Al salir en desorden de la escuela, los chiquillos llenaban el aire de la rambla a un paso de la Fuente del Concejo justo en el lugar donde la casa emergía cual poderosa fortaleza entre naranjos. Hoy sus techos y balcones hacen jirones de sus grietas, y sus colañas ceden al escombro de la teja y los tejados, dejando atrás lo que fueron ruidosos manantiales, fruteros de limones y sacos de almendras que se pelaban en la silla de enea cuando caían las tardes de finales de verano.

Había llegado el corto febrero, como un festival de la purificación en el que se rezaba a la Virgen de la Candelaria mientras el cura bajo palio desplegaba su rosario y los muchachos se peleaban por hacerse monaguillos y tirar de las sogas en lo alto del campanario para anunciar la misa de 12 del domingo en los años en que las calles siempre olían a pan recién hecho.

El lunes, después de la comida, de la ventana junto al pupitre sonreían en perpendicular la claridad, el hondo azul, la calma, los aleluyas del gorrión. En bandadas, los zagales subían la cuesta casi sin aire porque tenían que compaginar la carrera con los bocados de pan y chocolate o el trozo de la torta de manteca que la abuela había sacado de soslayo de la alacena para la merienda.

Trotaban hasta la loma y a lo lejos, valientes, poderosos, sorteaban el viento los almeces. Antes, en la fragua, el herrero les había cortado los canutos de aluminio y hojalata, que colgaban de la cintura convertidos en héroes niños. Al pasar por una de aquellas laderas alguno siempre gritaba: ‘¡Qué viene el loco, qué viene el loco!’, y entonces toda la chiquillería se batía en estampida huyendo del espíritu que decían se había quedado por siempre a orillas de la Ribera.

Ya en la Fuente del Rey, como ardillas voladoras trepaban por los árboles en busca de las almecinas, redondeadas y lisas, del tamaño de un guisante, de sabor parecido al dátil. Las primeras eran verdes, pero las buenas eran las amarillentas y rojizas; aunque todas terminaban negras azuladas para dejar tatuada la irremisible madurez en las comisuras de su piel.

Al bajar por el tronco, los bolsillos de los pantalones de pana remendada iban cargados de munición. Una vez sobre la tierra, los pequeños se llevaban las almecinas a la boca y las colocaban entre la lengua y la salida del tubo. Soplaban como quien sopla sintiéndose un huracán y ¡zas!, comenzaba la batalla entre los mozos. Lanzaban las balas a los invasores, que se escondían entre el esparto y el tomillo, y el cielo era una lluvia de cáscaras y saliva. A más de uno les caían en los ojos, a otros sobre los abrigos, llenos de manchas delatoras de la fechoría.

No tardaría en llegar sobre el mulo el abuelo, con mono azul y boina negra. Cogía al nieto de la oreja y retorciéndosela le decía: «Ay, galopín, huye a la casa o te arreo un mandoble». Antes, el hombre recogía algunas de las almecinas que componían una alfombra que luego era devorada por las cabras. Las metía en las alforjas porque le servían para preparar el aguardiente. Después cortaba la corteza del árbol, que utilizaba para los cinchos de hacer el queso.

Cuando acababa la tarea se marchaba. El nieto ya había salido corriendo barranco abajo. A mitad de camino lo rescataba con mimo entre sus brazos y lo subía a su lado en el blanco corcel. Regresaban a casa mientras las mariposas doradas sobrevolaban los álamos y el viejo tarareaba su habanera.

‘Ay mamá’

A la mañana siguiente aún no había salido el sol por el poniente y la madre había hecho del barreño un amalgama de masa de roscas para San Blas porque Cáceres anunciaba romería. Hubo un sábado en el que al caer la tarde, con el frío, todos escaparon para ver a Massiel cantar en Eurovisión. Con Eurovisión se paraba el mundo en las Tenerías Altas. Solo unos vecinos disponían de televisor en aquel hogar que tenía varios dormitorios llenos de melones que guardaban debajo de las camas.

En la tele había una antena de cuernos en lo alto y la muñeca vestida de flamenca. Si se iba la conexión le tiraban la alpargata y enseguida José Luis Uribarri resintonizaba su voz inolvidable en blanco y negro, y si querían verla en color le ponían un trozo de celo a la pantalla.

Rigoberta Bandini interpretando 'Ay mamá' EL PERIÓDICO

Eurovisión no es lo que fue hasta que hace una semana apareció Rigoberta Bandini con su ‘Ay mamá’ llenando el escenario del poder de las mujeres. Su letra quedará para siempre porque el planeta necesita a las madres de Rigoberta: ‘Tú que has sangrado tantos meses de tu vida. A ti que tienes siempre caldo en la nevera. Tú que podrías acabar con tantas guerras. Escúchame. Mamá, mamá, mamá. Paremos la ciudad, sacando un pecho fuera al puro estilo Delacroix. Tú que amarraste bien tu cuerpo a mi cabeza con ganas de llorar pero con fortaleza. No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas, sin ellas no habría humanidad ni habría belleza’, canta eterna Rigoberta como la carta de la emperatriz en el tarot de Marsella.

Sin mujeres no habría almecina ni habaneras ni riachuelos ni camino ni azucenas. Se olvida a las mujeres y por eso la Ribera languidece y se apaga su fuerza como se apagó Ángel Guinda, el poeta que hoy sale de la mochila del recuerdo: ‘Camino sobre antorchas de silencio. Oigo sombras: son los pasos del sol’.