‘Yo te estoy esperando. Por detrás de las noches y las calles, de las hojas pisadas y de las obras públicas y de los comentarios de la gente, por encima de todo lo que soy, de algunos restaurantes a los que ya no vamos, con más prisa que el tiempo que me huye, más cerca de la luz y de la tierra, yo te estoy esperando’. De la mochila no podía salir otro poema sino el de ‘Confesiones’ de Luis García Montero, en este sábado que estrena diciembre con el cuerpo ya bajo tierra de la escritora Almudena Grandes mientras Sabina el cantante grita ‘que muera la muerte’ sin que lo inevitable escuche su doloroso lamento.

En la casa vacía de la Ribera de Curtidores la nieta de quienes la levantaron con el sudor del zacho y el regato sigue acariciando sus muros, sus arcos de medio punto, el recuerdo de la luz que entraba en las mañanas de Navidad a través de los grandes ventanales. Espera a quienes se fueron, pero no regresaron... En la alacena la imagen amarillenta de sus antepasados le recuerda su ausencia devastada por el paso inexorable del tiempo, como la muerte: pasa y se nos lleva, a hombros o a rastras, corta sus filos como navajas de plata.

En la calle, la Ribera se empeña en luchar por buscar el caudal entre la zarza y la maleza, impasible la administración a este agravio de devastadoras consecuencias que con las últimas lluvias ha destrozado los canales de riego mientras las autoridades continúan elevando el tono sobre lo bueno que vendrá pero que nunca viene. Los hortelanos lloran, trinan, pero su voz se pierde entre tanta tinta vacía y horajasca.

Ella continúa con sus caricias a las puertas, a la vieja vitrina de la que asoman los chatos con los que su tío daba anís a los muchachos el Día de Nochebuena. Era un hombre bueno, pero siempre el segundón frente a su hermano mayor, brillante y de pulcro expediente académico. Ahogado en el alcohol acabó su aciago final. Pero hubo un tiempo feliz que comenzaba el 6 de diciembre, Día de la Pura, cuando muy temprano despertaba a los mayores de la casa y tomaban rumbo al olivar. Ponían las redes bajo los olivos y vareaban en busca del holograma social de toda una generación: pan, aceite, carne y vino.

Luego llegaban los niños. Allí los recibía su tío, con migas y café. Entonces comenzaban a recoger todas las aceitunas esparcidas fuera de la red. Un trabajo arduo que la chiquillería enhebraba como un juego infantil y cuya recompensa llegaba a mediodía con sopa de tomate urdida en la fogata incandescente de la Ribera.

El 24 de diciembre las tenerías eran una fiesta de zambomba y villancicos, de ‘palmás’ que sonaban sinfónicas sobre las mesas camillas al calor del brasero de picón que se compraba en la piconería de Caleros. Allí lo dispensaba en latas cuadradas un hombre redondo y fuertote. Era ese tiempo que quizá no volverá en el que las madres enviaban a sus hijos a los ‘recaos’ a cambio de una propina. Era un viaje fascinante ese de ir a comprar el picón, el café de la ‘señá Puri’ o el avío para el cocido en el comercio de la Josefita, que abrieron en Caleros Antonio Jiménez Rubio y Josefa Marchena. Fue una de las tiendas más tradicionales de la ciudad, conocida como la de Josefita, la de la calzada, porque para entrar en ella había que pasar por un pequeño arandel.

Olmo plantado por Álvaro Tejerina. JOSE PEDRO JIMENEZ

En esa época vivían en Caleros muchos hortelanos, estaba la tienda de comestibles de Andrés Rodríguez de la Montaña y su mujer, Catalina; los Luceño; y Fausto Picapiedra, que llevaba el estanco de Pintores y cuyo padre era conocido como El Pañuelino. Más arriba vivió un espartero, que los hijos se llamaban Pepe y Nazario, y a continuación la señora Andrea, popularmente llamada La Polea; la carpintería de Antonio Jiménez Pache; Ramón Santillana, que era sastre y músico; doña Marina López, maestra que dio clases a muchas generaciones de cacereños; estaban los Peloto o la Lunara, que el hijo fue presidente de la Sociedad de Cazadores y trabajó en la notaría de la Cruz.

Ella sale a la puerta, mira la huerta inmensa con la garceta al fondo y el olmo plantado por Álvaro Tejerina. «Soy de la Ribera, me cuesta, me duele». Y su voz suena a tormenta, lejos del eco de la Navidad, de casas sin turrón, sin regalos de Black Friday, sin más festín que el de Nochebuena porque el monedero apenas tenía calderilla.

Es la última confesión de quien ha amado con pasión, de quién no entiende de la mercancía averiada de las etiquetas. De quien cierra el poema de Luis García Montero para volverlo a abrir una y mil veces: ‘Y seguiré esperando. Como los amarillos del otoño, todavía palabra de amor ante el silencio, cuando la piel se apague, cuando el amor se abrace con la muerte y se pongan mas serias nuestras fotografías, sobre el acantilado del recuerdo, después que mi memoria se convierta en arena, por detrás de la última mentira, yo seguiré esperando’.