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Terapia con gatos

El refugio emocional de Rosa y Macario en Cáceres

La historia de esta pareja de cacereños no ha sido un camino de rosas. Sin embargo, desde hace año y medio han creado un vínculo con una colonia de gatos que ha cambiado sus vidas

Gonzalo Lillo

Gonzalo Lillo

Cáceres

En la tranquila barriada cacereña de La Cañada residen Rosa María Villa y Alberto Mendo, más conocido como Macario, una pareja con un relato conmovedor que ha encontrado en una colonia de gatos una vía de escape frente a su delicada situación personal.

Rosa, de 48 años, sufre depresión y ansiedad, enfermedades mentales que han condicionado parte de su vida, mientras que Macario, de 46, padece esclerosis múltiple, una afección crónica que dificulta y limita su actividad diaria, lo que obligó a ambos a dejar sus trabajos. Sin embargo, esta pareja de cacereños comenzó hace poco más de año y medio a recorrer cada día en su coche el corto trayecto que separa su hogar del recinto ferial de Cáceres, junto al Hípico, donde habita una colonia felina compuesta por 18 gatos con los que han establecido un vínculo que trasciende más allá del simple cuidado.

Esta relación ha permitido a la pareja encontrar un refugio emocional que les ayuda a desconectar de sus problemas y a aliviar el peso de sus enfermedades, así como a mantener una rutina diaria. «Para nosotros, es algo muy satisfactorio. Nos emociona ver que se muestran encantados con nuestra compañía y afecto y ya los consideramos parte de nuestra familia», explica Rosa.

Los protagonistas de esta historia cuentan que esta relación comenzó de casualidad. «Todo empezó un día cuando paseábamos por el recinto ferial y vimos que al lado del Hípico había varios gatos en libertad, por lo que empezamos a venir de vez en cuando a darles comida y cariño», precisa Macario. Al vivir relativamente cerca, desde entonces los visitan a diario y pasan un mínimo de cinco horas con ellos. Además, cuando el clima acompaña, cogen algo de comida junto a un termo con café y disfrutan junto a los gatos de la tranquilidad que les ofrece el lugar. «Es increíble ver cómo, al acercarnos con el coche a donde están, comienzan a acercarse poco a poco, cosa que no hacen con el resto de vehículos», menciona la mujer.

Lucha diaria

Pero la vida de esta pareja no ha sido un camino de rosas. Aunque su relación sentimental comenzó hace solo unos años, el sufrimiento lleva tiempo acompañándolos. En el caso de Rosa, tras una serie de problemas familiares, sufrir dos abortos junto a su anterior pareja y ser víctima de un despido improcedente, en 2003, durante el embarazo de su única hija, cayó en un profundo agujero del que, como asegura, «no fue fácil salir». Tras caer en el pozo, cambió su trabajo como dependienta en un negocio local por el cuidado de personas mayores, hasta que su cuerpo dijo basta. «La enfermedad no me permitía trabajar, no tenía fuerzas y me costaba levantarme de la cama», sostiene afligida.

Desde entonces, lucha contra los altibajos emocionales que conlleva su enfermedad, recibe ayuda psicológica y sigue un tratamiento médico específico, además de asistir todas las mañanas, de lunes a viernes, al centro Hermanas Hospitalarias de Cáceres, donde le brindan apoyo para sobrellevar sus problemas. «Hacemos actividades y ejercicios cognitivos, además de salir a pasear», comenta.

Para su compañero de vida, el calvario comenzó en 2012. Al terminar de cenar, se levantó del sillón y se vio incapaz de controlar su pierna izquierda. «Estuve nueve días ingresado por un brote de esclerosis múltiple, pero poco a poco me recuperé y continué haciendo vida normal», sostiene. Hasta que hace cuatro años, mientras trabajaba en Catelsa, la empresa donde ha pasado 25 años de su vida, perdió el equilibrio y se precipitó al suelo, obligándole a darse de baja.

Tras realizarse pruebas, finalmente los médicos le diagnosticaron esclerosis múltiple, una enfermedad neurodegenerativa que afecta a la movilidad y la fuerza y con la que convive desde entonces. «He estado trabajando desde los 16 años, por lo que ha supuesto un cambio radical en mi vida. Me afectó bastante porque soy una persona muy activa y la enfermedad me limita mucho», lamenta Macario. Tras pasar un año recibiendo ayuda psicológica porque su cabeza le pedía trabajar, asegura que la rehabilitación es ahora parte esencial de su rutina diaria. «Salgo a pasear, aunque necesito descansar constantemente y, por desgracia, me he visto obligado a buscar algún entretenimiento», manifiesta.

La pareja, que subsiste económicamente gracias al cobro de la Renta Extremeña Garantizada y del Ingreso Mínimo Vital por parte de Rosa y a la pensión por minusvalía que recibe Macario, coincide en señalar que el apoyo mutuo ha sido clave para afrontar las dificultades, aunque no esperaban que su mayor aliado llegara de esta forma. «Estar con ellos nos tranquiliza y hace que se nos olviden todos los problemas», destaca Rosa.

Gestión responsable

Esta colonia felina, ubicada en un rincón tranquilo del recinto ferial de Cáceres (en la puerta del chalé situado junto al Hípico), se encuentra bajo el control del refugio de animales San Jorge de Cáceres, que se encarga de gestionar la situación con responsabilidad y de que los gatos estén desparasitados, esterilizados, castrados, con los microchips implantados y las vacunas al día, lo que garantiza que esta población se mantenga estable y sana. A su vez, la pareja asegura que la responsable del refugio cacereño, Laura Varaldi, acude con frecuencia para supervisar el estado de los animales y cerciorarse de que está todo en orden.

Además de proporcionarles comida y agua, han construido un entorno apropiado que cuidan como si fuera suyo. «Hemos levantado dos casas para que puedan refugiarse del frío, les hemos preparado su cama, un bebedero para que puedan hidratarse y acabamos de poner los letreros», explica con orgullo Macario.

Ambos exponen que, años atrás, el ayuntamiento contaba con un guarda que residía en el chalé ubicado junto al Recinto Hípico y se encargaba de mantener el lugar limpio y organizado. Una labor que ahora desempeña de forma voluntaria esta pareja, que en los próximos días pretende acudir al Ayuntamiento de Cáceres para tantear la posibilidad de que puedan cederles el inmueble para el cuidado de la colonia, que pertenece al consistorio. «Sería una enorme ayuda, no solo para los gatos, sino también para nosotros, que estamos con ellos a diario», expresa la mujer.

Beneficios terapéuticos

Pero, más allá de la relación con los felinos y la mejora de su entorno, lo que realmente hace especial esta actividad para ellos es el impacto positivo que conlleva para su salud mental. «Nos ayuda mucho pasar tiempo con ellos, distraernos y hacer lo que nos gusta», comenta mientras sonríe al ver cómo uno de los gatos se acomoda en una de las casitas.

Asimismo, numerosos estudios y testimonios demuestran que el contacto con animales puede tener efectos terapéuticos. Según los expertos, acariciar a un gato o simplemente observar su comportamiento puede reducir los niveles de ansiedad y estrés, mejorar el estado de ánimo e incluso disminuir la presión arterial.

«Pasar tiempo con los gatos nos tranquiliza y hace que se nos olviden los problemas»

Rosa María Villa

En concreto, la interacción con estos animales genera una conexión emocional que puede ser especialmente beneficiosa para quienes sufren ansiedad o depresión. A su vez, el ronroneo de los felinos se puede asociar con efectos calmantes en el sistema nervioso, ya que este sonido tiene la capacidad de reducir los niveles de cortisol, la hormona del estrés y promover la producción de serotonina, la llamada hormona de la felicidad. Además, hacerse cargo de una colonia de gatos proporciona un sentido de responsabilidad que puede beneficiar a quienes enfrentan sentimientos de desesperanza o falta de propósito, fomentando rutinas diarias y pudiendo actuar como un ancla en momentos de inestabilidad emocional.

En personas con esclerosis múltiple, como es el caso de Macario, los gatos también juegan un papel significativo, al ofrecer una forma no verbal de comunicación y un apoyo que puede ser esencial para quienes enfrentan dificultades físicas y de aislamiento social. Además, la simple acción de acariciar a un gato puede ayudar a aliviar la rigidez muscular y su compañía contribuye a reducir la soledad.

Pequeñas acciones

De esta forma, la historia de Rosa y Macario emerge como un recordatorio del impacto que las pequeñas acciones pueden tener en la vida de las personas. «Aquí, junto a ellos, hemos encontrado nuestro lugar», concluye Macario, mientras se dispone a depositar la comida y reponer el agua para la colonia de gatos. Y así, en este pequeño rincón dentro del recinto ferial de Cáceres, la pareja ha descubierto que el cariño y la empatía pueden ser la mejor medicina y que, a veces, el mayor refugio lo encontramos en el amor que damos sin pedir nada a cambio.

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