madrugada del miércoles al jueves santo

El Cristo Negro silencia los adarves en un recorrido histórico

La talla medieval recorre en dos horas su nuevo itinerario en una procesión marcada por la expectación en la judería y el recuerdo al saetero Juan Corrales

Apenas pasan diez minutos de las diez de la noche. La multitud rodea Santa María. Los más aventajados se reservan sus trucos. Por delante, dos horas de espera. Merecerá la pena porque serán de los pocos privilegiados que podrán presenciar uno de los momentos más emblemáticos de la procesión del Cristo Negro. Su salida de la concatedral. "Que salga la hermandad, Dios lo quiere así".

Nada sale de lo estrictamente marcado. Nada salvo que este año no aguarda al Cristo Juan Corrales. Aunque por unos altavoces, su voz resuena una vez más en la plaza. Su eco sigue estando presente. Con ese homenaje al saetero fallecido dio comienzo este año una salida procesional ágil que en apenas dos horas, media hora menos de lo previsto, completó un recorrido marcado por su entrada la judería y sus guiños al cantaor.

Mientras la Esperanza se recogía pasada la medianoche en San Juan, la procesión emprendía camino en dirección a los adarves con paso firme. No falta rigor y protocolo en una de las hermandades que mejor ha sabido cultivar esa personalidad genuina. La esquila y el tambor destemplado como único acompañamiento anuncian la llegada del cortejo. Minutos antes de que llegue, logra lo que pocos consiguen. Que el público guarde un escrupuloso silencio. Un silencio que solo se rompe al paso de las horquillas --y de algún móvil--.

La estrechez de los adarves le concede un halo extraordinario de solemnidad, aún más si cabe. Cierto es que desde hace años la panorámica ya no se ilumina solo a la luz de las antorchas; lo hace con la multitud de flashes y pantallas, que se multiplican al ritmo que lo hacen los visitantes. No basta con presenciarla; una tarea difícil de por sí si no hay antelación, hay que inmortalizarla.

Su mayordomo Alonso Corrales insiste cada año en que la salida "no es un espectáculo". El empeño en el recogimiento y en la solemnidad del luto contrasta con esa estampa mediática. En cualquier caso, es su singularidad la que provoca tanta expectación. Una talla de época medieval, un cortejo de hermanos con hábito benedictino y antorcha en mano.

Hubo este año, además, especial expectación por el cambio del recorrido. En lugar de subir a San Mateo siguió su itinerario para bordear los adarves y regresar a Santa María por la calle Tiendas. Hubo algún despistado que se ubicó en la calle Ancha hasta que la multitud le indicó el camino. A la salida del Cristo, puntual, los adarves completaban su estela de público, desbordado prácticamente en todos los accesos al recinto amurallado. Sorprendió que rozando la media hora de la madrugada atravesara ya el cortejo el adarve de la Puerta de Mérida.

Pasada la una, bordeó el Rincón de la Monja, donde protagonizó uno de los momentos más simbólicos, en primer lugar, por lo novedoso, y en segundo, porque hubo un recuerdo a Corrales en forma de saeta. Hasta en dos ocasiones pausó el cortejo al menos durante cinco minutos. No marcaba el reloj las dos de la mañana cuando el estandarte enfiló la calle Tiendas. Rodeó Santa María entre un público tan numeroso como en la salida y entró en la concatedral.

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