‘Necesito del mar porque me enseña, no sé si aprendo música o conciencia, no sé si es ola sola o ser profundo, o solo ronca voz o deslumbrante suposición de peces y navíos. El hecho es que hasta cuando estoy dormido de algún modo magnético circulo en la universidad del oleaje’. Leemos este poema, ‘El mar’, de Pablo Neruda, mientras contemplamos el gran espectáculo del agua que nos regala el molino del Guadiloba.

Sobre sus piedras apoyamos nuestra mochila y nos apoyamos nosotros. Es un lugar cargado de belleza, formado por pizarras que se utilizaron para la construcción de este conjunto de edificaciones hoy en franca decadencia. Desde la carretera de Monroy hemos logrado llegar al camino por el que pasaban las bestias y los carros que llevaban antaño el grano al molino. 

El Guadiloba, tributario del río Almonte, que es a su vez afluente del Tajo, se nutre también del agua de la Ribera del Marco, aguas que definitivamente van a parar al mar. Resulta, sin duda, mágico. Nuestro Guadiloba nace como un arroyo a una altitud de unos 470 metros sobre el nivel del mar, junto a los municipios de Torremocha y Torrequemada y su entorno forma parte de la ZEPA de los Llanos de Cáceres y Sierra de Fuentes.

El cronista oficial de Cáceres y colaborador de este periódico, Fernando Jiménez Berrocal, vuelve a ilustrarnos en esta ruta del sábado en la que vamos con Neruda por bandera. Nos cuenta que los hombres de la prehistoria buscaron resguardos naturales próximos a corrientes de agua, es el caso de los yacimientos de Maltravieso o el Conejar, cercanos a la Ribera. Es más, «la colonia romana de Norba Caesarina tuvo su Puerta del Río y los musulmanes desarrollaron sus conocimientos hidrológicos en la creación de una red de acequias y canalizaciones para la explotación de las huertas cercanas y de construcción de aljibes para conservar el agua de la lluvia», narra Berrocal, que da gusto oírlo.

El pantano del Guadiloba fue inaugurado en 1971 y es la principal presa que regula el curso del río. Hasta entonces Cáceres se abastecía del Marco; de hecho, en la loma situada frente al Espiri se realizaron los sondeos que aún siguen allí y que lanzaban el agua al depósito pequeño de la carretera de la Montaña (a la izquierda), que data de los 50.

Con el desarrollismo la población creció de forma exponencial, «a un ritmo tremendo», remarca Berrocal; tal es así que en el siglo XX se produjo el crecimiento demográfico más grande que ha experimentado la ciudad: de 15.000 a 80.000 habitantes. El pantano se quedaba pequeño, pero ya mucho antes se planearon iniciativas para dotar a la ciudad de agua corriente, como la del farmacéutico Joaquín Castel Gabás que propone la creación de una presa en la Ribera.

En el Marco. JOSÉ PEDRO JIMÉNEZ

Castel llegó a Cáceres procedente de Chía, un municipio de la provincia de Huesca. Y lo hizo por mediación de su tío, José Gabás, que era presbítero y administrador de los bienes de la marquesa de Ovando. Castel era un científico de reconocido prestigio, progresista y de gran valía que echó raíces en la ciudad. Fue un hombre avanzado a su tiempo que en torno a 1887 abrió en la Casa del Sol una fábrica de gaseosas y sifones con el nombre de La Extremeña, aunque lo que le dio mayor fama fue la farmacia droguería que a finales del siglo XIX instaló en los soportales de la plaza Mayor, en un local que había sido de su suegro, Rafael Carrasco, y al que también trasladó la fábrica.

Más ideas

En torno a las obras hidráulicas se desarrollaron otras ideas, como la de los ingenieros belgas Drapier y Demertau que por primera vez consiguen que la ciudad disponga desde 1899 de agua corriente, procedente de la mina de la Esmeralda, en Aldea Moret.

Las apuestas no paraban, como la del ingeniero Pérez Cossio que en 1917 pretende la conducción de agua desde la sierra de Montánchez. O la del geólogo Eduardo Hernández Pacheco, que en 1927 propone transferir el agua del calerizo cacereño. «Un proyecto que quedaría en el olvido durante los años de la guerra civil y que se actualizará en la posguerra con el consiguiente agotamiento de las reservas acuíferas», apunta Berrocal.

Los ingenieros belgas Drapier y Demertau logran en 1899 que la ciudad tenga agua corriente

El SOS del Calerizo obliga a la construcción en 1970 del pantano del Guadiloba, una solución que desde hace años también flaquea. Fue Alfonso Díaz de Bustamante y Quijano, nacido en 1911 en Corrales de Buelna (Santander) y alcalde de Cáceres entre 1963 y 1977, quien promovió las obras.

En el año 1971 finalizaba la construcción de esta presa denominada ‘tipo gravedad’, con 32 metros de altura desde sus cimientos y una longitud de coronación de 534 metros. El embalse, de 20 hectómetros cúbicos, es llano y de fácil acceso

Mientras las aguas siguen su curso, es hora de volver al casco urbano. Recorremos a pie los siete kilómetros que conforman la Ribera del Marco. En ese recorrido, no podemos sino detenernos en sus huertas, ahora en su máximo esplendor, con el verde de sus cosechas y la primavera explotando.

Hay pájaros que revolotean entre las ramas de los árboles, senderos, molinos, paseantes que entran y salen de este pequeño océano de Cáceres. El río de la ciudad que se alía con el mar.

Pablo Neruda vuelve a asomar por la comisura de la mochila y aparece el poema donde lo habíamos dejado... ‘Del fragmento reconstruyo el día, de una racha de sal la estalactita y de una cucharada el dios inmenso. Lo que antes me enseñó lo guardo. Es aire, incesante viento, agua y arena’.