Diario de un cacereño en Filipinas
Pasando la pelota desde el San Antonio de Cáceres hasta Manila
La carrera de Pau Gasol como jugador de baloncesto le llevó de Cáceres hasta Los Ángeles. La mía no me llevó demasiado lejos en lo deportivo, pero la disfruté y la sigo cultivando cuando puedo. Ahora, en Filipinas, me he encontrado con un país cuyo deporte nacional es, efectivamente, el baloncesto, y a la primera oportunidad que he tenido he encontrado un grupo de filipinos con los que echar una pachanga

Integrantes del partido de baloncesto en Manila, incluido el autor del artículo. / Ignacio Urquijo

Como buen ‘sanantoniano’, crecí jugando al baloncesto. En el Colegio San Antonio de Padua, en Cáceres, el baloncesto se llevaba (y sé que todavía se sigue llevando) como una seña de identidad y se nos transmite desde bien pequeños. En mis tres lustros como alumno de este colegio, al que llegué con tres años en la clase de la maestra Piedad y me marché con dieciocho años, una vez superada la selectividad gracias a profesores como don Pedro o Don Antonio, pasé por todas las categorías de la cantera colegial. Empecé en benjamines y terminé como adolescente en equipos que ya se jugaban entrar en competiciones nacionales. Nunca fui el mejor, pero me defendía y sobre todo me lo pasaba bien. Y de paso, sin darme cuenta, me enseñaban habilidades, tanto físicas como sociales, que todavía hoy me sirven para el día a día. También acumulé un montón de buenos recuerdos, como aquel épico día en el que varios de los compañeros conseguimos tocar el aro de las canastas de minibasket por primera vez.
Las pistas del colegio San Antonio en el que yo crecí, el de la calle Margallo, tenían el encanto de esos lugares que han visto pasar a generaciones y generaciones de chavales. Las instalaciones del colegio, que en parte eran las mismas que había disfrutado mi abuelo muchas décadas antes, habían ido creciendo de forma orgánica, y se habían creado espacios entre edificios que se fueron llenando, de forma natural, de más canchas de baloncesto. Mi favorita era la de “cuarto y quinto”, una pista a la que había que acceder por una puerta metálica en una esquina interior del polideportivo, a través de un túnel que parecía excavado en piedra, subiendo unas escaleras en penumbra para cruzar otra puerta y aparecer directamente dentro de una cancha de baloncesto al aire libre, cuyas dimensiones eran las mismas que le dejaban las cuatro paredes en donde estaba encajado. Las paredes servían como recurso para mejorar la puntería.
Todos en el colegio jugábamos, en menor o mayor medida, al baloncesto. Si no lo hacías en el equipo A, lo hacías en el B, y en cualquier caso llevabas la equipación granate y negra con el orgullo del que representa su colegio, que en ese momento de tu vida lo es todo para ti. Y esta experiencia la pudimos disfrutar tanto los niños como las niñas. Los equipos femeninos, en un ejercicio adelantado en un par de décadas a la revolución que estamos viviendo por fin hoy, se trataban con el mismo cuidado y deferencia que los masculinos.
El padre Felipe
Esta atención por el baloncesto, que en mi época y en mi caso asocio con el Padre Felipe (aquí insertamos el recuerdo de verle animando con el bombo durante los partidos), se vio traducido a menudo en éxitos. En aquella época, además, tuve la suerte de que mi etapa como pequeño jugador de baloncesto coincidiera con los mejores años del equipo de Cáceres en la ACB, y recuerdo perfectamente ver jugar en nuestra ciudad a un larguirucho y huesudo Pau Gasol en uno de sus primeros partidos como profesional.
La carrera de Pau Gasol como jugador de baloncesto le llevó de Cáceres hasta Los Ángeles. La mía no me llevó demasiado lejos en lo deportivo, pero la disfruté y la sigo cultivando cuando puedo. Ahora, en Filipinas, me he encontrado con un país cuyo deporte nacional es, efectivamente, el baloncesto, y a la primera oportunidad que he tenido he encontrado un grupo de filipinos con los que echar una pachanga.
Hace un par de semanas jugué mi primer partido gracias a la amabilidad de JJ, que me llevó junto a sus amigos a participar en un amistoso en el que el nivel era altísimo y apenas pude encestar un par de canastas, pero en donde pude presumir de haber visto a Pau Gasol en directo y, sobre todo, de volver a sentir lo que experimentaba cuando jugaba con mis amigos en las pistas del colegio San Antonio, disfrutando, riendo y creando nuevos recuerdos.
- El autor es periodista
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