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PATRIMONIO HISTÓRICO: ASÍ HABLAN LAS PAREDES

Los últimos frescos de los palacios cacereños

Pese a su lejanía de la corte, Cáceres practicó la pintura mural en muros palaciegos a raíz de su apogeo renacentista. Solo perviven cinco ejemplos fuera de los templos: Carvajal, Moctezuma, Galarza, Isla y casa de Paredes Saavedra

José Antonio Ramos Rubio, doctor en Historia del Arte, bajo el friso circular del Palacio de Carvajal. CARLA GRAW

Era frecuente en la corte y su entorno revestir las paredes de los palacios de grandes pinturas murales para ennoblecerlas y demostrar así la inquietud artística de sus moradores, una forma sin duda exquisita de proteger a la vez los muros. Pero Cáceres nunca estuvo cerca de la corte, ni tampoco de los grandes artistas que acudían al calor de poderosos mecenas. Sin embargo, los historiadores tienen constancia de que existieron un buen número de pinturas en las casas cacereñas de alta cuna, algo extraño debido a su distancia de la corona, y ello se produjo en el Renacimiento por la participación protagonista de los extremeños en el Descubrimiento de América (llegaron riquezas), unida a la reforma y apertura de los palacios tras la Reconquista.

«Hoy quedan pinturas murales en cinco palacios: Moctezuma, Carvajal, Galarza, Palacio de la Isla y Paredes Saavedra. Otras se han debido de perder, porque el tiempo, junto a la humedad, son sus grandes amenazas», explica José Antonio Ramos Rubio, doctor en Historia del Arte. Las que perviven, pese a no ofrecer la gran calidad de los pintores de la corte, tienen una importante valía histórica. Por ejemplo, las de Moctezuma referidas a los emperadores nativos de Méjico están consideradas como la primera representación de cierta entidad en España de lo que ocurría allende los mares, según autores como Salvador Andrés Ordax.

Aunque en los recintos religiosos eran más frecuentes y se han conservado un poco mejor, las pinturas murales de los palacios representan una excepción y son poco conocidas por los cacereños (las principales se sitúan en edificios administrativos). Descubrirlas supone un viaje fantástico a aquellos salones que tanto empaque debieron tener en Cáceres, con frescos de Nerón, Julio César, Vespasiano..., pero también emperadores nativos de América como Otompa o Misteca, además de pasajes de la anunciación o el nacimiento de Jesús, escudos, seres fantásticos, motivos vegetales... La vieja ciudad vivía sin duda sus momentos de mayor gloria.

«Los cacereños siempre, a lo largo de la historia, han profesado devoción a decorar las paredes de sus viviendas, palacios, conventos e iglesias, desde que hace más de 66.000 años dejasen sus huellas en la gruta de Maltravieso hasta nuestros días», afirma José Antonio Ramos Rubio, haciendo un guiño a la cueva que se ha convertido en la primera manifestación de arte rupestre del planeta. Este historiador ha investigado durante años los frescos de edificios civiles y religiosos. De hecho, los estudios sobre pintura mural medieval en Cáceres son prácticamente nulos, «pero tampoco existe ninguno hasta el momento que abarque todas las muestras no ya de Cáceres capital, sino de la provincia», indica. De ahí que ahora centre sus investigaciones en un inventario completo, junto con Cándido Serradilla, Óscar de San Macario y Santiago Molano.

Según Ramos Rubio, «la pintura mural es la realizada sobre muros o techos que actúan de soporte con fines ornamentales, religiosos o didácticos». Efectivamente, tiene varios objetivos. Por un lado, se encuentra profundamente vinculada a los planos arquitectónicos y decorativos sobre los que se asienta, y realza el diseño e incluso lo transforma (trampantojos). Además, constituye también un medio de transmisión sociocultural, «por ello aborda temas religiosos, históricos, alegóricos o patrióticos de significación popular», detalla.

Sin errores ni retoques

No obstante, la pintura mural, una de las manifestaciones artísticas «más antiguas utilizadas por el hombre», era bastante complicada, sobre todo siglos atrás, cuando proliferó en Cáceres. «La obra al fresco tenía la complejidad de que debía pintarse sin posibilidad de error y con la mayor celeridad, mientras el revoco estaba todavía húmedo, de modo que casi nunca era posible corregir o retocar», precisa el historiador. De hecho, cuando la obra lo exigía, el espacio se dividía en fragmentos llamados giornata (jornada), que era el tiempo disponible para realizar cada uno de ellos antes de que se secara.

«Por tanto, como la decoración mural no permitía improvisaciones ni tampoco copiar del natural, el pintor había de estar rodeado de todos aquellos antecedentes y elementos que le ayudaran a triunfar en su cometido», explica Ramos Rubio. «El boceto era indispensable y en él tenía que estar resuelta la distribución de las masas, los valores cromáticos y la entonación».

Y así, los artistas iban dejando para la posteridad figuras de ángeles, monarcas, divinidades, vírgenes, blasones, cintas, guirnaldas... En Cáceres los pocos ejemplos son muy ilustrativos. Sin duda, el Palacio de Toledo-Moctezuma ofrece una muestra muy singular. Este edificio, ya de por sí distinto, hermoso, mestizo, tuvo su reforma más importante a manos de Mariana de Carvajal y Toledo y su esposo Juan de Toledo Moctezuma, nieto de la princesa azteca Tecixpo Istlaxochit (Isabel de Moctezuma, a su vez hija del penúltimo emperador azteca). El enlace de Isabel con el cacereño Juan Cano Saavedra, hombre a las órdenes de Hernán Cortés, mezcló la sangre de la nobleza del mundo conocido con el nuevo mundo, de ahí las curiosas pinturas encargadas por su nieto.

Europa y América

En concreto, los dos salones principales están decorados con pinturas al fresco cuyos motivos reflejan el mestizaje: «Simbolizan las raíces europeas y americanas de sus moradores según el concepto humanista de la belleza, el honor y la fama», subraya José Antonio Ramos Rubio. Por un lado está la llamada Sala Romana, homenaje a la cultura europea, representada por retratos de emperadores y doce escenas militares de césares a caballo. Es el mayor repertorio pictórico y se ubica en la planta baja, en la sala noble, emplazada en la zona occidental del patio porticado. Son figuras incluidas en arquitecturas fingidas con arcos rebajados e identificadas con rótulos. Allí están Julio César, Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón, Galba, Marco Salvio Otón, Aulo Vitelio, Vespasiano, Tito y Domiciano. «En el centro de los cuatro lados figuran los escudos de los linajes de los propietarios: Moctezuma-Carvajal, Álvarez de Toledo, Ulloa y Torres», detalla.

Escenas militares en la Sala Romana del Palacio de Moctezuma. LORENZO CORDERO

La Sala Mejicana tiene otros frescos en un friso corrido alrededor de los cuatro muros, con la representación de reyes mejicanos enmarcados en paisajes urbanos. Por su estado de conservación, solamente se adivinan Otompa, Guanma, Misteca, Tesçuço, Totolapa y Onalco. Llama la atención que estos monarcas lleven ropajes y símbolos de las monarquías europeas, y que las ciudades sean claramente del viejo mundo, incluso con murallas y torres. Una muestra evidente de que aún no existían referencias visuales del nuevo mundo y que los primeros pintores que lo ilustraron lo hicieron sin modelos claros.

Vista parcial de los frisos de la Sala Mejicana, también en el Palacio de Moctezuma. LORENZO CORDERO

El Palacio de Carvajal tiene otro conjunto muy interesante, menos original pero de más alta factura. Estas pinturas aparecieron en 1970, durante una reforma de los descendientes del linaje Carvajal (que había levantado el recinto en el siglo XV). Al rehabilitarlo del grave incendio del siglo XIX, y de sus décadas posteriores en ruinas, comprobaron que en los muros de la torre almohade aparecían restos de pinturas. Joaquín Ballester Espí, restaurador del Museo del Prado, se encargó de su recuperación. «Son pinturas al fresco del siglo XVI de estilo manierista con gran influencia italianizante, obra de Juan Bautista Pachi», revela el historiador. Representan cuatro escenas del Nuevo Testamento (La Anunciación, La Visitación, El Nacimiento, y Jesús entre los Doctores), enmarcadas por molduras intercaladas con decoraciones de tipo fantástico.

Detalle de las pinturas de la capilla del Palacio de Carvajal. JOSÉ ANTONIO RAMOS RUBIO

Se ubican en la capilla circular del palacio, en la base de su afamada torre redonda, un recinto de cinco metros de altura que acaba en bóveda. Se recuperaron un total de 20 metros cuadrados de pinturas murales, distribuidas en una franja circular de 2 metros de espesor, en torno al muro, el dintel y los laterales de la ventana. Todo ello contribuye a dar realce y grandeza al pequeño recinto.

Por su parte, el Palacio de Galarza o ‘Casa de los Trucos’ (hoy Casa de la Iglesia), fue construido en el siglo XIV y adquirido por el Obispo Galarza en el XVI. Llegó a estar largo tiempo abandonado hasta que en el siglo XVIII albergó una sala de curas. Allí se realizaron bellas pinturas murales en la bóveda que estuvieron ocultas durante un siglo hasta su descubrimiento hace unos años en la restauración del edificio. Un estudio de Gonzalo J. Escudero revela que son frescos neoclasicistas con ángeles, motivos florales y cintas, y un cuadro central que representa a un hombre enfermo recostado sobre una esfinge, al que viene a visitar Esculapio, el dios de la medicina, y un curandero.

Bellas pinturas en una bóveda del Palacio de Galarza. JOSÉ ANTONIO RAMOS RUBIO

Hay otros ejemplos menores pero de gran interés. Así, la casa fuerte de los Paredes Saavedra, una histórica construcción de los siglos XIV-XV-XVI a punto de convertirse en un lujoso complejo de alojamientos de la mano de Atrio, «alberga en el paramento de la galería esgrafiados con decoración vegetal y figurativa animal, con caballitos de mar y peces voladores, la misma ornamentación que rodea la ventana rectangular de la fachada», describe el historiador. En una habitación de la galería superior también se conserva un escudo del linaje pintado sobre la chimenea.

Escudo en esgrafiado en el Palacio de la Isla, con cuarteles de Mogollón, Aldana, Blázquez y Tapia. JOSÉ ANTONIO RAMOS RUBIO

Y en el Palacio de la Isla (XVI), hoy Archivo Histórico Municipal y espacio de difusión de la cultura, existe un gran escudo esgrafiado sobre una pared del patio porticado, con cuarteles de Mogollón, Aldana, Blázquez y Tapia, y el lema ‘Vanitas vanitatum et omnia vanitas’ (Vanidad de vanidades y todo es vanidad). 

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