María Angélica Campillo, icónica fotógrafa cacereña y símbolo del fotoperiodismo español, falleció ayer en Cáceres a los 64 años como consecuencia de un cáncer con el que peleaba desde el 2012. Queca Campillo, como todos la conocían, había decidido hace ocho meses colgar la cámara y regresar a su ciudad natal para estar cerca de su familia, de sus hermanos, de su madre, de su única hija y de sus nietos. A todos ellos arroparon ayer el centenar de personas que llenaron el templo de San Juan en un emotivo funeral en el que se escuchó el Sweet Caroline de Neil Diamond y que concluyó con dos cartas a la Queca abuela y tía. La primera de ellas la leyó su propia hija, Carmen, con la voz entrecortada y cumpliendo la promesa que había hecho a su hijo Antonio antes de dirigirse al funeral. "Mamá me ha dicho que te recuerde esquiando. Por favor, abuela, cuídame", concluía el texto.

Dos fotografías acompañaron a Queca Campillo en su adiós. Primero en el tanatorio y después en el templo de San Juan. En una de ellas aparecía Queca, sonriente, con su inseparable cámara de fotos. Otra foto, de gran formato, era una de sus favoritas. "Es una niña a la que retrató durante un viaje oficial de los Reyes a Nepal, una de las últimas fotos que hizo y sé que ha sufrido en estos días por el terremoto. Me decía, Carmen, esto no se puede reconstruir de ninguna forma", cuenta su hija.

MUJER GLOBAL Tras el funeral, el cuerpo de Queca Campillo fue incinerado. "Mi madre era una mujer de la globalización y no podíamos dejarla en un único sitio", dice. Por eso una parte de las cenizas serán enterradas junto a su padre, otra se llevará a la finca familiar, a una higuera junto a la que a Queca le gustaba descansar. También irán al refugio que tenía en Murcia, cerca de la playa. Además se celebrará un funeral en Madrid, donde ella vivió los años más intensos de su carrera y donde era querida y admirada por los compañeros de profesión.

Queca Campillo acababa de jubilarse tras décadas de trabajo periodístico en las que reflejó importantes acontecimientos. Fue Premio Nacional de Periodismo en 1980 y autora del libro 20 años que cambiaron España , que repasa en imágenes momentos claves de la sociedad, la política española y la Familia Real. Licenciada en Filosofía y Letras, inició su carrera como fotógrafa de prensa en 1972, en El Correo de Zamora. Después, pasó al Pueblo de Castilla, (1973-1982) y más tarde a la revista Tiempo y el Grupo Zeta, donde ha destacado por sus coberturas de conflictos y de viajes oficiales de presidentes del Gobierno y la Familia Real. Deja un legado formado por millones de fotografías que son parte de la historia.

Nacida el 28 de marzo de 1950 en Cáceres, era hija del procurador José María Campillo y de Antonia Alvarez (conocida en Cáceres como Nena Campillo), que ayer debió despedir a su hija. Queca Campillo era la tercera de siete hermanos que hicieron piña en su adiós.

"Siempre fue aventurera, pero su vida se fue haciendo vertiginosa con la edad. De niña la recuerdo como muy divertida, pero mimosota", cuenta su hermano mayor, José Enrique Campillo, que recordaba ayer "la valentía" de Queca. Ambos estuvieron estrechamente unidos porque compartían la pasión por el deporte, que Queca comenzó a practicar de forma intensa tras un grave accidente que la mantuvo en la UVI una larga temporada. "Cuando salió del hospital estaba muy débil y empezó a correr conmigo. Acabó disputando maratones, e incluso logró la medalla de plata senior del Campeonato Nacional de Media Maratón", recordaba el hermano.

HISTORIA Con Queca Campillo se va un símbolo de la fotografía de este país, pero también "una mujer luchadora y generosa en todo, en afectos, en amistad, en ternura. No había nada que le pareciera imposible", recuerda su hija. Siendo una niña se habituó a los continuos viajes de su madre. Muchas veces llegaba del colegio y encontraba una nota: Estoy en Nigeria. Te llamo cuando pueda. Besos. Mamá . "Yo tenía 13 años y en esa época no había móviles", dice. Cuando fue creciendo, tomó conciencia de quién era la persona con la que convivía y descubrió a su madre. "Descubrí que fue musa de la Transición de este país, que tuvo el privilegio de hacer fotografías en todos los debates constitucionales y conocer hasta el último renglón de la Constitución, que vivió el golpe de Estado, que ha vivido viajes impresionantes con los Reyes, que ha estado en poblados chabolistas... El trabajo de mi madre era especial, único y diferente y lo adoraba", cuenta Carmen. De hecho le gustaba contarles anécdotas --"algunas, otras se han ido con ella", matiza la hija--.

Como abuela era "especial, nada típica", recuerda Carmen, que habla de las balas y la arena del desierto que trajo a sus nietos como recuerdo de sus días cubriendo la guerra de Irak. O de las jornadas que compartía con ellos patinando o esquiando.

En el año 2012 apareció por primera vez el cáncer en su vida y lo peleó en Madrid. Pero llevaba un tiempo queriendo salir de allí. Quería parar el ritmo vertiginoso de su vida y hace unos meses puso todo sobre la balanza y decidió volver a su Cáceres natal, junto a los suyos, donde encontró la paz y el sosiego con el que le apetecía librar esta batalla que, como todas, estaba convencida de que iba ganar. La peleó hasta el final con una sonrisa, como todos la recordaban ayer: siguió yendo al gimnasio entre ciclo y ciclo de quimioterapia y hasta hace unos días le insistió a su hermano para que le comprara una máquina con la que tonificarse en cuanto se encontrara un poco mejor.

También disfrutaba paseando con los dos perros de su hija. "Los cansaba tanto que se escondían cuando la veían con las zapatillas puestas", decía ayer Carmen, que admiraba la capacidad de su madre "de llenar un espacio con su presencia". Porque Queca Campillo era un tornado de energía y un genio tras la cámara, con la que logró inmortalizar momentos únicos que se han convertido en historia.