Entrevista

Marisa Rodríguez Palop: "La verdad necesita tiempo"

Periodista. La corresponsal extremeña (Llerena, 1966) para TVE en Lisboa, Roma y París, ahora directora de comunicación de Iryo, recibirá el premio de la Asociación de Periodistas de Cáceres (APC) el 28 de junio

La periodista Marisa Rodríguez Palop.

La periodista Marisa Rodríguez Palop. / JUANJO MOLINA

Siempre se dice aquello de que nadie es profeta en su tierra, ¿cómo recibe este galardón, que en esencia es por partida doble, por parte de sus compañeros de profesión y además, en Extremadura?

Me dejaron un mensaje y yo no tenía ni idea. Pensé, me van a pedir algún dato o me van a invitar a algún congreso. En ningún momento creía que se tratara de un premio. Cuando me lo dijeron fue una sorpresa absoluta y maravillosa. Es una alegría enorme recibir este abrazo de los compañeros justo ahora que he cambiado a la empresa privada. Que te den un premio cuando ya no sales en la tele tiene un valor añadido, significa que has quedado en la memoria. Me pareció un detalle muy bonito que me ha animado a recordar todo el camino que he hecho y a sentirme satisfecha de tantos años. Estoy contenta, he sacrificado mucho mi vida personal, he pospuesto muchas decisiones vitales importantes, y todo porque mi dedicación a esta profesión ha sido plena. 

A los 10 años ya quería ser periodista, ¿de dónde nació esa vocación?

Desde que sé escribir, me gusta contar historias. Tenía libretas y libretas. Cuando yo era pequeña, en casa solo había una televisión en blanco y negro y ningún periodista en el entorno familiar ni amigos. No conocía a nadie. Recuerdo el momento, estaban mis padres en el bar Los Claveles, en la plaza del pueblo, cuando me acerqué a mi madre y se lo dije. Cuando le dije a mi madre que quería ser periodista, se asustó, porque en la época, el periodismo estaba asociado a las guerras largas, me dijo: «hija, estudia literatura y da clases». Yo quería saber qué le pasa a la gente. Me llevé un gran disgusto porque vi que a mi madre no le hacía gracia el tema. Eso se quedó allí. Luego empecé la carrera en Sevilla en el centro de nuevas profesiones porque no había facultad y en tercero me fui a la Complutense. Por fortuna, en el 89 y 90 había mucho trabajo. Prácticamente toda mi promoción consiguió trabajo, hubo una explosión mediática. Ahora lo pienso y digo qué suerte tuvimos. Cuando yo estudié, se hacía pensando que ibas a ser un periodista de periódico, de prensa escrita. Como mucho, de radio. De hecho, sigo teniendo esa vocación de escribir. Entonces me metí en el mundo audiovisual, donde he sido muy feliz. Me encanta la televisión, ahora que estoy en Iryo, estoy haciendo reportajes, entrevistas. La televisión es el único medio capaz de transmitir la información y el valor que tienen los silencios.

Y en toda su trayectoria, ha vivido en multitud de ciudades, ¿al final ser corresponsal es una experiencia que te obliga a vivir muchas vidas?

Estuve un año en Lisboa, cinco en Italia y cinco en Francia. Depende del momento que te toque. Muchas veces me dicen, has visitado muchos países y siempre respondo que he visitado muchos momentos. He viajado de enviada especial a cientos de acontecimientos y no puedo decir que conozca los sitios. Los cinco años que estuve en Roma iba muy preparada porque pensaba que se iba a morir el papa. Me tocó la renuncia de Benedicto XVI, que es algo que no había pasado en 700 años y pasó cuando volví de la baja maternal. Estaba en el típico día en el que enseñas la foto de los bebés a tus compañeros y piensas hoy es un día de vuelta, estábamos de conversación y me cayó la cúpula del Vaticano encima. Allí cubrí el terremoto del L’Aquila con el batacazo del Berlusconi que supuso y el accidente del Costa Concordia. De Italia me lo esperaba porque es un país informativamente volcánico donde pasan muchas cosas y además, interesa mucho en España. Fue muy agotador pero muy rico, yo me siento un poco romana. Mis bebés aprendieron a caminar en la plaza de San Pedro. Ahí di mi cambio vital más importante. Luego me fui a Francia, que es un país muy metódico, pero coincidió con el ciclo del Califato. Me encontré con una Francia en la que las referencias que podía tener ya no valían. Me tocaron los atentados de Charlie Hebdo, Bataclán, los de Niza y cantidad de atentados individuales. Esa fue mi rutina durante los cinco años. A eso se sumaron los chalecos amarillos, la selección ganó el Mundial, ganó Macron. Esa no era la Francia que yo esperaba. Las corresponsalías son para tener claro que la mayoría de tus planes personales no se van a cumplir. Cada vez que suena el teléfono tienes que salir corriendo. Pero por otra parte, son un torrente de experiencias, no solo está conocer a gente interesante, sino meterte de lleno en otro país, amplía tu margen de tolerancia. Es una experiencia personal impagable, estoy muy agradecida. 

En relación a esa época de atentados. En 2004 le tocó el 11-M y ya en Francia toda la oleada, ¿cómo afrontó esas coberturas que conmocionaron al mundo?

El 11-M fue una experiencia absolutamente rompedora en mi vida. Recuerdo escuchar los teléfonos de las personas fallecidas, allí tenían los cuerpos en hilera, y decirle a uno de Protección Civil que por qué no los descolgaban y me decían llorando: «¿y qué les vamos a decir a las familias?». Era una situación de ansiedad constante, miedo, dolor, había millones de preguntas. Cada vez que me ha tocado hacer algo así, voy pensando en cómo lo cuento. Lo estoy sintiendo, pero por encima de todo estoy mirando cuál es el mejor ángulo para contarlo. Al mismo tiempo, estoy aguantando las ganas de llorar o me pongo a llorar directamente. Menos mal que no me hacen contraplano. Son experiencias muy duras. Luego otra cosa que siempre me planteo son los límites. Yo los tengo muy presentes porque me pongo en el lugar del otro. En el terremoto de L’Aquila recuerdo un edificio derruido enorme y estaban los bomberos con los perros que ladraban cada vez que detectaban alguna señal. Abajo había un montón de familiares con las fotografías de las personas desaparecidas esperando a ver si el que salía era su hijo o su hermano, era horrible. Recuerdo estar con Salvatore, mi cámara, grabando una secuencia en la que un perro se pone a ladrar, se hace un silencio brutal y empiezan a escarbar y empiezan a tirar de un cuerpo. De repente, una de estas familias se pone a gritar y le dije a Salvatore, baja la cámara. Y me miró y me dijo: gracias. Yo no quería sacar a esa familia así. 

Una pregunta de periodista a periodista, ¿cree que el momento que vive la profesión, marcado por la inmediatez y la carrera por ser el primero pasa factura a las buenas prácticas? ¿ y las fake news ?

No se si solo la profesión, la sociedad se ha vendido a la inmediatez y al impacto. Se confunde lo impactante con lo importante. Creo que esa necesidad de impacto que tienen muchos medios, no todos, afortunadamente, a veces se pone por encima de las personas y no puede ser. Y entonces te encuentras compañeros que saben parar y te encuentras gente que no. Y ahora como el acceso a la realidad se ha democratizado porque cada persona tiene un móvil, y es muy difícil controlar eso. No te sabría decir en qué porcentaje todo lo que cae en ese vertedero que es internet es fiable. Los periodistas serios producen mucho pero no se si producen más los que se dedican a los bulos, al impacto y a los clics. Esto es algo que ha obligado a redirigirse hacia el periodismo de verificación, la nueva modalidad que hay ahora, que ese solo lo podemos hacer los periodistas. 

Los datos recientes de Instituto Reuters aseguran que una de cada cuatro personas evita las noticias porque creen que son negativas y en España siete de cada diez no se fía de lo que publica.

El periodismo es una profesión esencial y no está bien tratada. Ahora mismo, hay mucha confusión. No todo el mundo verifica y luego hay mucha prisa por consumir sin profundizar más. Por supuesto, que tenemos que mirar muchas cosas, porque no todo es culpa nuestra, pero la verdad necesita tiempo, y ahora el tiempo es un lujo que no nos podemos permitir. Tenemos que aprender a trabajar en las condiciones que tenemos sin perder el norte y sin perder la esencia de la profesión, que es contar la verdad. En cuanto a las noticias negativas, la profesión no puede perder el punto de controlar lo que no funciona. Pero es verdad, en el 97 le dije a mi director de la época Ernesto Sáez de Buruaga que hiciéramos un programa de noticias positivas y él me dijo que las noticias positivas no venden. Creo que eso no es verdad. No se si vender es la palabra, pero generar confianza, esperanza, compromiso, eso las noticias positivas sí lo hacen. Cuando contamos algún avance científico o pionero que sirve para mejorar la vida de las personas, la gente lo celebra. 

¿Y cómo cree que debe atajar este momento convulso la profesión?

Hay que darle importancia del periodismo veterano, personas que ya no están activas que pudieran seguir de maestros a los nuevos. En la mayoría de las redacciones hay gente jovencísima y ha habido jubilaciones masivas. La presencia de personas con trayectoria es esencial. Que frenen, que sirvan de contrapunto, para que el periodismo de mañana no sea un disparate. La tecnología impone una tiranía de demandas y de procesos acelerados, de versiones en el mismo día, quita tiempo para cotejar, para buscar entrevistas originales. Estaría bien que personas que han vivido la profesión con otros tiempos puedan ejercer de contención para decir no. Que podamos hacer compatible la exigencia tecnológica que tenemos con la esencia de la profesión, que es que tienes que ver las cosas con tus ojos. Hay que proporcionar tiempo para que una noticia tenga todas las garantías. 

De todas las personas a las que ha tenido la oportunidad de entrevistar en su carrera, ¿con cuál se queda?

Siempre queda alguien pendiente y también sobra gente. Me impresionó mucho entrevistar a José Saramago. Es un señor con una profundidad enorme incapaz de decir una frivolidad le preguntaras lo que le preguntaras. Es un personaje que me aportó mucho cuando estuve en Lisboa. En Roma, no eran personajes conocidos, mucha gente de la curia, conocí a algunos sacerdotes que me ayudaron a entender cómo funcionaba la Iglesia y cómo se ha llegado hasta aquí. Ya en Francia, recuerdo a Emmanuel Macron, un personaje que estaba emergiendo cuando le conocí, era un tipo muy hábil, con una visión muy transversal de la política al que le detecté impaciencia, quizá también porque era muy joven. También me pareció interesante Hélène Langevin-Joliot, una física nuclear de la familia de Marie Curie con un montón de premios Nobel en su casa, me encantó. Recuerdo también al papa Francisco. Cuando llegué a Roma los papas no hablaban. Yo llegué al Vaticano y al portavoz le pedí una entrevista con el papa y se rió. Francisco ha roto todos los moldes. Es un regalo desde el punto de vista mediático. Es profundo, hace preguntas. Luego hay personajes españoles que me han gustado de la etapa de Informe Semanal como Antonio Banderas. Tengo una anécdota muy divertida, mi hijo cuando iba al cole en París se disfrazaba del Zorro y le dije que iba a entrevistar al Zorro. Le dije que le hiciera un dibujo y fui a dárselo, pero me lo olvidé en el hotel. Pedí que me lo mandaran en un taxi y el taxista me dijo que era la primera vez que había hecho una carrera a un dibujo. Banderas es un tipo que entiende que la importancia de las cosas cotidianas.

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