Estado actual de la vía
Moret, entre la nostalgia y la turistificación
Los comerciantes de la calle lamentan el abandono urbanístico y la pérdida de identidad comercial de una vía que fue referente décadas atrás. Entre locales cerrados, fachadas degradadas y el avance del turismo, apenas resisten unos pocos negocios tradicionales

Estado actual de la calle Moret / Carlos Gil

La calle Moret ha vivido en las últimas décadas una transformación tan sutil como contundente. Lo que antaño fue una arteria con fuerte carácter comercial es hoy un lugar de paso donde apenas sobreviven unos pocos negocios tradicionales. La evolución del centro histórico de la ciudad hacia un modelo orientado hacia el turismo, unido a los nuevos hábitos de consumo y a la despoblación del comercio local, son algunos de los factores que han relegado a esta célebre vía a un papel secundario, pese a su ubicación estratégica en la Ciudad Monumental de Cáceres.
«Pintores siempre ha sido Pintores, pero Moret, al estar justo al lado, tenía muchas tiendas y un trasiego de personas admirable», recuerda Pilar Guillén, al frente de la histórica Mercería Pilar, uno de los pocos establecimientos que aún permanece abierto. Aquel bullicio comercial formaba parte del circuito clásico de compras de la ciudad. «No tenía nada que envidiar al resto de calles principales», afirma con rotundidad Felipe García, dueño del supermercado Unide y una de las voces más veteranas del lugar, tras más de cuatro décadas instalado en Moret.
Pero el tiempo y las decisiones urbanas lo han cambiado todo. «Esto ha evolucionado mucho. Los autobuses dejaron de llegar hasta aquí, cortaron el tráfico y han seguido poniendo obstáculos para acceder a la calle», lamenta el vendedor cacereño. La desconexión física ha ido acompañada de una desconexión emocional, y la ciudadanía cada vez percibe menos a esta calle como un punto de interés. Moret, otrora vibrante y esencial, lucha ahora por no caer en el olvido.

Pilar Guillén, dueña de la Mercería Pilar. / Gonzalo Lillo
La estampa es hoy muy diferente. Persianas bajadas, escaso movimiento entre semana y un vacío creciente en los escaparates componen un paisaje urbano que transmite cierta sensación de abandono. «Desde que me instalé aquí siempre ha habido locales cerrados y cada vez quedan menos abiertos», señala Juan Luis Durán, gerente de El Siglo, un establecimiento de productos extremeños que abrió sus puertas en 2015 con la idea de aprovechar el flujo de visitantes del centro histórico. «Todas las tiendas de renombre se han acabado marchando a los centros comerciales y aquí solo quedamos algunos negocios que vivimos del turismo, la hostelería y los pocos comercios que logran mantenerse», comenta.
Guillén, responsable de la mercería, comparte está percepción. Su local ha resistido al paso del tiempo, a las modas y a las crisis, pero reconoce que la situación actual es especialmente complicada. «En lugar de mejorar, sigue yendo a peor. No me planteo cerrar porque es mi única fuente de ingresos, pero los enormes gastos y la caída de ventas nos están ahogando», admite con resignación.
Una realidad que, como la de muchos pequeños comerciantes, habla de resistencia, pero también de incertidumbre. Aunque conserva una clientela fiel, principalmente de Cáceres y los alrededores, echa en falta «el picoteo diario», esas compras impulsivas que antes eran comunes y que daban vida a estos comercios.
De eje comercial a vía de paso
El paso del tiempo ha modificado la naturaleza de esta calle. Lo que antes era un punto de referencia para las compras cotidianas se ha convertido, en muchos casos, en una vía de paso más que en un destino. «Es una calle secundaria. No es como Pintores, donde suben y bajan muchas personas a diario», asegura Juan Luis Durán.

Juan Luis Durán, gerente de El Siglo. / Gonzalo Lillo
A su juicio, los cacereños no tienen por costumbre transitar por Moret, salvo cuando hay algún evento especial. Además, la progresiva pérdida de escaparates llamativos ha provocado que cada vez sean menos los que se detengan. «No vienen a propósito a comprar. Por desgracia, aquí ya no hay nada atractivo», apunta.
Nuevo público
Quienes sí pasan, aunque de forma puntual, son los turistas. Este nuevo perfil de viandantes ha alterado por completo la dinámica de la calle. En el caso de Juan Luis, ese cambio ha resultado incluso beneficioso, ya que el turismo es su principal fuente de ingresos. «Yo no vivo de la gente de Cáceres, sino más bien del turista», reconoce. Su ubicación estratégica, en el cruce con la calle Paneras, le proporciona un flujo constante de visitantes, permitiéndole mantener a flote su actividad en un entorno donde cada vez cuesta más levantar la persiana.
Una percepción similar tiene Felipe, aunque con matices. También él ha notado una evolución en el perfil de quienes entran a su supermercado: «Antes eran sobre todo vecinos del barrio; ahora también tengo clientes de fuera». Esa afluencia, sin embargo, se concentra en especial los fines de semana y festivos, mientras que los días laborables la actividad cae notablemente.
Esta variación en la dinámica diaria del barrio está estrechamente ligada al auge de los apartamentos turísticos, cuyo crecimiento ha reforzado la presencia de visitantes, pero también ha alterado el pulso habitual de la zona. Algo que Felipe resume como un fenómeno de doble cara: «Por un lado, nos causan perjuicios; por otro, nos aporta beneficios», destaca.

Felipe García, más de cuatro décadas instalado en Moret. / Gonzalo Lillo
Dejadez y abandono
A este escenario se suma el progresivo deterioro físico de Moret. Suciedad acumulada, grafitis en las fachadas y olores desagradables conforman un panorama que contribuye a la pérdida de atractivo. «La calle está completamente dejada. No hay más que ver la suciedad y las pintadas en las fachadas», lamenta Guillén.
Durán coincide con este diagnóstico: «Es una calle que se ha quedado obsoleta, vacía y sucia. Hay edificios que están para derruirlos», advierte el empresario.
A la dejadez urbana se une otro síntoma del abandono: la proliferación de locales cerrados o sin actividad. Cada vez hay más vacíos, lo que contribuye a esa sensación de decadencia. Felipe considera que es el propio consistorio quien debería asumir la responsabilidad de exigir a los propietarios el mantenimiento básico de los inmuebles: «El ayuntamiento debe obligar a los dueños para que los tengan cuidados», reclama.
Promesas incumplidas
Para ellos, este abandono no es casual ni reciente, sino consecuencia directa de una inacción prolongada por parte de la administración local. «Todos los alcaldes que han pasado por la ciudad han prometido durante la campaña electoral que iban a arreglar la calle y a la hora de la verdad nunca se ha hecho nada», reprocha el gerente de El Siglo.
Pilar va incluso más allá. «Ni comen ni dejan comer. Hace años propusimos arreglar la calle con nuestro propio dinero, pero el ayuntamiento acabó rechazando la idea», cuenta visiblemente frustrada. «También hace un tiempo nos dijeron que iban a preparar toda la calle, pero todo sigue igual, así que ya nos damos por vencidos», comenta resignada.
A esa falta de implicación institucional se suma, según algunos veteranos como Felipe, la pérdida de cohesión entre los propios negocios. El comerciante recuerda con nostalgia tiempos en los que el comercio local actuaba con mayor coordinación: «Antes había más unión entre los propios comerciantes de la calle. Se organizaban algunas iniciativas, como la del bocadillo de patatera, pero ahora cada uno prefiere ir a lo suyo», asegura.
Esa añoranza por una etapa más activa y cohesionada refleja el sentimiento común de quienes aún resisten en Moret: el recuerdo de una calle viva, con escaparates encendidos, vecinos entrando y saliendo de los comercios y un pulso cotidiano que hoy muchos echan en falta.
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