Cada uno recorre su propio camino. Elige con mayor o menor acierto lo que cree que es mejor. O no elige, que no deja de ser otra manera de elegir. Hay senderos agradables, que invitan a ser paseados y otros que son lo contrario, que aterran por el vacío que albergan pero que regalan enseñanza una vez que se transitan. Hay caminos inexplorados, caminos yermos y caminos solitarios. Los hay improvisados. Y los hay que parecen estar escritos. Sellados por una varita caprichosa que hubiera marcado los pasos. 

Quién sabrá siquiera si ese destino existe, pero el camino de Iván ‘Melón’ Lewis (1974, Cuba), el de su vida, parecía elegido para la música. Desde los ocho años lleva frente a un piano y ahora, cuarenta años más tarde, ha alcanzado una de las tantas cimas que aspira en su carrera: levantar uno de los mayores galardones que puede levantar un músico, el Latin Grammy. Ha sido este año, en 2021, tras un año incierto, en el que se ha impuesto como mejor álbum de jazz en la misma gala en la que C. Tangana alzó otros cuantos gramófonos y su compatriota Yotuel protagonizó uno de los momentos más virales con su premio a mejor canción en la que precisamente cantaba a su país, a Cuba. 

Iván Melón Lewis. TONI GUDIEL

Ha alcanzado así el final de uno de los caminos que lleva recorriendo décadas, un final de travesía que no deja de ser otro principio y en el que el punto de partida es Cáceres, donde reside desde hace ya veinte años. Lo más paradójico es que para Lewis hablar de viaje es literal. «Vive a caballo», tal y como confiesa, entre su casa, en Coria, que le conecta con un mundo, el de su familia, y Madrid, que le conecta con otro, el de los escenarios. De hecho, atiende a este diario antes de volver a la carretera para subirse al escenario con Chucho Valdés y otros tres pianistas en un directo a diez manos y dos pianos. 

En marzo, recuerda, se cumplen 24 años desde que viajó desde Pinar del Río para instalarse en España, los últimos 17 en Extremadura. Junto a su hermano Ricardo Lewis, también músico, violinista, recorrió los escenarios con una banda de salsa. Recuerda los 2000 porque «viajó por todas las salas de Extremadura». «De arriba a abajo», precisa. La banda se desintegró, pero insiste en recalcar que todos los integrantes siguen siendo buenos amigos. A su pareja la conoció en 2002 y fue cuando ubicaron su residencia en Coria. Cuatro años más tardes, de idas y venidas temporales para que Lewis compartiera tablas con músicos, en 2006 le ofrecieron tocar con la banda de Gurruchaga y reconoce que «ahí empezó la travesía». No contempló la posibilidad de marcharse así que acumuló kilómetros. Entretanto nació su hija y se acumularon también lo que más pesaba, añade, las ausencias. En estos años ha acumulado colaboraciones con Joan Manuel Serrat, que anunció esta pasada semana que se despide los escenarios, Joaquín Sabina, José Luis Perales, Sole Giménez y Charles Aznavour. La última, con el violinista Ara Malikian. 

Y si acumula nombres conocidos entre los que se han subido con él a las tablas, acumula también galardones y hasta tres nominaciones a los premios que este año como acto de justicia han decidido meter su nombre en el sobre. En 2013 lo nominaron por una canción que firmó con Concha Buika. No hubo suerte. Dos años más tarde, en 2015 por partida doble, por su disco y como mejor artista emergente. Tampoco y aunque hubo el doble de posibilidades, hubo suerte. Finalmente, seis años más tarde, ha podido recoger el gramófono. «A la cuarta va a la vencida», bromea al tiempo que confiesa que «es un chute de ánimo que te reconozcan, este tipo de premios tan importantes no te los dan en sí por el trabajo en concreto si no que es un reconocimiento a toda una trayectoria», apunta. 

Aunque han pasado semanas, fue en noviembre, hace memoria sobre el momento de la gala. Reconoce haber sido escueto en su agradecimiento «por los nervios» y aún le cuesta tomar consciencia de que estuvo ahí, en Las Vegas, junto a las estrellas internacionales de la música. «Miro el vídeo y digo ¿esto pasó?, ha sido un sueño y ha sido tan rápido». Apunta también que el momento de la entrega le recorrió una mezcla de «alegría, motivación, rabia y nostalgia». 

Alegría porque no se recibe un premio así cada día, rabia porque llegar a Las Vegas fue todo un periplo. «Tuvimos problemas con el visado, he ido mil veces a EEUU y nunca he tenido problemas y aquí por el covid fue muy complicado porque lo denegaron y no sabíamos si iba a llegar a tiempo, luego fui a tocar a Barcelona y tuve que volver en bus y rezaba para que llegara porque tenía que coger avión, luego doce horas a Nueva York y otras seis a Las Vegas». Paradójicamente cuando llegó al hotel tras haber sorteado los obstáculos, llegó la motivación. «¿Te imaginas que gano?», se preguntó. La nostalgia llegó porque su padre, enfermo de alzheimer falleció y le gustaría que hubiera vivido ese momento. 

Recuerda su momento en el que agradeció a muchos porque «el éxito de alguien no pertenece a una sola persona, hay mucha gente detrás» y recuerda el de otros como el de Beatriz Luengo, que lloró por las amenazas que había recibido por haber compuesto el tema ‘Patria y vida’. Precisamente, en torno al debate sobre el silencio que rodea a la situación que atraviesa el país cubano, Lewis no se esconde. Entiende que muchos compatriotas no se pronuncien por temor a las represalias a sus familiares, pero él «tiene una opinión» sobre lo que ocurre porque lo vive de primera mano con su madre y con su hermana. «Cuando ves las imágenes y te impactan y te choca porque cuando éramos pequeños nos decían que las barbaridades de Batista no se iban a repetir porque llegó Fidel y ahora hay una gran represión». No se olvida del «bloqueo norteamericano» pero también sacude a la forma interna de operar en el propio país. «Le mandé a mi madre medicinas y llegaron meses más tarde y con la mitad», lamenta. 

Sea como sea, lleva a Cuba siempre con él. A su infancia le adeuda su apodo ‘Melón’. Mil veces lo ha contado, con esta mil y una. Es la historia de la mejor de las inteligencias, la de resignificar las cosas para que el significado que tienen sea el contrario. «Iba a clases de música y tenía la cabeza muy grande y el cuerpo muy pequeño y un día subiendo las escaleras un niño mayor me dijo que parecía un melón, a los tres meses los maestros lo conocían por el mote». Se muestra aquí crítico con el ‘bullying’ y apela a acabar con él. En su caso, entonces como lucha, transformó aquel insulto en el mote que lo ha llevado a lo más alto.