Más de un siglo en vida
Petra, centenaria: "Me bebo todos los días una cerveza sin alcohol"
Sacó adelante a cuatro de sus sobrinos como si fueran sus hijos, ofreciéndoles una vida llena de sacrificio y cariño. Superado ya el medio siglo de vida y al borde de soplar un año más las velas, su historia es un ejemplo de generosidad y amor incondicional que ha marcado a varias generaciones de su familia

La historia de Petra Juárez Fernández, una de las cacereñas que ya han sobrepasado el siglo de vida, no aparece en los libros de historia ni en los titulares de los medios, pero podría escribirse con mayúsculas. Es una de esas vidas discretas y profundas que, sin hacer ruido, construyen una familia y dejan una huella imborrable en quienes las rodean.
Nació el 29 de abril de 1924 en Alía, un municipio del norte de la provincia de Cáceres, en plena comarca de Las Villuercas. Pasó su infancia y adolescencia en su pueblo, feliz pese a las dificultades, como tantas otras familias de la España rural de la primera mitad del siglo XX. Aunque sufrió las consecuencias de la Guerra Civil, que comenzó cuando ella solo tenía 12 años, recuerda su niñez con cariño.
Aunque Petra nunca llegó a estudiar en una escuela formal, aprendió a leer y escribir gracias a la ayuda de una señora que les enseñaba en una casa del pueblo. Durante su juventud, siempre le gustó divertirse y disfrutaba viajando por el mundo, aunque lamenta que con el paso del tiempo sus viajes cada vez fueron menos frecuentes. También dedicaba tiempo en la finca familiar del pueblo, donde pasaba horas al cuidado de los animales.
Punto de inflexión
Sin embargo, su vida dio un giro de 360 grados cuando la mujer de su hermano, su cuñada, falleció tras dar a luz a su cuarto hijo. En un primer momento, el marido, al verse desbordado por la situación, se trasladó a vivir con su madre y sus hermanas, dejando a los cuatro pequeños -tres niños y una niña, Mariluz- al cuidado de su hermana. Aun así, nunca se desvinculó de ellos y mantuvo siempre el contacto , demostrando ser un padre comprometido.
Petra asumió la responsabilidad sin poner ni un solo pero. «Se ocupó de todo: de nuestra educación, de que fuéramos buenas personas, de que no nos faltara nada. Nos ha criado como si fuéramos sus hijos», cuenta emocionada Mariluz, que a día de hoy vive con ella en Cáceres, donde la cuida con el mismo cariño que un día recibió.
El fallecimiento de su cuñada al dar a luz a su cuarto hijo ha marcado el resto de su vida
Para sacar adelante a sus sobrinos, Petra tuvo que trabajar muy duro. Durante años, en la finca familiar, cuidando los animales y «recogiendo muchas aceitunas», precisa. También se dedicó a la costura, una de sus grandes pasiones. «Le encantaba bordar y tenía su máquina para hacer punto, con la que trabajada desde casa», cuenta su sobrina.
Vínculo inseparable
Cuando Mariluz cumplió 14 años, se marchó a estudiar a Madrid, donde ya vivían dos de sus hermanos. El cambio fue duro para la adolescente, que no tardó en llamar a Petra para pedirle que la acompañara. Y ella, como siempre, acudió. «Nunca me ha dejado sola», subraya su sobrina. «Recuerdo perfectamente que le gustaba ir a los toros y al teatro». Juntas vivieron en la capital hasta que Mariluz terminó sus estudios de Magisterio.
Después, pasaron dos años en Andalucía, para después trasladarse a Santa Amalia, donde vivieron durante 19 años. Al estar más cerca de Alía, Petra alternaba temporadas en su pueblo y en Cáceres, donde cuidaba de la casa que Mariluz tenía por su familia y en la que ahora viven. Además, por aquel entonces, los otros dos sobrinos también vivían en Cáceres, lo que permitía mantener vivo el núcleo familiar que había tejido con tanto esfuerzo.
Vuelta a los orígenes
Hasta que, en el año 2008, Mariluz regresó definitivamente a Cáceres con Petra. Desde entonces, han vivido juntas en la capital cacereña, donde han sido testigos del paso del tiempo y de cómo la ciudad ha ido evolucionando poco a poco. «Ha cambiado mucho desde entonces, aunque ha sido a mejor», comenta la mujer, que sigue conservando una lucidez admirable a pesar de su edad.
Siempre que puede, regresa a su pueblo natal, Alía, para conservar el vínculo con sus raíces
Pese a vivir tranquila en la capital cacereña, Petra no olvida sus raíces y regresa a su pueblo cada vez que puede. «Me encanta volver a mi tierra. Ya casi no queda gente, pero me gusta ver lo limpias que están las calles y las flores que ha puesto la alcaldesa», asegura con una mezcla de nostalgia y orgullo. Luego, con una media sonrisa, matiza: «Eso sí, de las personas de mi edad ya no queda ni uno».
Inmune al paso del tiempo
A pesar de haber sufrido varias caídas y una rotura de cadera hace algunos años que ha limitado su movilidad, sigue estando muy activa. Sale cada día a pasear con su bastón y el apoyo de su cuidadora, le gusta leer, hacer sopas de letras y crucigramas, y disfrutar de programas culturales. Su secreto, además de comer sano y en pequeñas cantidades: «Me bebo una cerveza sin alcohol todos los días», apunta sonriente.
El próximo 29 de abril, Petra celebrará su 101 cumpleaños rodeada de su familia, como ha hecho toda su vida. «Todavía no hemos decidido exactamente qué haremos, pero seguro que prepararemos algo especial porque la ocasión lo merece», afirma Mariluz. Lo que sin duda será es una jornada cargada de significado, en la que habrá abrazos, risas, recuerdos compartidos y, seguramente, alguna lágrima que otra de emoción. Porque detrás de cada arruga hay una historia. Y la de Petra, tejida con amor, entrega y dignidad, merece ser celebrada.

La tarta de cumpleaños para Petra, que el próximo 29 de abril celebrará 101 primaveras. / Carlos Gil
Sobre la idea de dar a conocer su historia, ella se muestra muy sincera: «A mí me importa que me conozca la gente que quiero y que viene a verme, pero a las personas que no conozco, ¿qué les importa mi vida?». Una respuesta que refleja su humildad y su forma de estar en el mundo: sin pretensiones, pero con una firmeza silenciosa que inspira.
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