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Adiós a un clásico

Tristeza en Moctezuma de Cáceres: el Potosí sigue cerrado y su luz apagada cinco años después

Sebas cerró un mes de agosto para nunca volver

Mesón Potosí, en Isabel de Moctezuma, que continúa cerrado.

Mesón Potosí, en Isabel de Moctezuma, que continúa cerrado. / Miguel Ángel Muñoz

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Han pasado cinco años desde que el Mesón Potosí cerrara sus puertas en la avenida Isabel de Moctezuma. Desde entonces la persiana sigue bajada y la luz apagada y la memoria herida y la nostalgia que no para de recordarle al barrio el esplendor de un establecimiento de hostelería señoro y de calidad que fue todo un referente generacional.

Fue ese 2019 del cierre cuando Jeremías Clemente, periodista de raza donde los haya, publicaba en su muro de facebook una de esas noticias que al cacereño de toda la vida le dejan un poco huérfano: el Mesón El Potosí, del bueno de Sebas, que tantas alegrías ha dado a su clientela desde la avenida Isabel de Moctezuma, ha cerrado. Bajó la persiana el pasado 31 de julio. Lo hizo en el silencio de agosto, cuando menos se nota... que pareciera se hubiera ido de vacaciones; pero no.

A la altura de Atrio

«Y el crimen se cometió. ‘Está decidido, lo haré”. Habló, y no le entendí, de un tiempo nuevo. Le miré fijamente a los ojos y sin mucho convencimiento repliqué: Reflexiona. No es necesario. Aquí estás bien. Movió la cabeza, encogió los hombros y se desentendió de mí. En ese momento supe que la decisión era firme. Apuré el vino y eché un último vistazo al local: nada especial, mesón a la antigua usanza pero muy limpio. Detrás de la barra, el hombre, bajo de estatura, de complexión fuerte y rostro amable, seguía a lo suyo, secando vasos y colocándolos después en un estante al lado de un vermut vasco de nombre impronunciable. Yo me sumí en una profunda meditación: !Qué putada, Sebas, cerrar El Potosí!, posiblemente después de Atrio, el establecimiento hostelero extremeño más laureado por la crítica especializada, por los clientes selectos y por los parroquianos del vino de pitarra», relata certero Clemente.

«Aquí llegaban gente de Santoña ¡a probar las anchoas... exquisitas! Aquí entraban japoneses, teléfono en mano y sonrisa meliflua preguntando ¿Potosí, Potosí? Liquidaban dos o tres raciones de jamón, pagaban y, reverencialmente, lanzaban un ¡rico, rico! Aquí hacían parada, camino del sur, familias del norte para saborear viandas... Aquí, antes de la crisis, los socialistas de pro se ponían hasta arriba de jamón y vinos de reserva... Pero aquí, también, cada mediodía, un grupo de parroquianos, saboreábamos la tertulia improvisada y el pincho delicatessen: los pequeños torreznos, la morcilla a la plancha, el queso viejo... Parroquianos que sabíamos del ritmo cadencioso de Sebas, y ni pío decíamos. Amigo, nos dejas huérfanos. Adiós, gran tabernero», concluía Jeremías, inspirado de modo magistral en esta dedicatoria.

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