Si uno visita San Jorge lo primero en lo que repara es en la imponente fachada de la Preciosa Sangre, encalada de nuevo de blanco tras una época en la que ha protagonizado varios rodajes para prime time y se ha visto obligada a mudar de color. A simple vista, un busto del patrón mientras atraviesa al dragón de una lanzada, las mesas de la terraza regentada por la fundación Mercedes Calles y un local ahora vacío que hasta hace un mes albergó el negocio de souvenirs de Ana Belén Garrido. Lo cierto es que más allá de esa ojeada rápida, la plaza recoge más de un encanto oculto. No hace más de tres años que reabrió a los cacereños el jardín de Cristina de Ulloa, un recóndito espacio verde construido -para sorpresa de los que la vinculan con la nobleza-- en honor a la esposa fallecida en un accidente de Alfonso Díaz de Bustamante, el último alcalde cacereño de la dictadura.

Precisamente, este nombre protagoniza la leyenda de otro de los emblemas de la plaza. En la esquina contraria a los jardines se esconde disimulada una placa que luce desde hace cuarenta años en la plaza en honor a Rubén Darío. En el muro exhibe un medallón con el rostro del escritor de habla hispana y la inscripción «príncipe de las letras». Le acompaña otra placa que recoge en bronce «ser español es timbre de nobleza», una expresión que acuñó el propio literato, y menciona a Díaz de Bustamante, alcalde entonces, a José Higuero, responsable de Radio Popular, medio que organizó el homenaje, y al embajador de Nicaragua, Justino Sansón Balladares, que llegaba a la ciudad tras inaugurar otras tantas placas dedicadas a Darío en Barcelona, Córdoba y Alicante para divulgar la relevancia de su figura en el país.

«¿Pero eso está en Cáceres?», es la pregunta más repetida sobre el blasón. La placa se camufla a los turistas en un rincón «olvidado» entre una fuente de agua que no funciona desde hace meses y una zona ajardinada que acumula suciedad. Ahora los amigos de la Ribera del Marco pretenden rescatar la figura del escritor del ostracismo y planean rendirle homenaje con motivo de la fecha de su nacimiento en 1867. «Hace 40 años que está la placa aquí y nadie ha vuelto a recordarla, es desconocida para los vecinos», lamenta Pedro Moreno, portavoz de la plataforma que insta a promocionar el patrimonio cultural y literario.

El medallón se inauguró el 21 de junio del 73 en un acto multitudinario que reunió a diplomáticos, representantes de la sociedad cacereña, al obispo de la diócesis Llopis Ivorra, profesores de facultad y autoridades de Madrid. Así lo reflejaba este diario, dirigido entonces por Germán Sellers de Paz, que llegó a publicar a página completa la crónica de la jornada. El rotativo abrió la información local con un gran despliegue por la gran acogida de la celebración en la capital. «Ayer, Cáceres, actuando como corazón emotivo de Extremadura, rindió homenaje a uno de los poetas más justamente elogiados de nuestra cultura», arrancaba el texto. Horas antes, se celebró un acto de bienvenida en el aula de cultura de la caja de ahorro y en el homenaje en San Jorge de riguroso protocolo sonó música en directo. «En primer lugar, la Banda Municipal de Música, bajo la dirección del maestro Curiei, entonó el himno de Nicaragua, sirviendo de prólogo al acto que, inmediatamente, fue seguido por el descubrimiento por parte del alcalde de la ciudad del medallón entre numerosos aplausos», recogió El Periódico Extremadura. Según la crónica, el homenaje se prolongó hasta la noche con una cena de gala en el complejo Álvarez y con un recital de Ornar Berruti. En su discurso, Díaz de Bustamante se solidarizó con las víctimas del terremoto de Managua de 1972 y puso de manifiesto que «Cáceres se alegra, como en esta ocasión que hoy celebramos, cuando un americano, hijo de España, padre de Nicaragua, maestro de la lengua castellana, se queda entre nosotros como testimonio del afecto que nos une y para perpetua admiración de los cacereños». Cáceres prometió que la admiración sería eterna, pero ha quedado sepultada en un vacío del que se intentará sobreponer.