Grosso modo

El Cristo

Es una auténtica institución en toda la comarca de Portalegre, siendo conocido por su excelencia y calidad en la oferta de pescado y marisco 

Imagen de El Cristo.

Imagen de El Cristo. / Juan Ramón Corvillo

Juan Ramón Corvillo

Juan Ramón Corvillo

La anárquica percusión de los mazos de madera volvía a retumbar en mi cabeza: decenas de ellos eran golpeados con ahínco sobre unas tablas en las que lucían zapateiras recién cocidas. Esta escena tan sencilla y mundana me trasladó casi cincuenta años atrás a una época en la que la vida misma parecía estar tejida con hilos de rituales familiares y vivencias indelebles. El pasado viernes todo nuestro despacho viajó de Cáceres al restaurante El Cristo, en Elvas, para celebrar una buena noticia profesional, disfrutando de una comida a base de bacalao dorado y zapateiras.

El Cristo es una auténtica institución en toda la comarca de Portalegre, siendo conocido por su excelencia y calidad en la oferta de pescado y marisco. Fundado en la década de los setenta por el camionero visionario Manuel Mendão, estecomedor lusofue pionero en borrar las fronteras de La Raya y convertirse en un lugar de encuentro para portugueses y españoles, y, entre estos, sobre todo pacenses y cacereños. Situado al lado del Santuário do Senhor Jesus da Piedade, destaca por su vivero de mariscos, que garantiza la frescura de todos suscrustáceos. Las zapateiras -bueyes de mar en España-cocinadas de forma recheada (rellenas) son lasi ndudables protagonistas en casi todas las mesas, junto al tradicional bacalao dorado, preparado con una receta inimitable que resalta sus sabores naturales; todo ello contribuye a hacer de cada visita una experiencia gastronómica inolvidable, un pequeño festín que nos permite dejar a un lado, y aunque sea por un momento, las tribulaciones de nuestra ajetreada existencia.

Desde muy niño, mis padres (q.e.p.d.) me llevaban de vez en cuando a El Cristo, transformándose cada cita en una pequeña aventura. Mi madre aprovechaba el viaje para hacer compras en la ciudad, especialmente de mantelerías, toallas de rizo americano, queijos, Manteiga Primor y café portugués, mientras yo aprovechaba la ocasión para comprar a buen precio ediciones portuguesas de vinilos de Los Beatles. La emoción de explorar las tiendas, regatear con los comerciantes y descubrir pequeños tesoros que difícilmente se encontraban en España, se convirtieron con el paso del tiempo en una evocación que siempre he guardado. En aquellos días la inocencia de la infancia me permitía encontrar alegría en los más mínimos detalles y en los gestos simples del quehacer cotidiano. Uno de los momentos más memorables y a veces inquietantes del viaje era el paso por la aduana; losguardiñas -agentes de la Polícia de Segurança Pública de Portugal- solían revisar los maleteros de los coches con minuciosidad. Este trámite, aunque un poco tenso para un niño, formaba parte de la magia del periplo. En aquellos momentos la frontera de Caya era una clara muestra de las limitaciones y barreras que a veces la realidad nos impone.

Volver a El Cristo siempre supone para mí mucho más que una simple excursión; es revivir una tradición que ha permanecido durante más de nueve lustros. Cada encuentro en este restaurante elvense me supone un cariñoso tributo a quienes me enseñaron a amar esos momentos, a saborear una comida deliciosa y, sobre todo, a valorar la compañía de la familia. Al haber compartido hace unos días esa experiencia con mis colegas, he vuelto a sentir y comprobar que estoy manteniendo viva esa herencia, creando además nuevos recuerdos que se entrelazan con los del pasado y, ¿quién sabe?, sembrando el germen para que mis jóvenes compañeros de despacho hagan lo propio en el largo y próspero futuro que, si Dios quiere, les aguarda. 

*Socio-director de Corvillo Abogados SLP