badajoz tras 120 años de historia
Los churros y las especialidades del bar -como las migas extremeñas o el jamón ibérico- han forjado su fama, pero es el trato familiar lo que más valoran sus clientes

Santi García

El Casco Antiguo de Badajoz perderá esta primavera uno de esos lugares que no solo sirven cafés y tostadas, sino también memoria. La Corchuela, fundada en 1905, cerrará definitivamente sus puertas después de Semana Santa. Con su jubilación se retiran los últimos miembros de una saga familiar que ha sostenido durante cuatro generaciones un negocio convertido en referencia del barrio y en punto de encuentro de miles de pacenses.
Detrás del mostrador, como ha ocurrido durante más de un siglo, sigue estando la familia. Andrés Manuel Jiménez apenas tenía diez años cuando acudía al bar a ayudar. "Era mal estudiante así que pasaba muchas horas aquí", recuerda. El negocio lo inició su abuelo. Después siguió su padre. Y ahora son él, su hermana Mari, su mujer Cati y su cuñado Antonio quienes han llevado el peso del local, junto a dos empleados. “Nos vamos cuatro, los últimos de la saga”, dice emocionado.
La decisión no responde a ninguna crisis, sino al paso del tiempo. “Nos jubilamos ya por la edad. Tenemos intención de hacerlo justo después de Semana Santa, en abril, aunque el día está por determinar”, explica. Para Andrés, hablar del cierre no es nada fácil: “A mí me da mucha pena, de vez en cuando las lágrimas me saltan. Son muchos años y siempre en familia. Ahora lo echaremos mucho de menos”.
La Corchuela no ha sido solo un bar. Ha sido una casa abierta. Un lugar donde desayunar, almorzar, ver el fútbol, celebrar las fiestas de la ciudad y, sobre todo, encontrarse. “Sabemos que la gente está a gusto aquí -cuenta Andrés- porque estamos muy volcados con las fiestas de Badajoz como el Carnaval o la Semana Santa, ponemos el fútbol… y por el trato que damos”.
Los churros de Mari
Sus especialidades son parte del recetario popular: churros, tostadas de jamón, migas extremeñas, embutidos ibéricos de Salvaleón, mondongas, callos, bacalao rebozado, tortilla de patatas o ensaladilla rusa. Cocina sencilla que, plato a plato, les ha ido dando fama.
María Jiménez, churrera de La Corchuela “desde toda la vida”, es otro de los rostros reconocibles del local. “Nací en esta casa y aquí sigo hasta ahora”, resume. Empezó también con nueve años, ayudando en lo que podía. "Yo me subía a una caja de madera para ayudar a mis padres a despachar churros", recuerda. “Los clientes dicen que están muy buenos y que no les da ardor”, sonríe. Pero más allá de la receta, señala el vínculo con el público. “Hablo con uno, hablo con otro… aquí los tratamos a todos como si fuesen de la familia. Los conocemos de siempre”.
“Me va a dar pena porque es toda la vida”, confiesa. Sabe, además, que quien continúe -si alguien toma el relevo- tendrá su propio estilo. “Nosotros somos la cuarta generación. El que lo coja cambiará cosas, porque cada persona le da su toque a los churros y a la cocina, como es lógico”.
El sacrificio de un oficio
La historia de La Corchuela es también la historia de un ejemplo de esfuerzo y dedicación constante. “Esto es un sacrificio -explica María-. Navidad, Carnaval, Reyes, Semana Santa… siempre trabajando. Por eso, esto acaba aquí, nuestros hijos han visto eso y no lo quieren para los suyos. Quieren disfrutar de sus familias, y es normal”. “Aquí sabes cuándo abres, pero no sabes cuándo cierras”, añade.
Un clásico que los vecinos no quieren perder
Para los clientes habituales, el cierre supone algo más que la desaparición de un bar. Suso, vecino del Casco Antiguo desde hace cuatro décadas, cree que es un referente en todo Badajoz: “Esto es un clásico del barrio. Aquí nos conocemos todos desde hace muchísimos años. Es una gran familia y un referente para la ciudad”.
Lo que más valora no es solo la comida, sino el conjunto: “El trato, la cocina, los desayunos, las migas, el jamón… es todo”, indica. Por eso, entre la clientela hay un deseo generalizado: que La Corchuela no pierda su identidad. “Tememos que venga alguien nuevo, lo reformen y cambie todo. Eso sería un error. Hay que mantener la esencia de un lugar como este”, subraya Suso.
"Quién lo coja, puede vivir perfectamente, la clientela está hecha"
Ese es también el deseo de la familia. “Sería triste cerrarlo del todo. Me gustaría que alguien lo cogiera. La clientela está hecha. Sabiéndolo llevar y dando el mismo trato que nosotros hemos dado, pueden vivir perfectamente; de esto han vivido ocho familias”, afirma Andrés, que reconoce que sería un orgullo que quien se haga cargo del local, quiera mantener el nombre.

Antonio, uno de los trabajadores históricos del bar. / Santi García
Cuando llegue el adiós definitivo, la familia preparará una celebración íntima, una fiesta privada para cerrar una etapa. Será una forma de despedir no solo un negocio, sino una vida entera, juntos, detrás de una barra.
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