cáceres todo un placer
Cáceres jugó al tenis con Orencio Carrascal
Natural de Avila, llegó a Cáceres para trabajar en el Servicio de Vigilancia Aduanera, desde el que controló el contrabando de café y tabaco en la frontera, aunque su labor más conocida fue la de monitor del club de tenis, del que fue socio fundador
MIGUEL ANGEL MUÑOZ
Orencio Carrascal era natural de Avila y tuvo varios empleos, el último como carretero, con un carro donde llevaba los ladrillos a las obras porque entonces no era como ahora que los ladrillos te los llevan los camiones; antes no, antes los ladrillos se cargaban en un carro y era aquel un oficio duro de narices. Orencio se casó con la catalana Remedios Aguilas y tuvieron seis hijos: Francisca, Valeriano, Remedios, Jacoba, Rosa y Orencio.
A decir verdad, Orencio no tuvo buena estrella porque falleció siendo muy joven cuando lo atropelló un camión mientras estaba trabajando, de modo que aquí abajo se quedaron sus seis hijos con muchas ganas de vivir y de comer. Vivían cerca de la iglesia de Santiago, en uno de los barrios más humildes de Avila. Los muchachos iban a la escuela de Cervantes, donde les daban clase don Jesús y don Antonio. Como Orencio había muerto en accidente laboral, Remedios, que años después también moriría atropellada por un coche en Madrid, se quedó al cargo de los seis chiquillos con una pequeña pensión de 81 pesetas al mes, que entonces era como para darse con un canto en los dientes, aunque lo cierto es que fueron tiempos francamente difíciles donde pasaron más hambre y más frío que Dios talento en una época pobre y de modestia extrema.
Uno de los hijos de Orencio, también llamado Orencio, empezó a trabajar a los 13 años como repartidor en bicicleta de un centro farmacéutico donde estuvo hasta que se fue a la mili en Alcalá de Henares y Madrid. Cuando lo licenciaron, Orencio se preparó unas oposiciones para la policía armada y estuvo dos años en Tráfico hasta que volvió a presentarse a otras oposiciones para el Cuerpo de Aduanas y se metió en el Servicio de Vigilancia Fiscal, organismo dedicado a la prevención del contrabando que luego pasó a denominarse Servicio de Vigilancia Aduanera.
A Orencio lo enviaron a Cáceres en lo que iba a ser un destino provisional de seis meses, pero ya va a hacer 54 los años que lleva viviendo en la ciudad. Coincidió que Jacoba, su hermana, residía en Cáceres. Ella estaba casada con José Ruiz Cortes, delegado de Maphre, y vivían en Reyes Huertas, en uno de aquellos pisos que hizo la Obra Sindical del Hogar, así que Orencio se fue una temporada con ellos hasta que se compró un piso en la calle Santa Luisa de Marillach, en un edificio que levantó Construcciones Mirón cuando en Santa Luisa de Marillach solo estaba el Rodeo, el colegio Sagrado Corazón y poco más. Allí vivían también Vicente Cordero Martos, Antonio Hurtado, Jacobo... eran 16 vecinos.
Orencio se puso a trabajar en la delegación de Hacienda, que estaba cerca de la iglesia de Santo Domingo, en un edificio que había sido un centro religioso de estrechísimos pasillos y ventanas por las que apenas entraba la luz, donde también trabajaban Moisés González Rodríguez, que fue secretario, Pedro Rico, que luego fue delegado de Hacienda, José María Galán o Carlos Pinilla, con quien Orencio hacía los servicios.
El trabajo de Orencio Carrascal consistía básicamente en perseguir el contrabando, sobre todo de café y tabaco, y en menor medida de ganado, en las localidades próximas a la frontera como Valencia de Alcántara, Valverde del Fresno o Zarza la Mayor, en especial el que iba en dirección a Portugal, que era el que más le interesaba al fisco.
Las anécdotas relacionadas con el trabajo de Orencio son todas tristes porque en aquella época quienes se dedicaban al contrabando lo hacían para malvivir y apenas caben en los dedos de una mano quienes hicieron algún pequeño capital a costa de estas prácticas.
El café
En cierta ocasión, cerca de Zarza la Mayor, interceptaron una furgoneta con café a medio cargar. Cuando los contrabandistas se percataron de la presencia de Orencio y de Carlos salieron de allí echando leches, tirando a cada acelerón sacos de café a la carretera, que aquello parecía un spaghetti western, de modo que Orencio y Carlos tuvieron que parar en una cuneta para evitar un leñazo considerable.
El trabajo de Orencio era duro, de largas madrugadas sin dormir, trabajando en la investigación, cultivando las relaciones confidenciales y realizando expediciones por los pueblos. Aquí en Cáceres también se ejercía bastante el contrabando; los contrabandistas llegaban a caballo, a bordo de viejos coches e incluso a pie, que eran los llamados mochileros, que tardaban días en llegar a la ciudad.
Su punto habitual de encuentro era el Parador del Carmen, entonces un mastodóntico nudo de comunicación al que arribaban los coches de línea de la provincia. El Parador era en aquella época un punto habitual de encuentro, en cuyo interior también se hacían las hogueras de San Jorge y las matanzas, donde Juana ejercía de cocinera y había un perro llamado Boliche. También frecuentaban las inmediaciones del Parador el Chato de los Metales, Juanito El Chochero..., que vendían golosinas, y Juanita y su marido, Alfonso, que procedían de Linares, y que preparaban unos churros para chuparse los dedos.
Muchos viajeros bajaban de aquellos autobuses y acudían a la esquina del Requeté de don Getulio, donde se ponía siempre el padre de Poli: el señor Gaspar, que era fotógrafo y te hacía las fotos para el carnet de identidad. Esas fotos también las hacía Pepe, que se ponía en Cánovas, donde está el quiosco de prensa que hay frente al antiguo cine Norba.
Pero al Parador también llegaban los contrabandistas, que luego se dirigían a los centros de distribución que estaban repartidos por la capital. Cuando veían llegar a Orencio se zurraban, conocedores de la dureza de la Ley de Contrabando y Defraudación, que te pegaba unos multazos que no veas.
Tras varios años en el viejo edificio de Hacienda, el Estado levantó en la calle Comandante Sánchez Herrero su nueva sede, que todo Dios se preguntaba en Cáceres a quién se le había ocurrido hacer una entrada con tan aparatosísimas escaleras en lugar de habilitar un acceso por Alfonso IX, que la entrada hubiera estado a ras del suelo. Pues no, la entrada la hicieron por Sánchez Herrero, pusieron las escaleras y, ¡hala!, todos a subir y a bajar hasta acabar extenuados, que más de uno y más de dos se pegaron buenos tropezones y salieron rodando calle abajo.
En Sánchez Herrero Orencio trabajó con Luis Abad, Isidoro Rodríguez, José Hernández y muchos más, hasta que se jubiló en 1996, cuando ya el contrabando se centraba más en el tabaco rubio de procedencia americana y en verdad se había convertido en una práctica que había tocado fondo tras la apertura de las fronteras.
Pero por lo que Cáceres conoce realmente a Orencio es por el tenis. Orencio era un hombre curtido en las prácticas deportivas. Había jugado mucho al fútbol, había corrido tres veces el campeonato de España en carrera de fondo y, claro, su pasión por el deporte se desataba en la Ciudad Deportiva de Educación y Descanso, donde empezó jugando al frontón con , y Morenito de Cáceres. Pero lo que suele pasar con estas cosas, que unos empezaron a jugar al frontón, los demás se picaron y llegó un momento en que las pistas se pusieron hasta arriba. Acudían te, miembros de la familia Candela, , , , P, , y muchos más. Las limitaciones de espacio se hicieron palpables ante el aumento de la afición, así que Orencio dejó el frontón y se lanzó de lleno al tenis puesto que la Ciudad Deportiva tenía dos pistas de esta modalidad.
Eran aquellas unas pistas de tierra como Dios las echó al mundo, donde había que poner unos trapos a modo de red y con unos hierros los jugadores limitaban el campo. Los aficionados empezaron entonces a llorarle a y consiguieron que asfaltaran las pistas y se pusieran redes nuevas. Aparecieron jugadores jóvenes: arcelo, , , , , , , Curiel, , José Manuel Guerra, , Canalejo, , Justo Vela, , , , , , Jesús Luis Blanco, ...
De tal manera que en un año era tal la afición en Cáceres que las pistas estaban tan papenas podías jugar media hora en una mañana. Surgió así la idea de fundar un club de tenis, cuyo principal promotor fue L. En aquel entonces Orencio formaba parte del grupo de 22 aficionados que con más entusiasmo que medios se lanzaron a la búsqueda de terrenos donde ubicar las pistas del nuevo club, el ayuntamiento llegó incluso a adjudicar una parcela en la inmediaciones del Cerro de Cabezarrubia, que posteriormente fue denegada, hasta que Gómez,propietario de un terreno en la zona conocida como Santa Fe vendió a un precio asequible 33.000 metros cuadrados que dieron lugar en septiembre de 1971 a lo que fue el Club de Tenis Cabezarrubia.
La cuota de inscripción estaba entonces en 2.500 pesetas, Orencio sacó su título en monitor de tenis y realizó una altruista labor de difusión de este deporte entre los niños, de modo que ya en 1974 el club contaba con 789 niños y niñas menores de 14 años. A sus espaldas cientos de actividades, ¿quién no recuerda aquella acampada nocturna de la pista 5 en la que participaron cerca de 300 niños, que apenas cabían en el recinto?
Entretanto, Orencio Carrascal fue nombrado vocal de montañismo del club dada su gran afición por este deporte. Orencio ha hecho escaladas y ascensiones por toda España, ha recorrdo los Pirineos, los Picos de Europa, la cordillera cantábrica, la Sierra de Gredos de arriba a abajo, Sierra Nevada, los Alpes suizos y franceses, ha estado en Italia, en los Andes de Perú y, cómo no, en el Himalaya, esa sucesión de grandes montañas, picos y glaciares desde la que se puede tocar el cielo.
Dios traza los caminos y nos envía por senderos ignorados, así que el del matrimonio no era el camino trazado para Orencio, que nunca se casó. Pero no puede quejarse, si lo hiciera sería sin fundamento porque a Orencio le ha ido bien en la vida. Hace unas semanas los amigos del Club de Tenis le rindieron un homenaje a propósito de su 80 cumpleaños y fue emocionante.
A la cabeza vinieron entonces los miles de recuerdos atesorados en la prodigiosa memoria de Orencio Carrascal a lo largo de todo este tiempo: la dura y fría infancia en Ávila, el accidente en que murió su padre, el atropello posterior de su madre en Madrid, su llegada a Cáceres, la delegación de Hacienda, los recorridos por las sierras cacereñas en busca de contrabandistas, las inspecciones a la llegada de los autobuses al Parador del Carmen, el Club de Tenis Cabezarrubia, aquella inolvidable acampada nocturna en la pista número 5 y, por supuesto, el Himalaya, esa zigzagueante cordillera del continente asiático desde la que un día Orencio aprendió a tocar el cielo.
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