Cuando estudiaba en el colegio Licenciados Reunidos, en la calle Gómez Becerra de Cáceres, un profesor nos dijo una vez que leyéramos mucho para adquirir conocimientos, pero que aun así, entender todo lo que leyéramos ya no sería tan fácil.

Hace unos días, en este periódico se cuestionaba la legitimidad de las firmas presentadas en el ayuntamiento para mantener la Cruz de los Caídos en su lugar actual. Y ello se hacía basándose en las estadísticas de la población de la ciudad de Cáceres. El firmante de ese artículo entendía que las firmas para dicha petición debían proceder de los habitantes empadronados de Cáceres, ya que si no, no había legitimidad en la demanda.

La libertad, una vez más, se niega a las personas que no piensan como ellos. Porque claro, yo, y otros muchos cacereños que salimos de Cáceres en los últimos 50 años, no tenemos derecho a opinar sobre cosas que afectan a nuestra ciudad. Ni nuestros hijos, que llevan esas raíces. Como tampoco la deben tener los vecinos de otras localidades más o menos cercanas que vienen a Cáceres a trabajar todos los días. Y mucho menos los ciudadanos de toda la provincia o de la región, o del resto de España. Por supuesto que no, nos falta legitimación.

Figúrense, qué barbaridad, que en Huesca y en Madrid, se están recogiendo firmas en contra de la guerra y la invasión rusa de Ucrania. Pero, ¿cómo se atreven? ¡Si no son ucranianos ni viven en Kiev o en Jarkov! Es intolerable. Qué desfachatez manifestarse sobre hechos que no ocurren cerca del portal de tu casa.

Consolidando esa lógica aplastante de sólo si pasa debajo de mis bigotes, si alguna vez hay una petición de firmas para proteger el Amazonas, a las ballenas o la Alhambra, tendremos que guardarnos el lápiz virtual y esperar a que nos toque algo más cercano.

Porque parece ser que la legitimación para opinar, firmar, votar o afiliarte a cualquier grupo te la tienen que conceder los que presumen de estar en posesión de la verdad absoluta. Pues va a ser que no. Al menos en mi país, no.

Otro día hablamos de los ‘discapacitados históricos’ que tratan hechos del pasado con la óptica del metaverso.