Catovi que te vi

Sensacional Baltar, el periodista de Cáceres para el mundo

Forjado en la tinta de El Periódico Extremadura, confiesa que se hizo notario de la actualidad porque sentía una vocación desbordada. A sus 91 años sigue pensando que el periodismo es el motor de la vida

La Asociación de Periodistas de Cáceres le ha concedido el Primer Premio de Periodismo Fernando García Morales por su dilatada trayectoria

Sensacional Baltar, el periodista de Cáceres para el mundo

Carlos Gil

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cada vez que acude al médico, deja el paquete de tabaco encima de la mesa del facultativo para advertirle que a los 91 años sigue aspirando un humo que eleva la esperanza y abre la mente. Entre sus dedos el cigarrillo se vuelve senda y vereda, es como el camino que recorre todo periodista de raza, curtido en la batalla de la calle, entre la linotipia y el teletipo, en esa profesión inevitablemente ungida por el romanticismo.

Diez minutos antes de las doce llega a este periódico, «mi segundo gran amor», confiesa mientras agarra un ejemplar que ya se trajo leído de casa, porque es de los que se empapan el periódico de arriba a abajo. Así, del tirón, entre el sorbo del café y el humo, otra vez el humo del tabaco que guarda en uno de sus bolsillos.

Enrique Baltar Ruiz nació circunstancialmente en Badajoz el 8 de marzo de 1933, diez años después que el Extremadura, la casa desde la que narró algunos de los acontecimientos más importantes de la historia de la ciudad de Cáceres, viera la luz. Como su padre, José Baltar Corbacho e inspector de Correos, era de Torrequemada, la familia no tardó en venirse a la capital. Aquí, junto a su madre, la cordobesa María Ruiz, y el resto de sus hermanos, Felisa, José María y Adolfo, se crió el pequeño Enrique, quien a cuenta del oficio del patriarca ya había vivido en Huelva.

Pero fue aquí donde Baltar echó sus raíces más profundas. Estudió Bachillerato en el Paideuterion, cuando estaba en la tercera planta de la plaza de la Concepción, en unas dependencias que tenían sala de estudio, y que vigilaba el padre de los Prieto, que compaginaba su oficio de policía secreta con echarle un ojo a los muchachos para que no se distrajesen de los libros.

Los tiempos en África

Impetuoso Baltar, a los 17 años («eran tiempos difíciles», subraya con la experiencia que da el conocimiento) se marchó al Protectorado Español en Marruecos, donde permaneció hasta la independencia del país en 1956. «Me fui de voluntario y los 18 los cumplí en África. Ver a un hijo marchar era un drama para las familias». Pero él no lo dudó y pasó por los Regulares 4, y luego por Larache. «Allí en esos oficios estuve yo, que quise ser militar, pero se frustró mi carrera y me quedé en cabo primero», cuenta con una media sonrisa mientras hila el relato de su vida, que narra de manera preclara y concienzuda.

Los Enrique Baltar, padre e hijo, en La Generala.

Los Enrique Baltar, padre e hijo, en La Generala. / Carla Graw

De vuelta a Cáceres, Enrique conoció a Fermina Moreno, Mina para todos, hija de Juan Moreno, un reconocido tratante de ganado que abrió en los años 50 una carnicería en Reyes Huertas que causó sensación porque vendían carne de caballo. Mina y Enrique se vieron por vez primera en Cánovas, ella tenía 17 años, él 25, y fue un flechazo. Se casaron en Santiago, frente al retablo de Berruguete en una ceremonia oficiada por don Lorenzo Pascual, párroco de Santiago de toda la vida.

Lo festejaron en la caseta de la Ciudad Deportiva en una boda que ofreció Mercantil. Fue una noche espléndida de un 16 de mayo de 1962 en la que se tuvo que servir carne de pollo porque había de ternera pero temieron que la gente pensara que era de caballo (la que comercializaba el padre de Mina); así que optaron por el Pollo a la Madrileña con patatas fritas. Ella vistió con un traje de Paca, una modista de la Berrocala que le diseñó un precioso vestido en raso natural, una tela que junto al resto de la dote compró en los Barbancho, la tienda que estaba en San Juan.

La pareja se fue de luna de miel a Madrid. Vivieron primero en el Paseo Alto, en un chalet que les alquiló el doctor Guerrero y donde les sobraban habitaciones por todos lados. Luego se trasladaron a Hernán Cortés, a un piso propiedad de don Luis Hernández, oficial mayor de la Audiencia, por el que pagaban 375 pesetas al mes. Allí nacieron sus tres hijos: Inmaculada, Mariángeles y Enrique (durante años eficaz maquetista y diseñador de este diario).

Baltar entró en el Extremadura sustituyendo a su hermano José María, y lo hizo para corregir galeradas. Fue en los últimos días de 1959, el 1 de enero del 60 le dieron de alta en la Seguridad Social. El diario estaba entonces en su primera sede social, la del Palacio de la Generala, con Dionisio Acedo como director. «Era una gran persona, un cacereño de pro, casado con Carmen García Rodríguez, de la familia de los Gabino Díez. Iba siempre con el ABC de sombrilla o de paraguas y era tan cacereño que se murió el Día de las Candelas, un 2 de febrero, qué buena persona era». Y lanza un suspiro, el primero de la entrevista.

La Asociación de Periodistas de Cáceres reconoce la profesión con el primer premio Fernando García Morales a Enrique Baltar y el Premio Especial de la APC a Marisa Rodríguez Palop

La primera edición de los premios de Periodismo de la Asociación de Periodistas de Cáceres reconocerá la trayectoria profesional de Enrique Baltar y de Marisa Rodríguez Palop. Así lo ha decidido el jurado de estos galardones, reunido ayer y en el que han participado periodistas locales y representantes de gabinetes de Comunicación de instituciones y empresas. En total se presentaron 13 candidaturas «de primer nivel», según ha destacado el jurado.

En el caso del I Premio Fernando García Morales, ha correspondido a Enrique Baltar Ruiz, decano de los periodistas cacereños que desarrolló la mayor parte de su carrera profesional en esta casa, El Periódico Extremadura. Baltar nació en 1933 y es socio número 1 de la Asociación de Periodistas de Cáceres. En 1959 se incorporó a la redacción de este medio en el Palacio de la Generala, donde tuvo una larga carrera en la que llegó a ser redactor jefe de este medio.

El jurado ha destacado que Enrique Baltar es un referente del periodismo del siglo XX en Extremadura, hasta el punto de que «marcó el camino» de la información local en la comunidad autónoma.

En el caso del Premio Especial APC, que reconoce la trayectoria de un periodista que haya desarrollado la mayor parte de su carrera en el ámbito nacional, la ganadora ha sido Marisa Rodríguez Palop, periodista nacida en Llerena que comenzó a trabajar como redactora en el Centro Territorial de TVE en Extremadura en 1989. En 1997 inició un nuevo ciclo profesional en TVE en Madrid, donde ha sido, entre otras cosas, corresponsal en Portugal, Italia y París y directora del programa Informe Semanal. Actualmente es la directora de Comunicación de Iryo.

El jurado de estos premios ha incidido en la calidad de una carrera profesional que se inició en Extremadura y que ha llevado a esta periodista extremeña a ser un referente informativo en toda España.

Los premios se entregarán el 28 de junio en el Museo Pedrilla. Los galardones están patrocinados por Caja Rural y la Diputación de Cáceres, y cuentan con la colaboración del ayuntamiento y Valoriza. 

De corrector pasó a redactor de calle y de mesa. «Yo hacía la diputación y José María Parra, el ayuntamiento». Conoció a Murillo Iglesias, a Martín Palomino, a Manuel Veiga, y hasta anunció que la finca Haza de la Concepción la había comprado la institución provincial. «Hacíamos todo lo que caía porque éramos periodistas de calle. Un día me tocó ir a Jarandilla, porque Fraga, entonces ministro de Turismo, inauguraba el Parador. También tuve que entrevistar a su hija, a la que habían nombrado reina de los Festivales Folclóricos Hispanoamericanos de Cáceres. La entrevisté en casa del alcalde Alfonso Díaz de Bustamante, que vivía en el número 1 de la calle Ancha. Aquel hombre fue el que más hizo por la parte antigua, porque su cuñado, Ínigo de Oriol, era ministro; así que tenía contactos por todos lados».

Fueron buenos tiempos en La Generala, en ese palacio donde el obispo Pedro Segura Sáenz, a quien luego designaron cardenal primado de España, fundó este periódico el 1 de abril de 1923. Entonces la Generala, hoy convertido en edificio administrativo de la Universidad de Extremadura, era también la sede de Acción Católica. «¡Cuántos partidos de baloncesto jugamos en aquel patio cuando pusieron las canastas!», rememora con nostalgia. «Y había tres palmeras, pero el picudo rojo se las cargó».

De redactor pasó a redactor jefe y vivió el traslado del Extremadura a La Madrila, a un local con la redacción arriba y los talleres abajo. Corria 1973, cuando el nuevo barrio cacereño era símbolo de la modernidad. Y cita a la saga de los Rumbo, con los inolvidables Andrés, Cándido y Matías, a Félix Pinero, a Pepe Higuero, querido director del rotativo y de quien Baltar guarda un gran recuerdo. Fueron los tiempos de Germán Sellers de Paz como director, con quien por cierto acudió a la Escuela Oficial de Periodismo, que estaba en Capitán Haya en Madrid, para convalidar su título de Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid tras superar la tesina.

Fue precisamente en La Madrila donde Baltar se marchó del Extremadura después de aprobar una oposición para convertirse luego en jefe de la Sección Provincial de Turismo. La vida de Enrique continuó junto a su familia en un piso de La Estrella, un edificio que se construyó a través de una cooperativa que promovió el abogado Dionisio García Garzón. En esa casa vivió Baltar con Mina hasta que ella falleció hace tres años. «Y estoy vacío». Pronuncia la frase que suena a zarpazo, a la última calada del cigarro, al humo que desgarra el alma cuando la pérdida desangra el corazón. Entonces enseña su brazo izquierdo. «Aquí la tengo». En la pulsera se puede leer: «Mina, mi amor». Otra vez el silencio. Y el humo del tabaco que se consume. Mina tenía los ojos claros y una sonrisa indefinible de lo bonita que era. «El día 1 de junio hizo tres años. Todas las mañanas le pido explicaciones a Dios de por qué carajo se la llevó a ella antes que a mí. El cura me reprende: ‘No digas eso’». Mina, mi amor, suena a bendición en la muñeca generosa de Enrique Baltar.

91 años. «Me dedico a vivir, que son dos días; bebe, que la vida es breve. Hago mi gimnasia y por las tardes salgo a andar; suelo ir a la cueva de Maltravieso. En ella entré yo cuando la descubrió Carlos Callejo... Tengo un biznieto y ocho nietos. Vamos multiplicándonos».

El número 1

De la cartera saca su carnet de periodista, con el número 1 (casi ná), una trayectoria que le ha valido para que la Asociación de Periodistas de Cáceres le reconozca con el Primer Premio Fernando García Morales. «Es un orgullo, porque se trata de un galardón que te da la profesión y porque lleva el nombre de mi amigo Fernando, compañero de muchas batallas», comenta de quien fue Hijo Predilecto de Cáceres, fallecido el 4 de mayo de 2011; otro periodista de raza (casado con Amelia, Meli, Díaz Andreu), cofundador de Radio Cáceres, que durante años fue columnista de este diario y redactor jefe en La Voz de Extremadura (hoy Radio Nacional).

Fernando García Morales junto a su esposa Meli.

Fernando García Morales junto a su esposa Meli. / Francis Villegas

Baltar recibirá este premio el 28 de junio en un acto que se celebrará en los jardines del Museo Pedrilla y en el que también será reconocida con el Premio Especial de la Asociación de la Prensa Marisa Rodríguez Palop, directora de Informe Semanal.

La periodista Marisa Rodríguez Palop.

La periodista Marisa Rodríguez Palop. / EL PERIÓDICO

El de Enrique es un premio merecido porque conoció los tiempos de la censura y sabe que «sin el periodismo no habría nada, sin libertad de prensa no hubiéramos llegado hasta aquí». A Baltar le gusta que el periodismo «huela a papel» porque leer el periódico cada mañana es como una liturgia: café y tabaco. El humo se saborea página a página. Noticias magníficas, o no tanto. La cara y la cruz. El mundo narcotizado. El mundo resucitado. Humo. Tinta.

Al entrar en la redacción, saluda: «¡Cuánta gente joven, vosotros sois el futuro, mantened vivo esto!», susurra a media voz. Y hace memoria: cientos de reportajes. De ellos, aquél donde narró la inauguración de la presa de Alcántara en 1969. En la foto, una presa y un puente, de los más descomunales entre todas las obras de ingeniería realizadas por el Imperio Romano. Y un titular que consagró a Baltar: ‘Mil años nos contemplan’.

«¿Qué por qué me hice periodista? Porque sentía una vocación que se desbordaba», responde mientras acaricia la vieja linotipia, reducto icónico que homenajea aquel comienzo del diario decano de Extremadura en La Generala hace poco más de un siglo. Silencio sonoro. Se despide para que el humo del tabaco siga haciendo malabares en sus dedos. «Qué tiempos aquellos. Ahí quedan». Sensacional Baltar, como las sensacionales noticias que escribió, de Cáceres para el mundo.

Suscríbete para seguir leyendo