La comida era la luz que velaba el mundo al salir del caserón. Ella recorría a pie la Ribera bajo el sol de abril, cuando la tarde se alargaba y era como un ojo que ya miraba al verano mientras en la plaza los restos de agua bendita se despedían de la frente de Cristo. La Semana Santa provocaba en aquella niña una sensación de ahogo indescriptible que solo aliviaba la comida, porque todo en la vida tiene su revés. Y si el derecho era la parte torcida de sus pliegues, la cocina era para la pequeña un lugar sagrado en el que resucitaban todos los aleluyas.

Arroz, patata y bacalao desfilaban como capirotes en aquellos fogones lentos que procesionaban a ras de la ventana que miraba a Las Tenerías. Los hijos, los manteles, la bandeja de porcelana blanca, inmaculada, como una María Madre de Dios, alabada, bendita, deseada, bienaventurada. La matriarca preparaba el escabeche. Había habas y colifror en la huerta, y cilantro, esa hierba que a pocos gusta por su olor y su sabor, pero que en sus cucharas era un coro de ángeles tocando a gloria.

El día de Sábado Santo se estableció como costumbre que sus dos amigas acudieran a la invitación. Al terminar de comer caían dormidas en el sillón, con la boca entreabierta, entre ronquido, soplido y resoplido; la cabeza sobre el orejero se bamboleaba; el pelo cardado, ya gris azulado pasado de permanente, era igual que una noria dando vueltas alrededor del eje.

La niña aprovechaba el leve silencio de la somnolencia de su madre y sus invitadas para fregar la loza y sacar de la alacena los aperos del potaje que se comerían el domingo. De manera que a esa hora en la que Pilar Sanjurjo informaba del tiempo en el televisor, ya ponía a remojar los garbanzos en el plato rebosante del agua de Fuente Fría.

Esa misma tarde también el bacalao debía tener un cambio de agua. Así se desalaba, para obtener la textura idónea que lo haría exquisito. Tomates secos y pimientos convertían en maravilla esa mezcla suave que solo su madre preparaba como un paso de la Virgen de la Alegría camino del Encuentro con su Hijo en una plaza Mayor abarrotada de público para despedir la Pasión.

No había Semana Santa digna de mención sin Epifanio Mena, que llegó a Cáceres en 1981 tras sus años de emigrante en Alemania. Con los ahorros que se trajo, compró al abogado don Martín Palomino una casa de escaleras de mármol en el número 3 de la calle Camberos con el fin de abrir una pensión y un bar. La de Camberos era una casa de 900 metros cuadrados y tres plantas en la que realizaron obras para poder iniciar su negocio, que echó a andar en 1982, coincidiendo con el Mundial de España.

Epifanio abrió su Epi vendiendo chatos de vino de pitarra a 25 pesetas y cervezas de litro por 125, si devolvías el casco te entregaban cinco duros. El Epi era un bar de barrio, abría a las diez de la mañana con el café, y de 4 a 9 iba la gente a echar la partida de cartas y el dominó. En sus comienzos fue un bar con una puerta cochera, con techos abovedados de ladrillo visto, cuadros de la parte antigua y el Arco de la Estrella como imagen del establecimiento. Entrabas y a mano derecha estaba la barra, hecha de mármol, y una chimenea de esas de adorno. A la izquierda había cinco mesas y un futbolín de madera que lo compró Epifanio en Electrónica Cacereña, que estaba en la Ronda del Carmen y cuyos propietarios fueron también dueños de la New People de Hernández Pacheco.

Los tunos de Derecho

Por el Epi pasaban los tunos de Derecho, las chicas de la Laboral, que llegaban en torno a la seis o siete de la tarde, y los jóvenes que acudían a jugar al duro con chupitos de cerveza: se ponían en fila y trataban de encestar la moneda en el interior del chupito. Si lo conseguían, el que estuviera detrás debía beberse la minibirra. Después llegaron las litronas, luego las macetas, y así suma y sigue. El Epi tenía tanto éxito que los clientes ofrecieron hacer una peña del Cacereño: la Peña del Escuadrón Verdiblanco, que fundó Roberto con sus amigos, que eran clientes habituales.

La coguada común. JOSÉ PEDRO JIMÉNEZ

En Semana Santa, en la procesión de la Madrugada, el bar permanecía abierto durante 48 horas y ofrecía chocolate con churros a las cinco de la mañana antes de que se iniciara el desfile. El Epi era el lugar de encuentro de los músicos de la Banda de los Romanos, que dirigían Luis Dionisio Iglesias, Cuarto Quilo y Vicente.

Hasta allí también se desplazaban Antonio Pelica, que tocaba la trompeta en El Silencio, y Ñoño, que trabajaba en Iberdrola y era trompeta de la banda municipal. Mientras esperaban la llegada de las tallas, la gente tomaba Sol y Sombras y pasaban botellines de cerveza a los hermanos de carga, que los escondían y luego bebían debajo de los pasos para aliviar sus gaznates.

Los mozos y mozas de la casa regresaban cuando los primeros rayos reflejaban el amarillo de los lirios y la alondra aleteaba en su rápido vuelo entre la aurora. La olla humeaba dejando el vaho empañados los cristales y la voz de la madre tocaba a rebato para que sus retoños se sentaran a la mesa. Era domingo. El potaje resucitó.