Otro hijo de la Ribera que se nos va. Tenía 80 años, pero su adiós ha sido tan de un día para otro que su marcha ha dejado a todos con el alma rota. La otra mañana estaba en el puesto que su hija, Gema, tiene en el mercado de la Ronda en Cáceres, al que acudía puntual cada jornada. «Quiero patatas», le decía la clientela a Gema y enseguida él aconsejaba: «Estas son las mejores, las del Marco, igual que los pimientos y los tomates». Y sonreía con esa amabilidad y dulzura que le caracterizaba, con ese semblante de hombre bueno, íntegro y trabajador con el que se ganó el respeto de todos.

Leandro Galán era hijo del Marco, de una saga que arranca con Sandalia Vergel, casada con Isidoro Galán, un hombre que un día se fue a Valdefuentes en busca de los plantones de las higueras que hoy son ya centenarias en la huerta de una hectárea de Los Cuartos del Guadiloba, donde la familia ha labrado su vida. Aquí trabajaron el padre de Leandro, Alejandro Galán Vergel, llamado así porque era costumbre que los Galán trajeran al mundo a un Alejandro. Luego lo hizo el propio Leandro Galán (sus hermanos fueron Isidora, Magdalena, Manolo, Tomasa y Andrea), que se casó con Juana Manzano, que igualmente trabajó la huerta lo mismo que Isidora, Tomasa... generaciones de mujeres vigorosas, fuentes inagotables de luz, portadoras de la alcuza de la que hablaba Dámaso, curtidas en el campo, con la mirada siempre puesta en el cielo, cruzando los dedos para tener compasivas cosechas con las que criar a sus vástagos. Proles enteras velando por estas tierras que ahora miman los primos de Gema: Samuel, Rafael y el amigo Agustín.

La cama de piedra

En la huerta había una cama de piedra en la que Leandro se echaba por las noches si el turno de riego le tocaba a las tres de la madrugada. Tenía yeguas y burros que horas más tarde amarraba a las argollas de la casa de la calle Padre Baylle, desde donde partía con los animales cargados con sus aguaderas en dirección a la plaza. Se iba temprano, a eso de las seis de la mañana porque los pájaros aún no habían picoteado la fruta, de modo que llegaba fresca al mercado, especialmente las ciruelas. «No llevan ningún producto químico, tan solo el polvillo que segregan para protegerse», advertía Juani a su fiel clientela.

Un día estaba Leandro en la huerta cuando lo llamó Eustaquio Blanco para decirle que esperaba la llegada del Rey al Figón y que le iba a preparar una sopa de tomate. Es costumbre en Cáceres comer este plato con higos o brevas (en el Casar lo hacen con sandía). El Borbón pudo catar el bocado exquisito que con tanto esmero criaba el hortelano en esa savia de capilares secretos.

Leandro muere. La Ribera llora.