"Mi marido lleva siete años en paro". Esa afirmación condensa la situación que desde hace ya varios años vive esta familia de Mejostilla en la que obtener lo más básico es una batalla a librar cada mañana. Y la pelean, aunque la victoria se resiste para esta mujer cacereña, madre de tres hijos, dos de ellos en edad escolar. "Poder llevarlos (a los pequeños) al comedor, sería tener la garantía de que esa comida la tienen solucionada", subraya. Y eso que aún estaría el frente del hijo mayor, de 26 años y parte de las estadísticas negras del desempleo juvenil. "Está apuntado al paro, pero no encuentra trabajo", resume; aunque hace todos los cursos que encuentra y ahora intentará entrar en la Universidad Popular en un curso de carpintería.

El micromundo de Verónica (su nombre es ficticio para preservar su identidad y la de sus hijos menores) comenzó a desmoronarse en el año 2008, con los primeros coletazos de la crisis y con su hijo pequeño ya en el vientre. Poco antes de dar a luz, su marido, trabajador de la construcción, se quedó en paro. Y hasta hoy. Agotó la prestación por desempleo y desde ese momento los únicos ingresos que han entrado en su casa son los 426 euros de la Renta Activa de Inserción --ayuda para desempleados en situación de necesidad económica y que tienen graves dificultades para acceder de nuevo al mercado de trabajo--, que perciben un año sí y otro no; y lo que ella araña en la economía sumergida trabajando algunas horas limpiando casas.

"Voy dos días a la semana a una casa y cobro 100 euros". Poco más de 500 euros son los recursos que tienen para poder hacer frente a los pagos de un pequeño piso de protección oficial al que accedieron cuando no faltaba la nómina y los gastos derivados de todo ello (electricidad, agua...). Poco más, porque la red familiar es bastante frágil. "Ninguno de los dos tenemos padres y era una tía mía era quien nos ayudaba un poco a seguir adelante en lo más básico". Ella les compraba carne, ropa para los niños y productos de higiene. Pero falleció a principios de 2015 y el único salvavidas familiar se limita al resto de hermanos de Verónica. "Nos apoyamos, pero estamos todos en una situación muy parecida", confiesa.

Una preocupación más

Las vacaciones escolares añaden una preocupación más a la familia. Durante el curso, los dos niños pequeños, de 7 y 12 años, acuden diariamente al comedor del colegio, pero el final de las clases suma un problema a la subsistencia de estos padres: garantizar que sus hijos podrán comer todos los días, lo cual, no es una tarea fácil. "Ahora mismo mis hijos están en casa. Y hay días que te llega para comer y otros días que no te llega para nada" cuenta con la voz a punto de romperse. Se recompone y añade que va teniendo "lo más básico" gracias a la Red de Solidaridad Popular que desde que se creó, hace un año, cada semana les entrega lotes de comida con los productos que recogen de donativos particulares en los supermercados. El día de esta entrevista, ella misma ayudaba a la asociación a recoger alimentos en el Mercadona de Mejostilla. Antes había ido a sacar algo de dinero para hacer una compra.

"Acabo de sacar cuatro perras que tenía (...) ahora compro la leche y lo más básico y se va el dinero hasta otro mes que vuelva a cobrar", explica de una situación que le obliga a explicar a sus hijos lo que ellos no pueden entender. "Quieren que les compre una tablet o un teléfono móvil porque se lo ven a sus amigos, y yo les dijo: 'hijo, esos caprichitos no se puede, tenemos que apañarnos con lo que hay", cuenta. Y lo que hay tras esa compra básica de lo básico, para una familia de cinco miembros, son poco más de 30 euros.