De Michigan a Cáceres

Remudarte. El equipo, junto a las universitarias, en la tienda de la calle Gil Cordero.

Remudarte. El equipo, junto a las universitarias, en la tienda de la calle Gil Cordero. / EL PERIÓDICO

Eduardo Villanueva

Eduardo Villanueva

De Michigan a Cáceres hay más de 6.300 kilómetros, y un abismo entre la cultura del reciclaje textil que pregona EE UU (país consumista por excelencia) y la que tímidamente comienza a vislumbrarse en España, con las grandes firmas de ropa subiéndose ahora al carro; dado que la industria textil, según las estimaciones, a través de los tintes y los productos de acabado, es responsable de aproximadamente el 20% de la contaminación mundial de agua potable. El lavado de materiales sintéticos, genera cada año unos 0,5 millones de toneladas de microfibras que acaban en los océanos.

En las universidades norteamericanas es obligatorio hacer voluntariado, lo que denominan aprendizaje-servicio. Lauren Bussell y Emma Sidor tenían un sueño: conocer una ciudad UNESCO y vivir en ella. «No estamos acostumbradas a ver castillos y torres medievales; nos fascina descubrir los espacios históricos porque no vivimos cerca de ninguno». Y recalaron en Cáceres, tercer conjunto monumental de Europa, en virtud de un convenio entre la Universidad de Extremadura (UEx) y el Kalamazoo College de Michigan.

Decidieron dedicar su voluntariado a formar parte de Remudarte: la primera empresa de inserción de Extremadura de gestión textil, que promueve la economía social a través de la reutilización de ropa. Este proyecto de Cáritas Diocesana de Coria-Cáceres facilita la recogida de textil, calzado y complementos, a través de sus contenedores rojos, y ha abierto la primera tienda de ropa de segunda mano regional bajo un modelo de economía social. 

Algo que en EE UU es muy común, pero que en España sigue teniendo cierto estigma: «en nuestro país está normalizado hacer uso de las tiendas de ropa de segunda mano; sobre todo, entre la gente joven. La mayor parte de nuestro armario la configuran prendas con una segunda vida», explican las veinteañeras, que observan con extrañeza cómo un país ‘viejo’ con siglos de historia prefiere hacer uso, mayoritariamente, del ‘fast fashion’ «pese a la gravedad del cambio climático».