Grosso modo
El cielo de Los Barruecos
Un paseo por el paraje natural de Malpartida de Cáceres entre los bosques y la charca

Imagen de Los Barruecos. / Juan Ramón Corvillo

El cielo se extiende sobre Los Barruecos con una magnificencia serena, un lienzo de nubes alargadas que se deslizan con suavidad, como si el viento las hubiera dibujado con pinceladas largas y pacientes. La luz de la tarde se filtra entre ellas, cubriendo el paisaje con un resplandor tenue, casi etéreo. Frente a mí, la charca permanece inmóvil, un espejo líquido que duplica la imagen del mundo con una precisión desconcertante.
Camino despacio por la orilla, sintiendo la textura irregular del suelo bajo mis pasos. Aquí todo parece antiguo, intemporal. Las rocas emergen del agua con la solidez de quienes han estado siempre, moldeadas por siglos de lluvias y soles inclementes. Algunas son apenas fragmentos que sobresalen del agua, pequeñas y redondeadas, como islas desperdigadas en un océano inmóvil. Otras, más grandes, parecen haber quedado varadas en la eternidad, testigos de un tiempo que no tiene prisa.
Me acerco a una de ellas, la más cercana a la orilla. Su superficie rugosa está cubierta de musgo seco y líquenes que resisten el paso de los años. Me agacho y toco la piedra, sintiendo su frialdad bajo la yema de los dedos. Me pregunto cuántos días, cuántas tormentas han pasado sobre ella sin alterarla. Su reflejo en el agua es increíble, tanto que por un momento parece que haya otra igual, sumergida en el mundo invertido que flota bajo la superficie.
Más allá, en la otra orilla, los árboles se recortan contra el cielo, sus formas espejadas con la misma claridad que las rocas. Todo parece suspendido en un equilibrio frágil y perfecto, donde la línea entre lo real y su fiel reproducción en el agua apenas se distingue.
El sol empieza a descender, tiñendo las nubes de tonos malva y dorado. La luz cambia y el agua recoge ese nuevo color como si fuera parte de su propia naturaleza. Una garza real cruza el cielo con su vuelo pausado, y su destello va deslizándose suavemente sobre la charca, acompañándola unos instantes antes de desvanecerse.
Respiro hondo, dejando que la quietud de este lugar me envuelva. Hay algo en esta calma, en la presencia inmutable de las piedras y en el esplendor de sus reflejos, que me hace sentir que aquí, en este instante, todo encaja, todo está en su sitio; que hay una belleza en el sosiego, en la permanencia, en la certeza de que, pase lo que pase, estas rocas seguirán aquí, como islas en un mar de tiempo.