una vida azarosa en altamar

Así era Rafael 'El Marino', un mercante de alma libre

Bohemio y adelantado a su tiempo, trabajó como tornero, marino y regentó el mítico Bar La Grillera en la plaza de la Audiencia

Una ambulancia y vehículos de la Guardia Civil en las inmediaciones de la cantera donde hoy han encontrado el cuerpo sin vida de Rafael.

Una ambulancia y vehículos de la Guardia Civil en las inmediaciones de la cantera donde hoy han encontrado el cuerpo sin vida de Rafael. / Carlos Gil

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

"Era un ser libre". Así lo definen los vecinos de Monroy, el pueblo donde hace 76 años nació Rafael Magdaleno, que pasó su infancia junto a su hermano pequeño y su madre, y que sufrió siendo un niño el fallecimiento de su padre. Eran los años de la emigración y, como tantos otros extremeños, Rafael se tuvo que marchar al País Vasco para poder sacar adelante a la familia. Allí, en Sestao, trabajó como tornero y tiempo después abrió un bar junto a su hermano, que tuvo la desdicha de perder la vida en un accidente de tráfico cuando regresaba de buscar mercancía para el negocio.

Entonces, Rafael decidió cambiar drásticamente de rumbo y alistarse en la marina mercante, dados los conocimientos que había adquirido en los Altos Hornos y en la Escuela de Maestría de Santurce donde aprendió nociones de marinería. Fue una travesía azarosa, en la que recorrió miles de puertos que lo llevaron por Panamá o México. De envidiable riqueza lingüística, su libro de bitácora estuvo cargado de aventuras y largas noches en la mar.

Fue precisamente en México donde por un tiempo se asentó. En el país conoció a un amor, se casaron y a la boda tuvo también la fortuna de acudir su madre. Del matrimonio nació un hijo, pero las cosas no fueron bien entre la pareja y Rafael se marchó. Volvió a España y en Navaconcejo abrió otro bar. No tardó en pisar Cáceres, donde regentó La Grillera, un mítico garito situado en la calle de la Audiencia que fue uno de los primeros gérmenes de lo que muy pronto se acuñaría por todos como la Movida Cacereña. Era un sitio donde se escuchaba a los Rollings, The Doors o The Beatles y en el que a Rafael lo apodaron 'El Marino'.

En aquel Cáceres de pura efervescencia no era raro ver al Marino por el Al'Andalus, que llevaba Borrasca, el Por Ejemplo, El Charifa o Faunos o Acuario. Rafael había ganado muchísimo dinero en altamar y cuentan los que le conocieron cómo no le importaba cerrar Faunos bien entrada la madrugada y hacerse cargo de la abultada cuenta de la clientela que quedaba en el local o propinas de hasta 5.000 pesetas, de modo que al verlo, en las discotecas se ponían de rodillas y le gritaban: "Bienvenido Don Rafael señor marqués".

No había quien pudiera con El Marino, bohemio y adelantado a su tiempo, que compró una casa en la calle Empedrada de Monroy, muy cerca de la plaza, para su madre, y que tuvo su particular modo de entender el mundo. Dicen que por un tiempo su exmujer y su hijo recalaron en Cáceres y que el chaval, muy bueno en los estudios, estuvo en el Colegio San Antonio y estudiando inglés en la Escuela de Idiomas de la calle Gómez Becerra. Ahora vive en su país.

A la muerte de su madre, que terminó en la residencia, Rafael siguió deambulando. Tan pronto por Cáceres, tan pronto por Monroy... hasta que hace cinco meses, con los achaques de un deterioro cognitivo leve moderado, según reza en su historial clínico, ingresó en el Centro de Mayores Padre Damián de Plasenzuela. Desde allí, el martes, con su gorra negra y sus zapatillas de deporte, El Marino emprendió su último viaje.

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