Llopis Ivorra, el barrio que hizo el célebre obispo, nació a los pies del río de Cáceres. Barriada de hombres y mujeres que pasearon por el Marco y velaron por él cuando todos le daban la espalda. Familias enteras acudieron a este lugar, crearon hogar y dieron empleo. Por eso hoy viene a colación rendir sentido homenaje a uno de los empresarios que más luchó por este lugar: Don Lucio Cancho, sí, don porque el tuvo el don del trabajo, de la bondad, la perseverancia, de hacer de su ferretería un referente del comercio local de la ciudad.

Lucio se ha ido cuando apretaba el calor, a punto de llegar la noche mágica de San Juan, y nos ha dejado un chorro de infinita melancolía. Hijo de Francisco y Felisa, Lucio Cancho Bermejo fue a la escuela de los cagones de doña Eduarda, que estaba en la calle Gallegos. Allí compartía pupitre con Papi (el taxista), Juan Iglesias Marcelo, su hermano Antonio, Emilio García Casquero, Pablo Jiménez, que se hizo policía Nacional, o Cordero, que su padre tenía el bazar de muebles de la calle San Pedro.

Pasó Lucio por la escuela de don Vicente Marrón en la calle Margallo, donde le dio clase don Rafael Arroyo y compartió mesa con los hermanos Rebollo o Mendo, suegro de Parodi. También por la escuela de los Curas (el Paideuterion), donde daba clase el coadjutor de San Mateo. Entre los compañeros de Lucio estaban los Salas, que uno trabajó en Mirat, Rafael Núñez, que estaba en Pitarch, y su hermano Julio, que era carpintero.

Era aquella la época en la que muchísimos cacereños salían de la escuela a los 14 años, de manera que Lucio, a través de un familiar, entró en Hacienda como chico de los recados junto a Ignacio Arjona, Eladio o Ramón Aparicio. En esos años ni contrato ni nada.

En 1944 Lucio Cancho deja Hacienda después de encontrar un empleo en Jabato, que tenía ferretería y coloniales en Pintores. Allí trabajaba con Telesforo Pérez Bermejo, Antonio Lázaro Rubio o Justo Bermejo Doncel. Estuvo Lucio en Jabato hasta que en 1950 se marchó a la mili, a Intendencia en Madrid.

De vuelta a Cáceres, Lucio comenzó a trabajar en los Sobrinos de Gabino Díez de Pintores, con su inolvidable mostrador en forma de ese, una parte para la alimentación, la otra para ferretería. Y en la ferretería, cajas de cartón y cosidas las muestras. En los Sobrinos trabajaban también Pérez Prieto, Sebastián Machacón Preciado, los hermanos Borreguero, Pablo Rosado, Vicente Luceño, Antonio Martín Rayo, Antonio Morillo, Antonio Hurtado Vivas o Fidel Jiménez. Los jefes eran Dámaso, Tomás y Manolo.

Lucio Cancho. EL PERIÓDICO

Los Sobrinos formaban parte de aquel emporio comercial que era entonces la calle Pintores, con Gozalo, la farmacia de don Carlos Acedo, la de Boaciña, Calzados Peña, Siro Gay, Paquito Burgos, El Precio Fijo o Adela Meléndez, que tenía un bazar de alimentación y algo de ferretería. Era el Cáceres del Bar Lechuga, el Cáceres de Leoncia vendiendo el Extremadura, el Cáceres del almacenista de aceite Patricio García, la ciudad con su Banco Hispanoamericano, su Banca Sánchez, su caja de ahorros, Ordiales, Juguetes Recio, Mirón, Juanito Barra y tantos otros.

Lucio se casó con María Dolores Plata González, hija de Antonio, que era albañil, y de Marcela, que vivían en la Berrocala. Se conocieron en el baile de una boda en la calle Caleros y se casaron en Santa María. Luego lo festejaron en el Toledo, el famoso hotel de la plaza Mayor, propiedad de don Amadeo de San Eugenio Pavo, que guardaba el aire bohemio de los cafés cacereños de la época. Don Amadeo era un hostelero avispado, un fuera de serie que también tenía restaurante en la avenida de Alemania. Lucio y María Dolores no olvidaron aquel día tan bonito de su boda, en el que encargaron paella de menú, a 130 pesetas el cubierto. De ahí a Brozas a pasar unos días de luna de miel y luego de vuelta a Cáceres, donde el matrimonio, que tuvo dos hijos, Paco y Antonio, comenzaron a en la casa familiar de la calle Hornos.

En 1968 Lucio Cancho decide establecerse por su cuenta y abre, con el nombre de Cancho, su primera ferretería en la calle Colombia. A los seis meses solicitó una estafeta de Correos, que se la concedieron. Era aquella una tienda de 54 metros cuadrados, la mitad de tienda, la otra de trastienda, un mostrador grande de frente, detrás las estanterías. A mano derecha, el menaje, las cuberterías, los artículos de regalo, se vendían bombonas de drago butano y hasta palos de la luz. A la izquierda estaba la estafeta, en la que se ponían giros y aquello era un ir y venir de paquetes y de certificados.

Junto a Cancho, existían en el barrio otros comercios, como Maruchi, los Palacios, una salchichería, el bar Las Vegas, Pepe Rojo, la pastelería de Pérez... Eran vecinos de Llopis Emilia Galán, Luisa Galapero, Felipe García Monge, Catalina Femia, el señor Eliseo... Al pie del negocio de los Cancho estaban Lucio, su mujer, y sus hijos. Cuando uno de ellos salía del instituto, allá que le decía Lucio: «Paco, vete a Patricio y compra esto o lo otro». O llamaba a Antonio, que dejaba los bolindres y echaba una mano a su padre. Y así, entre los cuatro, defendieron su pan. Lucio, vuela alto. Por aquí se te echa de menos.